Clase aparte

Capítulo 27

La habitación de Adrián era un refugio de tonos oscuros y texturas suaves, bañada por la luz tenue de una lámpara de diseño que creaba sombras alargadas sobre las paredes. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración pausada de ambos, que poco a poco empezaba a acompasarse.

Cuando finalmente se tumbaron en la inmensa cama, el contraste entre la seda de las sábanas y el calor de sus cuerpos creó una atmósfera casi irreal. Lian se sintió pequeño en medio de tanta amplitud, pero Adrián se encargó de acortar cualquier espacio. Se recostó de lado, apoyando la cabeza sobre su brazo para no perderse ni un detalle del rostro de Lian.

—¿Estás bien? —susurró Adrián, con una voz tan suave que pareció una caricia física.

Lian asintió lentamente, sintiendo una paz que nunca antes había conocido. Estiró la mano y, con una delicadeza extrema, comenzó a dibujar pequeños círculos en el brazo de Adrián, recorriendo la curva de su bíceps. Era un momento de descubrimiento mutuo; se estaban viendo de verdad, sin las barreras de la fiesta, sin el estrés de la vida diaria, solo dos personas desnudando sus almas en la intimidad.

Adrián, respondiendo a la suavidad de Lian, se acercó aún más, hasta que sus narices se rozaron. Sus ojos grises recorrieron cada facción de Lian, desde la línea de su mandíbula hasta la comisura de sus labios, con una devoción que le provocó un escalofrío.

—A veces me parece un sueño —confesó Adrián en un susurro, pasando sus dedos por el pelo de Lian para apartarle un mechón—. Que estés aquí, conmigo. Después de todo...

—Pues es real —respondió Lian, con una sonrisa pequeña y honesta.

Lian se impulsó un poco hacia arriba para besar la comisura de sus labios, un beso lento, cargado de ternura y gratitud. Adrián cerró los ojos, soltando un suspiro que sonó a alivio, y envolvió a Lian en un abrazo que no buscaba la prisa, sino la permanencia. Se enredaron entre las mantas, buscando el contacto de la piel, entrelazando las piernas y dejando que el tiempo se detuviera fuera de esas paredes.

No hubo necesidad de grandes palabras. Se comunicaban en el lenguaje de los roces, de las manos que se buscaban a ciegas y de los suspiros que llenaban el aire. Adrián se hundió en el cuello de Lian, buscando su calor, mientras Lian le acariciaba la espalda con una intensidad creciente, sintiendo cómo el corazón de Adrián latía contra su propio pecho. En la penumbra de la habitación, rodeados por la calma del ático, los dos chicos finalmente dejaron caer todas las defensas que habían construido durante años, entregándose al simple hecho de estar juntos, sin máscaras y sin miedo.




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