Clase aparte

Capítulo 26

El trayecto de vuelta a la ciudad fue un silencio cómodo, un respiro necesario después de la descarga de adrenalina en la montaña. El coche devoraba los kilómetros bajo el manto oscuro de la madrugada hasta que se detuvieron frente al imponente edificio del centro. Cuando el ascensor llegó a la planta diez y las puertas se abrieron, el ático les dio la bienvenida con su sofisticada penumbra.

Nada más cerrarse la puerta principal tras ellos, el ambiente cambió. Ya no había testigos, ni fiestas, ni miradas indiscretas. Solo estaban ellos dos, rodeados por el silencio absoluto de aquel espacio de lujo que, por primera vez, no le pareció a Lian un lugar extraño y hostil.

Adrián dejó las llaves sobre la consola de la entrada y se giró, apoyándose contra la pared. La luz tenue del salón perfilaba su silueta, acentuando esa mezcla de elegancia y vulnerabilidad que tanto fascinaba a Lian. Adrián no dijo nada; simplemente se quedó allí, observando a Lian con una intensidad que casi podía tocarse.

Lian dio un paso al frente, rompiendo la pequeña distancia que aún los separaba. El aire se volvió pesado, eléctrico, cargado con todo lo que no habían podido decirse en la montaña. Adrián levantó una mano, dudando apenas un segundo antes de deslizar sus dedos por la mandíbula de Lian, trazando el contorno de su cara con una lentitud que le puso la piel de gallina.

—Tenía tantas ganas de estar aquí contigo, a solas —susurró Adrián, con la voz rota, casi un hilo.

Lian soltó un suspiro, sintiendo cómo sus propias manos buscaban el refugio de la cintura de Adrián, tirando de él suavemente. En ese instante, el mundo exterior —la inseguridad de su piso, el trabajo precario, las sombras de sus padres— dejó de existir por completo.

Esta vez no hubo prisas, ni el miedo de ser interrumpidos. Adrián lo envolvió en un abrazo protector, hundiendo su rostro en el hueco del cuello de Lian, aspirando el aroma a perfume barato mezclado con el aire de la noche. Lian cerró los ojos, dejando que la calma del momento le recorriera cada fibra del cuerpo. Sabía que al otro lado de esa puerta seguía existiendo una vida complicada, llena de dudas y peligros, pero en ese preciso instante, entre las paredes del ático, solo importaba el latido sincronizado de sus corazones y la certeza de que, después de tanto tiempo buscando, por fin habían llegado a casa.




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