Clase aparte

Capítulo 12

El viernes había llegado, y con él, un nivel de estrés que Lian nunca había experimentado detrás de una caja registradora. Había logrado convencer al gerente—no sin promesas de horas extra y una charla sobre "clientes VIP"—de cerrar el local al público a partir de las 20:00.

Para las 19:45, el McDonald’s de Montera no parecía el mismo. Adrián había hecho magia. Había contratado a una empresa de eventos que, en lugar de los típicos globos de plástico, había llenado el local con decoraciones en tonos pastel, luces cálidas y estaciones de comida organizada con un gusto impecable, transformando la franquicia de comida rápida en un espacio acogedor y mágico para Olivia y sus amigos.

Lian estaba en la zona de cocina, ajustándose el uniforme, sintiendo un hormigueo constante en el estómago. De repente, la puerta automática se abrió. No era una turba de niños gritando, sino Adrián.

Iba vestido con un jersey de cuello alto negro y unos pantalones oscuros, un estilo más relajado que su traje habitual, pero que le quedaba igual de letal. Se acercó a la cocina, buscando a Lian entre el vapor de las freidoras.

—Lo has logrado —dijo Adrián, apoyándose en el mostrador metálico. Su voz sonaba genuinamente emocionada—. El gerente me ha dicho que has sido clave para que esto saliera adelante. Gracias, Lian.

—No ha sido nada —respondió Lian, intentando no derretirse ante la cercanía de Adrián—. Olivia debe estar al caer, ¿no?

—Está en el coche. Mi madre la está trayendo.

Lian notó la tensión en los hombros de Adrián al mencionar a su familia. Era evidente que el despliegue no era solo por su hermana; era una declaración de intenciones, un intento de Adrián de crear un mundo donde las reglas de su padre no tuvieran poder.

Diez minutos después, el local se llenó. Un grupo de niñas y niños con uniformes escolares irrumpieron, maravillados al ver su McDonald’s habitual convertido en un salón de fiestas personalizado. Olivia fue la última en entrar, y cuando vio la decoración, dio un salto de alegría que hizo que a Adrián se le iluminara la cara.

La fiesta fue un torbellino. Lian, encargado de coordinar la salida de los menús, no perdió de vista a Adrián. Lo observaba moverse entre los niños, tratando de ser el hermano mayor perfecto, aunque de vez en cuando, su mirada se desviaba hacia la cocina, buscando a Lian.

En un momento de calma, mientras los niños jugaban en una zona habilitada, Adrián se escabulló hacia la cocina. Estaba sudando un poco, con el pelo ligeramente despeinado, un contraste muy humano con su fachada habitual.

—¿Estás bien? —preguntó Lian, dándole un vaso de agua.

—Mejor que nunca —confesó Adrián, bebiendo de un trago—. Es la primera vez que veo a Olivia reírse de verdad sin que mi padre esté mirando. Gracias por dejarme este espacio, Lian. Significa más de lo que puedes imaginar.

Lian sintió un nudo en la garganta. La cercanía entre los dos era tan fuerte que casi se podía tocar. El ruido de los niños gritando y las luces de colores de la fiesta parecían desaparecer, dejando solo aquel pequeño rincón de la cocina donde ambos compartían un silencio cómplice.

—Mañana es el gran día, ¿no? —susurró Lian.

—Sí. Mañana es el cumpleaños de Olivia... y el día que tengo que volver a la realidad de mi casa —Adrián dejó el vaso y dio un paso hacia Lian, reduciendo el espacio entre ellos al mínimo—. Pero por hoy... solo quiero que esta noche no se acabe.

Lian sostuvo su mirada. Los ojos grises de Adrián brillaban con una intensidad nueva, una mezcla de gratitud y algo más profundo, algo que Lian no se atrevía a nombrar, pero que empezaba a arder peligrosamente entre los dos. La fiesta de Olivia seguía afuera, pero para ellos, el mundo se había reducido a ese preciso instante.




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