Clase aparte

Capítulo 25

La música subió de intensidad cuando empezó a sonar On the Floor de Jennifer Lopez. La energía de la pista se volvió contagiosa y, casi sin darse cuenta, el grupo de amigos se dejó arrastrar por el ritmo. Lian, moviéndose con esa soltura natural que siempre le daba la música, bailaba mientras sus ojos, casi por inercia, buscaban el rastro de Adrián entre la multitud.

De repente, el corazón le dio un vuelco. Allí estaba, en el centro de la pista, rompiendo por completo su fachada de ejecutivo. Adrián saltaba, reía y su pelo castaño, siempre perfecto, ahora estaba alborotado, moviéndose con cada salto. Se veía tan libre, tan auténtico, que a Lian le resultó imposible apartar la vista. Pero el destino, cruel en su ejecución, puso a una chica frente a él en un parpadeo. Ella comenzó a bailar con él, y Adrián, lejos de apartarse, le dedicó una sonrisa brillante mientras seguía el ritmo.

La decepción golpeó a Lian como una ola gélida. ¿Qué esperaba?, se recriminó, sintiéndose el imbécil de siempre. Soy el chico del McDonald’s, él es el heredero de un imperio. Nunca seré suficiente para nadie. El orgullo, mezclado con una rabia tóxica hacia sí mismo, le obligó a salir de allí. Ignoró los gritos de Pablo y Rubén y se abrió paso a empujones hacia la salida.

Cuando salió al aire fresco de la noche, Lian caminaba a paso rápido, con la vista borrosa. Sintió un tirón firme en el brazo que lo obligó a detenerse en seco. Se giró, listo para soltar toda su amargura, pero se encontró de frente con esos ojos grises que le hacían temblar las rodillas.

—¡Déjame en paz! —espetó Lian, soltándose con brusquedad—. Todo esto ha sido un error, un gran error.

Lian dio media vuelta, decidido a perderse en la noche, pero Adrián fue más rápido. Corrió un par de metros y le cerró el paso.

—¿Si fuera un error, por qué haría esto?

Antes de que Lian pudiera procesar la pregunta, Adrián acortó la distancia y sus labios se sellaron contra los suyos. No fue un beso tímido; fue un reclamo, un beso desesperado, caliente y profundo que parecía haber estado esperando durante años. Lian sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Cuando se separaron, Lian estaba jadeando, con las manos aferradas a la chaqueta de Adrián.

—Pero... esa chica... ¿no es nada contigo? —balbuceó, con el corazón aún a mil.

—¿Esa chica? —Adrián soltó una risa sincera mientras negaba con la cabeza—. Lian, no la conozco de nada.

La tensión se desvaneció de golpe, dejando paso a una ligereza inmensa. Adrián le preguntó si la fiesta le estaba aburriendo, y Lian solo pudo asentir. Minutos después, estaban en el coche, dejando atrás el ruido del local.

—¿A dónde vamos? —preguntó Lian, viendo cómo las luces de la ciudad quedaban atrás.

—A un sitio especial. Solo va gente especial.

Lian sintió que se le humedecían los ojos. Condujeron hasta una zona de montaña, un mirador solitario donde no había ni un alma. Al bajar, caminaron por un sendero oscuro hasta llegar a una cima desde la que Madrid parecía una alfombra de estrellas.

—Pues sí que era especial —susurró Lian, impresionado por la vista.

—Suelo venir aquí cuando el peso de todo es demasiado —admitió Adrián, mirándolo con una vulnerabilidad que desarmaba—. Cuando necesito desconectar de verdad.

Lian no pudo resistirse. Se lanzó a sus labios con una desesperación que los hizo tropezar y caer sobre la hierba. Se besaron con ansia, hasta que Adrián se detuvo, dejando escapar un suspiro de frustración.

—Aquí... mejor no —dijo Adrián, con la voz entrecortada, tratando de recuperar el control mientras ayudaba a Lian a levantarse.

Lian se quedó con la gana en la mano, un poco sonrojado y agitado, pero al volver al coche y sentir la mano de Adrián rozando la suya durante el camino de regreso, supo algo con certeza absoluta: el chico que había empezado el verano sintiéndose invisible y perdido, ya no existía. Aquel viaje de vuelta marcaba el fin de una etapa; Lian ya no era el mismo, y su vida, por fin, había encontrado su norte.




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