Clase aparte

Capítulo 17

El silencio tras la curación se sentía pesado, una calma tensa que parecía sostener todo el apartamento. Lian se puso en pie, alisándose el uniforme, sintiendo que ya había invadido demasiado espacio, que era hora de volver a su realidad de piso compartido y ruido. Pero antes de que su mano tocara el pomo de la puerta, una voz, más débil de lo que jamás había oído, lo detuvo.

—Lian... me gustaría que te quedaras. Por favor. No voy a poder dormir... tengo miedo.

Lian se giró, paralizado. Aquel chico, el mismo que le había parecido inalcanzable, el que destilaba una seguridad arrogante en cada paso, ahora lucía vulnerable, pequeño ante la sombra de lo que acababa de vivir.

—¿E-estás seguro? —tartamudeó Lian, consciente de que seguía impregnado del olor a cocina de su jornada—. No tengo pijama, huelo a fritanga...

Adrián se acercó, sus ojos grises buscando los de Lian con una necesidad que traspasaba cualquier barrera. —No me importa. Necesito compañía, y tú eres el único que puede dármela. Te daré algo mío, aunque te venga grande.

Lian aceptó, no porque quisiera quedarse por el lujo, sino porque el dolor en la mirada de Adrián era un lenguaje que él conocía demasiado bien. El pijama que Adrián le entregó era de seda oscura, suave como una caricia y cargado de ese perfume amaderado que le volvía loco.

La cena fue sencilla, casi un trámite para dejar pasar las horas. Vieron una película en el sofá, y poco a poco, Adrián empezó a soltarse. El pánico que lo atenazaba al llegar a casa se iba diluyendo con la presencia de Lian a su lado. Cuando llegó el momento de dormir, el aire en el salón se cargó de una tensión eléctrica. Adrián, desesperado por retenerlo pero temeroso de asustarlo, ofreció el sofá.

—Puedes dormir ahí, te daré mantas si tienes frío...

—Estoy bien, de verdad —respondió Lian, sintiendo que el corazón le iba a estallar—. ¿Y tú?

Adrián le dedicó una sonrisa cargada de significado, una que hizo que a Lian le faltara el aire. —La verdad, contigo estoy mucho mejor.

Se fueron a la cama, pero el sueño no llegaba. Lian, en el sofá, escuchaba cómo el silencio de la casa se rompía por un sonido intermitente: pequeños sollozos ahogados que provenían de la habitación principal. Cada gemido de dolor de Adrián era un puñal para él. Sin pensarlo, se levantó, cruzó el pasillo y entró en la habitación.

Adrián estaba hecho un ovillo en el centro de la inmensa cama, temblando. Lian no dijo nada. Se acercó a la cama y se tumbó a su lado, manteniendo una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que el calor de sus cuerpos empezara a compartirse. Adrián dejó de llorar por un segundo, sorprendido por su presencia.

Lian, venciendo su propia timidez, alargó la mano y comenzó a acariciarle el pelo con una lentitud hipnótica. Sus dedos se hundieron en el cabello castaño de Adrián, trazando círculos suaves, retirando el pelo de su frente. Fue como si un imán invisible los atrajera: la tensión se disipó y, casi sin darse cuenta, el agotamiento emocional de ambos les ganó la batalla.

El mundo exterior, con sus padres homófobos, sus empleos precarios y sus vidas de cristal, dejó de existir. Solo quedaron el silencio de la noche y el latido pausado de dos corazones que, por fin, habían encontrado un lugar donde descansar. Cayeron en un sueño profundo, entrelazados de una forma que ni siquiera ellos mismos se habrían atrevido a planear.




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