La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas de seda, pero Lian llevaba horas con los ojos abiertos. Mientras Adrián dormía a su lado, envuelto en una paz que parecía ajena a sus problemas, Lian solo podía pensar en una cosa: las sombras no eran lugar para alguien como Adrián. Si querían un futuro, necesitaban una base firme, y esa base empezaba por dejar de esconderse. Se lo contaría a Pablo y a Rubén. Era un riesgo, sí, pero era el único camino para que Adrián pudiera entrar por su puerta con la frente en alto.
Se levantó con cuidado para no despertarlo y se dirigió a la cocina. Se puso unos pantalones negros y una camiseta blanca de tirantes que dejaba ver la firmeza de sus hombros; el aire fresco de la mañana le despejó las ideas. Cuando Adrián despertó y vio el lado de la cama vacío, un pinchazo de pánico le recorrió el pecho. Se ha ido, pensó, se ha cansado de mis miedos. Salió al comedor con el corazón en un puño, solo para detenerse en seco al ver a Lian allí, preparando café con una calma que le devolvió el aliento.
Adrián solo llevaba unos calzoncillos, luciendo un cuerpo que, sin pretenderlo, resultaba imponente bajo la luz de la mañana. Se acercó con sigilo, sus pasos sobre el mármol apenas audibles. Cuando rodeó la cintura de Lian con sus brazos fuertes, sintió cómo el cuerpo del otro se tensaba un segundo antes de relajarse contra él. Adrián apoyó la barbilla en su hombro, cerrando los ojos, inhalando el aroma de Lian mientras el café terminaba de gotear. Fue un momento de quietud absoluta, un ancla en medio de su tormenta.
Al sentarse a desayunar, Lian no pudo esperar más. Sus dedos tamborileaban contra la mesa mientras buscaba las palabras.
—He estado pensando toda la noche —comenzó Lian, sin rodeos—. No podemos seguir así, viviendo entre las sombras. He decidido que se lo voy a contar a Pablo y a Rubén. Así, si alguna vez necesitas salir de aquí, o si simplemente quieres verme... podrás venir a mi casa sin que tengamos que escondernos.
Adrián sintió que el mundo se detenía. La valentía de Lian le golpeó como una ola. ¿De verdad está dispuesto a arriesgarlo todo por nosotros?, pensó, sintiendo una punzada de culpa y admiración a partes iguales.
—¿Estás seguro? —preguntó Adrián, con la voz apenas un susurro—. Sabes que no es solo sobre ellos, Lian. Es sobre el peligro que eso supone para ti.
—Lo sé —respondió Lian, con una firmeza que no admitía réplicas—. Pero prefiero correr el riesgo de ser honesto a vivir con miedo a ser yo mismo.
Adrián asintió lentamente, una sonrisa pequeña y llena de gratitud dibujándose en su rostro. La tensión se disolvió en el aire, reemplazada por una complicidad renovada. Durante el resto de la comida, el tema quedó aparcado, dando paso a charlas más ligeras, a bromas y al sonido de las tazas de café. Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no se sentía como una amenaza, sino como un proyecto que, finalmente, empezaban a construir juntos.