Clase aparte

Capítulo 15

Lian despertó el miércoles con una energía inusual. El sol que se colaba por su persiana medio rota le pareció más brillante, y durante toda la mañana, mientras colocaba los servilleteros y preparaba las máquinas, su mente solo tenía un objetivo: la hora en la que Adrián solía aparecer para su café. Cada vez que la puerta automática se abría, su corazón daba un vuelco, esperando ver esa figura impecable con el traje negro carbón.

Pero las horas pasaron, y el local se llenó de los habituales —turistas perdidos, estudiantes y ejecutivos que no tenían ni la mitad del carisma de su "cliente habitual"—, pero Adrián no cruzó el umbral.

A medida que el sol empezaba a bajar, la impaciencia de Lian se transformó en una inquietud punzante. Al llegar el fin de su turno y mientras bajaba la persiana metálica, se sintió ridículamente pequeño. Sacó el móvil y, con los dedos temblorosos, escribió un mensaje corto, tratando de sonar casual: "¿Qué tal?".

Al llegar al piso, el ambiente era insoportable. Rubén y Clara estaban enfrascados en una discusión absurda sobre qué ver en Netflix, y Pablo intentaba ignorarlos. Lian se sentó a la mesa con su cuenco de arroz, pero apenas probó bocado. Tenía el móvil pegado a la mano, esperando la vibración que nunca llegaba.

«Se habrá cansado de mí», pensaba, sintiendo un vacío en el pecho. «He sido un pesado. Soy solo el chico del McDonald’s, ¿qué esperaba? Seguramente se ha dado cuenta de que no tenemos nada en común y me está ignorando. Es lo normal».

Las horas se arrastraron hasta que la casa quedó en silencio. Lian se metió en la cama, pero el sueño se le resistía. La oscuridad de la habitación parecía amplificar su preocupación. ¿Y si su padre le había hecho algo? ¿Y si le habían quitado el móvil definitivamente? La incertidumbre era mucho peor que el rechazo.

Casi al borde de la desesperación, a eso de las dos de la mañana, volvió a desbloquear el teléfono. Se sintió patético, arrepintiéndose de lo que iba a hacer, pero no podía dormir sin intentarlo una vez más.

"¿Estás bien?", escribió, borrando y volviendo a escribir para que no pareciera un interrogatorio. "Sé que no hace falta que me digas qué te ha pasado, solo... contéstame. Por favor".

Dejó el teléfono sobre la mesita y se hundió bajo las sábanas, tratando de no llorar. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y la ansiedad, se negaban a cerrarse. Miraba fijamente el punto verde de carga del móvil, esperando una señal de vida. Si mañana no aparece, se prometió a sí mismo, mañana iré a buscarlo. Mañana averiguaré qué demonios está pasando, aunque tenga que presentarme en las oficinas de Inditex.

La angustia le apretaba la garganta; la idea de que Adrián estuviera herido o sufriendo por su culpa, o simplemente solo en esa casa fría, era algo que no podía dejar pasar. Se quedó allí, en vela, escuchando el tictac del reloj y esperando que, en algún lugar de la ciudad, alguien estuviera leyendo sus palabras.




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