El domingo por la mañana, Lian despertó con el sonido de su móvil vibrando sobre la mesita de noche. El corazón le dio un vuelco al ver el nombre de Adrián en la pantalla. Descolgó rápido, intentando que su voz no sonara demasiado eufórica, aunque por dentro estaba dando saltos.
—¿Lian? —la voz de Adrián sonaba más relajada de lo habitual, aunque con ese toque profundo que lo descolocaba—. Voy a una fiesta esta noche, es algo tranquilo, entre conocidos. Me gustaría que vinieras... y si quieres traer a tus amigos, adelante.
Lian se quedó un instante en silencio, sorprendido. ¿Adrián de fiesta? ¿Bebiendo? No encajaba para nada con la imagen de heredero rígido y estresado que tenía de él, pero la sola idea de pasar la noche a su lado hizo que su respuesta fuera un sí rotundo.
Cuando salió al salón, Pablo y Rubén estaban absortos en la televisión, siguiendo una carrera de Fórmula 1. Lian les soltó la propuesta. Apenas tuvo que insistir; tras la semana tan dura que había pasado Rubén, la idea de salir y beber algo les pareció el plan perfecto.
Lian se preparó con una dedicación obsesiva. Se puso unos vaqueros anchos que le estilizaban, una camiseta blanca que resaltaba su piel y una chaqueta negra de cremallera que le daba un aire canalla y a la vez cuidado. Se miró al espejo un par de veces, satisfecho. Cuando sus amigos estuvieron listos, pusieron rumbo a la dirección que Adrián le había enviado.
Al llegar, Lian comprendió que de "tranquila" no tenía nada. El lugar era una explosión de luces, música a todo volumen y gente de entre veinticuatro y treinta años que bailaba con una energía eléctrica. Era el escenario perfecto para perderse, pero Lian solo tenía un objetivo. Sacó el móvil y escribió: «Ya estamos aquí».
La respuesta fue inmediata: «Estoy en la mesa del fondo».
Cuando sus ojos lo localizaron, el resto de la fiesta se desvaneció. Adrián estaba apoyado contra la mesa con una chaqueta vaquera negra, una camiseta blanca tan impecable que parecía brillar bajo los focos y unos pantalones negros que marcaban sus piernas. Lian sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones. Se acercaron y Adrián, con una sonrisa que se le reservaba exclusivamente a él, les presentó a sus amigos del instituto.
Lian se sentó, pero la conversación a su alrededor se convirtió en un zumbido lejano. Sus ojos estaban magnetizados. No podía dejar de mirar la mandíbula de Adrián, la forma en que se movía su nuez al beber, o cómo sus labios pronunciaban las palabras con esa calma que le volvía loco.
Cada vez que sus miradas se cruzaban, Lian sentía una descarga de adrenalina que lo recorría de pies a cabeza, una tensión casi insoportable. Pero, en cuanto el contacto visual duraba más de un segundo, Adrián apartaba la mirada rápidamente, fingiendo interés por algo que decía uno de sus amigos. Aquel juego del gato y el ratón, esa lucha por mantener la compostura en medio de la música y el alcohol, estaba llevando a Lian al límite. El deseo de acortar la distancia entre ellos y romper esa barrera invisible era tan fuerte que temía que, en cualquier momento, se levantaría de la silla y haría una locura frente a todos.