Cassian, Mi Alfa Destinado

Después Del Último Adiós

Capítulo 32

Isis Ivanov de Stone

Lo único en lo que mi propia mente me permitía concentrarme en estos momentos era en ver cómo la tierra caía sobre la madera del ataúd generando un sonido rítmico que seguramente jamás podría olvidar. Me sentía ida de la vida, como si mi alma hubiese decidido abandonar mi cuerpo en el momento en el que el médico dictaminó que mi madre ya no estaba con nosotros, todavía no puedo procesar el hecho de que ya no la tendré aquí conmigo pero en si tampoco puedo procesar nada de lo que ocurra a mí alrededor que no sea el observar como segundo a segundo ella se va ocultando debajo de tanta tierra y cemento.

Vivir está situación era comprender que se estaban sepultando dos vidas que estuvieron aferradas la una a la otra, y que a pesar del esfuerzo que se hizo por salvarlos a ambos los planes que el destino tenía eran más fuertes que las voluntades de cada uno. No se iba solo mi madre en esa caja de madera, también se iba el pequeño zorro que nunca tuvo la oportunidad de nacer y vivir el mundo por su cuenta, habían colocado su pequeño y frágil cuerpo contra el pecho de mi madre para que luciera cómo si se estuvieran dando un abrazo eterno, uno que sobrepasaba las barreras y lo calentaba contra el frío de allí adentro, cómo si en el más allá todavía fuera necesario protegerlo de un mundo que no lo dejó nacer.

La mano de Cassian seguía posada en mi cintura cómo un peso cálido que buscaba sostenerme por si en algún momento me desvanecía entre la oscuridad, su presencia estos últimos días ha sido constante incluso dejando reuniones de lado solo por acompañarme en mi dolor. Cómo era de esperarse también se volvió el doble de protector sin dejarme ni un momento sola, y realmente le agradezco ya que es todo lo que necesito ahora mismo, necesito que jamás me suelte o caeré en un vacío del que no sabría si podría salir. Escuchaba su voz cálida contra mi oído en forma de palabras de aliento que no terminaba de procesar del todo, ni siquiera las entendía, parecía más bien un contacto lejano que trataba de apaciguar lo que se arremolinaba en mi interior. Su olor constante a canela seguía invadiendo mis fosas nasales envolviendo mi cuerpo, cómo si fuera un recordatorio de que él seguiría allí a pesar de todo para calmarme, incluso si mis sentidos se sentían apagados.

A mí lado se encontraba mi hermana y mi padre quienes lucían devastados pero al menos tenían la suficiente fortaleza para afrontar todo esto, incluso más que yo. No sabía con exactitud quienes habían venido al entierro, tampoco tenía la mente suficiente como para reconocerlos a cada uno, pero de lo que poco que sabía era que algunos eran familiares lejanos cuyos rostros desconocía hasta el sol de hoy, también estaban los padres de Cassian, viejos amigos de mi madre, e incluso algunos trabajadores de la empresa Ivanov. Se podía escuchar al fondo, cómo si fuera un sonido lejano, a las personas que lloraban y se lamentaban por la muerte de mi madre, también habían otros que solo se limitaban a observar en silencio pero se les veía el dolor en sus ojos y la tristeza en la forma en la que veían toda la ceremonia. Supongo que al final mi madre terminó sorprendiéndome ya que habemos más personas aquí de las que creía que realmente estarían, no cabe duda que ella conocía a más personas de las que pensaba y estás mismas le habían tenido un gran aprecio.

El evento terminó cuando una losa de cemento cubría por completo el sitio en dónde había sido enterrado el cuerpo de mi madre y de mi hermano. A los lados se encontraba adornado con ramos y coronas de flores y justo en el centro estaba su placa identificativa, tenía su nombre completo, su fecha de nacimiento y de muerte y justo abajo una frase que jamás podría sacarme de la cabeza: "Una madre y su pequeño angelito juntos en el descanso eterno". El sacerdote humano que habíamos contratado terminó la misa y podría haberse dado por terminado el evento de no ser porque para mí no había terminado nada aún, quería quedarme allí con ella, no me quería ir. Para mí la vida se había detenido pero para los demás era muy sencillo continuar con sus obligaciones como si nada. Parecía que todo tenía que continuar con o sin mi madre y yo no estaba de acuerdo con eso.

Miré de nuevo la piedra fría en la que solo estaba grabado el nombre de ella con letras doradas que seguro brillarían cuando les dé el resplandor del sol, quién lo leyera no pensaría que aquí se encuentran dos cuerpos que descansaban abrazados el uno al otro, no había rastro del pequeño bebé que descansa en sus brazos bajo tanta tierra. Para el mundo él no había tenido tiempo de existir así que era más fácil hacer cómo si nunca hubiera estado, pero para todos nosotros él dejaba una marca imborrable en nuestros corazones, una cicatriz que no sabríamos si dejaría de doler con el tiempo o empeoraría. Espero que ni él ni mi madre sientan miedo de quedarse aquí solos, quiero que sientan la paz de saber que vendremos frecuentemente a visitarlos.

Todas las personas se fueron yendo gradualmente luego de darnos más condolencias y "fortaleza", una palabra que ya no tenía ningún sentido para mí, ya había olvidado hasta como procesar las palabras de apoyo. Con paso lento me acerqué hasta la tumba y luego de limpiarme una lágrima de mi mejilla con el dorso de mi mano me quedé observándola por unos minutos. Sentía el frío invadirme a pesar del suéter negro que llevaba puesto y me vi obligada a abrazarme a mí misma en busca de un poco de calor, debe ser el frío que sientes en cuanto sabes que estás sola en este extraño y peligroso mundo.

Me quedé varios minutos así, solo existiendo, solo ignorando las voces que comenzaban a alejarse más, solo observando la tumba en dónde reposaba la mujer que me dió la vida y su amor. Una mujer que pese a sus errores siempre buscó lo mejor para sus hijos, incluso si eso significaba sacrificarse ella misma. Detrás de mí escuche unos pasos que se acercaban en mi dirección, no hacía falta ni siquiera que girara mi rostro porque yo ya sabía quién era.




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