El corazón de Adrián latía con tanta fuerza que le golpeaba las costillas. Apenas tuvo tiempo de deslizar el móvil en el bolsillo interior de su chaqueta antes de que la puerta del almacén se abriera de par en par. Su padre no entró, irrumpió, con el rostro congestionado por una mezcla de alcohol y una furia autoritaria que siempre lograba empequeñecer cualquier estancia.
—¿Qué haces aquí escondido? —bramó, clavando sus ojos oscuros en los de Adrián—. ¿Y ese móvil? Sabes perfectamente que a las ocho de la tarde se entrega. ¿Acaso crees que las normas son sugerencias?
Adrián sintió una chispa de rebeldía que llevaba años intentando apagar. Esta vez, la imagen de Lian, la conversación que acababan de tener y la rabia contenida por la fiesta arruinada de su hermana hicieron que el dique se rompiera.
—¿Por qué? —preguntó Adrián, sorprendiéndose a sí mismo por la firmeza de su voz—. Tengo veinticuatro años, papá. Soy independiente, vivo solo y trabajo para esta empresa más horas de las que tú ni siquiera eres capaz de ver. ¿Por qué tengo que pasar todas las mañanas por tu casa a recoger un teléfono que me he pagado yo con mi sueldo? Ya no soy el niño al que puedes castigar para controlarlo.
El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que resultaba doloroso. El padre de Adrián se quedó paralizado. Su cara pasó del rojo intenso a un tono lívido. Sus ojos, estrechos y afilados, atravesaron a Adrián con un desprecio tan puro que helaba la sangre.
—Eres un hijo de puta —dijo su padre, con una voz baja, gélida y cargada de veneno—. ¿Cómo te atreves a levantarme la voz? Eres un maleducado, un ingrato que no sabe nada de lo que significa mantener este apellido.
Antes de que Adrián pudiera siquiera parpadear, el sonido seco de un impacto resonó en el pequeño almacén. La mano de su padre se estrelló contra su mejilla con una violencia desmedida. El golpe fue tan fuerte que la cabeza de Adrián se ladeó, y un sabor metálico a sangre llenó su boca al morderse el interior de la mejilla.
Adrián cerró los puños, tensando cada músculo de su cuerpo. Sabía que tenía la fuerza para devolver el golpe, para reducir a aquel hombre que lo superaba en edad pero al que él triplicaba en vitalidad, pero sabía que hacerlo sería cruzar el punto de no retorno. La violencia no era el camino, no era quién él quería ser.
Su padre, sin decir más, dio media vuelta y salió dando un portazo. Al hacerlo, la puerta quedó entreabierta por un segundo, lo suficiente para que Adrián viera a su madre de pie en el pasillo. Ella no intervino; solo tenía una expresión de derrota absoluta, los ojos vidriosos y una tristeza que lo decía todo: ella sabía que aquel era el destino de su hijo en esa casa, y ella había decidido ser cómplice con su silencio.
Adrián salió del McDonald’s como un autómata, esquivando las miradas de los empleados. No le importaba quién lo viera, no le importaba el decoro. Subió al coche, arrancó y condujo hasta su piso, sin pararse a pensar en la ruta.
Al entrar en su enorme y lujosa habitación, se desplomó sobre la cama. No se molestó en quitarse el traje, ni los zapatos, ni el reloj. Se quedó allí, tumbado en la oscuridad, con el ardor del golpe quemándole la piel de la cara.
El silencio de su piso, antes una libertad, ahora se sentía como una condena. Finalmente, el dique cedió. Sus ojos, siempre fríos y calculadores ante el mundo, se llenaron de un calor húmedo. Las primeras lágrimas, calientes y lentas, empezaron a rodar por sus mejillas, perdiéndose en el tejido de la almohada. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Adrián no era el coordinador de expansión, ni el heredero de un imperio, ni el tipo perfecto. Era solo un chico que, en la soledad de su habitación, acababa de comprender que la única persona que realmente lo veía, estaba al otro lado de una pantalla, a kilómetros de distancia.