Clase aparte

Capítulo 16

El turno de Lian fue un borrón de movimientos mecánicos y una ansiedad que le quemaba las entrañas. En cuanto se quitó el uniforme, ni siquiera se molestó en cambiarse la camiseta grasienta; la rabia y la preocupación eran motores más potentes que cualquier complejo. Google Maps le confirmó lo que temía: las oficinas centrales estaban lejos, en un entorno de cristal y acero que se sentía como un mundo aparte.

El trayecto en autobús de veintisiete minutos fue una tortura. Cuando bajó, Lian se sintió como un alienígena en una película de ciencia ficción. Su ropa olía a fritura, su pelo estaba pegajoso y sus zapatillas, desgastadas por el suelo del McDonald’s, chirriaban en el mármol pulido del edificio. Los ejecutivos que entraban y salían lo miraban como si fuera una mancha en un lienzo perfecto; los cuchicheos a sus espaldas eran como dardos, pero Lian los ignoró, manteniendo la barbilla alta.

En recepción, la mujer detrás del mostrador lo observó por encima de sus gafas con un desdén que habría congelado el infierno.

—¿Adrián, el hijo de Albert? —la mujer soltó una risita seca, cargada de superioridad—. Mira, chaval, ni aunque supiera dónde está te lo diría. Aquí hay protocolos. Necesitas una cita, una firma y, sinceramente, una apariencia que no parezca sacada de un vertedero. Vuelve a tu sitio.

Lian salió del edificio con las manos cerradas en puños, sintiendo una humillación que se transformaba en una determinación feroz. Regresó al centro de Madrid sin saber muy bien qué hacer, hasta que una idea iluminó su mente: su piso.

Pasó horas recorriendo calles señoriales, mirando hacia arriba, escaneando fachadas que valían millones. Finalmente, la encontró. Una torre de viviendas que parecía un palacio moderno, con balcones que, Lian calculó, eran más grandes que todo su apartamento compartido. Se sintió ridículo al instante. ¿Quién soy yo para presentarme aquí? Estuvo a punto de darse la vuelta, pero la imagen del mensaje sin contestar lo obligó a seguir.

Se acercó al interfono del edificio. El lujo que desprendía la entrada lo hacía sentirse pequeño, casi invisible. Buscó el piso diez, el último, el ático. Presionó el botón.

Silencio. Esperó diez segundos, veinte... estaba a punto de soltar el botón y alejarse, sintiéndose el mayor imbécil de la capital, cuando un altavoz siseó, rompiendo el aire con una voz apagada, rasposa y carente de cualquier brillo:

—No pierdas el tiempo conmigo.

Lian se quedó helado. Aquella voz no era la del Adrián que había conocido. Era una voz rota. Pero no iba a ceder. Sus nudillos se blanquearon al presionar de nuevo el botón.

—No lo voy a perder —respondió Lian, con una firmeza que le salió de lo más profundo del pecho.

Hubo un silencio eléctrico. Lian no se movió de la acera. Segundos después, el sonido del cerrojo magnético liberando la puerta principal resonó como un disparo en la calle desierta. Lian empujó la pesada puerta de cristal, entró en el ascensor de acero cepillado y marcó el número diez, mientras el corazón le martilleaba contra las costillas con la fuerza de un condenado.

Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, se encontró frente a la puerta principal. Levantó la mano y tocó tres veces.

Toc. Toc. Toc.

La puerta se abrió lentamente, revelando a un Adrián que parecía una sombra de sí mismo. Pero en cuanto sus ojos grises se posaron en Lian, algo en su expresión cambió, una chispa de vida regresando a su mirada. Para Adrián, Lian, con su uniforme de trabajo algo ajustado que realzaba cada músculo de sus brazos y esa sonrisa llena de hoyuelos que tanto le inquietaba, era lo único real y brillante en ese apartamento que se sentía como un mausoleo.

Lian, por su parte, se quedó sin aliento. Adrián vestía ese polo azul marino que parecía diseñado para resaltar su porte atlético, pero su atención se desvió en un segundo. Al subir la vista hacia el rostro perfecto de Adrián, el aire se le quedó atrapado en los pulmones: una mancha violácea y un hilo de sangre seca adornaban su pómulo.

—¿Qué... qué coño te ha pasado? —la voz de Lian salió en un susurro cargado de pavor.

—No es nada. Un golpe, solo eso —respondió Adrián, intentando desviar la mirada.

Lian no lo permitió. Entró en el apartamento con paso firme y Adrián cerró la puerta tras él. Sin pensarlo, Lian acorraló a Adrián contra la pared del recibidor, invadiendo su espacio personal. Sus dedos, que temblaban de puro nerviosismo, rozaron la mejilla herida con una delicadeza extrema, mientras sus ojos se humedecían por la impotencia.

—Adrián, mírame —exigió Lian, con los ojos vidriosos—. ¿Quién te ha hecho esto?

Adrián sintió que el mundo se detenía. La calidez de las manos de Lian, la presión de su cuerpo contra el suyo y esa preocupación tan genuina, tan pura, fueron demasiado. No hubo más palabras. Adrián se lanzó hacia delante y presionó sus labios contra los de Lian. Fue un beso brusco, cargado de toda la frustración, el dolor y el deseo reprimido que había acumulado durante días.

Lian soltó un pequeño jadeo de sorpresa, pero sus manos subieron inmediatamente a la nuca de Adrián, atrayéndolo hacia sí. Adrián lo empujó suavemente contra la pared, marcando un territorio que Lian estaba más que dispuesto a defender.

Sin embargo, a los pocos segundos, Lian se separó, jadeando, manteniendo sus manos en el pecho de Adrián para tomar distancia. Adrián sintió un vacío gélido, temiendo haber arruinado el único refugio que le quedaba.

—Antes de seguir —dijo Lian, con la mandíbula apretada—, necesito curarte. Y vas a decirme quién coño te ha hecho eso. Ahora.

Adrián, derrotado por la determinación de Lian, asintió y se dejó guiar hacia el baño. Se sentó en la tapa del váter mientras Lian mojaba un paño limpio con agua tibia. El contraste era absoluto: el lujo de un ático millonario y un chico de barrio limpiando la herida con la ternura de quien cuida un tesoro.




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