La realidad golpeó a Adrián tan pronto como la fiesta arrancó. Lo que debía ser un refugio de libertad para Olivia se transformó rápidamente en otro escenario de relaciones públicas de su padre. El McDonald’s no estaba lleno de amigos del colegio, sino de socios comerciales, inversores con trajes caros y sus familias, que trataban el local con un desprecio apenas disimulado.
Adrián observaba con los puños apretados cómo los hijos de esos empresarios, niños malcriados que no conocían el respeto, empujaban a Olivia y se burlaban de su dibujo. Era la misma tortura de siempre: sonreír a desconocidos, beber champán que su padre había traído de contrabando y fingir que aquello era una celebración familiar, cuando en realidad era una red de intereses. Cada vez que su padre le ponía la mano en el hombro, Adrián sentía que le faltaba el aire.
En cuanto el último invitado cruzó la puerta y su padre se distrajo hablando con un inversor alemán, Adrián se escabulló hacia el almacén, sacó el móvil y, con manos temblorosas, llamó a Lian. Sabía que tenía pocos segundos antes de que su padre notara su ausencia y le confiscara el dispositivo.
En el apartamento, Lian acababa de entrar en la ducha. El agua caliente apenas empezaba a relajar sus músculos cuando el sonido del móvil, vibrando con fuerza sobre el lavabo, rompió la calma. Salió a toda prisa, dejando un rastro de agua por el suelo, y contestó sin mirar quién era, pensando que quizá era una emergencia de sus amigos.
La pantalla mostró la cara de Adrián. Lian, que apenas se cubría con una toalla pequeña a la cintura, se puso rojo como un tomate al verle.
—¡Lo siento! —exclamó Adrián, sus ojos recorriendo la piel mojada y los hombros de Lian antes de desviar la mirada, visiblemente nervioso—. No sabía que te estabas duchando, te llamo después.
—No... no me importa —se apresuró a decir Lian, con el pulso disparado—. Siempre que seas tú, no me importa.
El aire entre los dos se cargó de una electricidad que ni la distancia podía borrar.
—Ha sido un desastre —susurró Adrián, con una mezcla de cansancio y rabia—. Mi hermana no ha disfrutado nada, ha estado rodeada de gente que ni siquiera sabe su nombre. Es... es la misma mierda de siempre, Lian. Todo es una farsa.
—Lo sé —respondió Lian, sintiendo una punzada de dolor por él—. Siento mucho que haya tenido que pasar así, Adrián. Deberías haber visto cómo se le iluminaba la cara cuando creía que era solo para ella... no te culpes por lo que hace tu padre.
—Ojalá pudiera simplemente... —empezó a decir Adrián, pero se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par al oír unos pasos pesados y decididos acercándose al pasillo donde él estaba oculto—. ¡Mierda! Viene. Tengo que colgar, Lian.
La llamada se cortó abruptamente antes de que Lian pudiera decir adiós.
Se quedó allí, de pie en medio del pasillo, con el móvil húmedo en una mano y la toalla cayéndosele casi al suelo, todavía respirando agitadamente por la adrenalina de la conversación. De repente, la puerta del baño se abrió de golpe, golpeando el picaporte contra la pared.
—¡Joder, Lian! —gritó Pablo, con cara de urgencia—. ¿Vas a salir ya o qué? ¡Me estoy meando encima, tronco!
Lian, que seguía en un trance, ni siquiera escuchó el insulto de su amigo. Seguía mirando la pantalla negra del móvil, con el corazón todavía latiendo al ritmo de la voz de Adrián. Pablo entró empujándolo, sin entender qué le pasaba a su amigo, pero Lian apenas le vio. Se limitó a entrar en su habitación, cerrando la puerta tras de sí, preguntándose desesperadamente si Adrián habría logrado esconder el teléfono a tiempo o si acabaría de nuevo castigado por su culpa.