El silencio que siguió a las caricias se volvió pesado, casi asfixiante. Adrián se incorporó un poco, apoyándose contra el cabecero de la cama, y apartó la vista hacia la ventana, donde las luces de Madrid brillaban con una frialdad indiferente. Su expresión había cambiado; la dulzura de hace unos minutos se había esfumado, reemplazada por un rictus de ansiedad pura.
—Lian... tengo miedo —soltó de repente, con la voz quebrada—. Miedo de que esto... de que esto vaya a más.
Lian se quedó petrificado, con el corazón dándole un vuelco doloroso. Estaba allí, en su cama, abrazado a él, compartiendo el calor de sus cuerpos, y aquellas palabras le cayeron como un jarro de agua fría.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Lian, sintiendo una punzada de inseguridad—. ¿A qué viene esto ahora?
Adrián se pasó una mano por el pelo, frustrado. —Si mi padre se entera de lo que estamos haciendo, no volveré a ver la cara de nadie. Para él, esto es una mancha. Me ha estado educando toda la vida para ser un "HOMBRE", con mayúsculas, y si descubre esto... pensará que ha criado a un "mariquita". Me destruirá, Lian. No solo a mí, sino a todo lo que he construido.
Lian apretó los labios, sintiendo una mezcla de rabia y empatía. —Adrián, mis padres no me trataron igual desde que les conté que era bi. Me miraban como si fuera un desconocido. Pero les di la espalda y, joder, ahora vivo más feliz que nunca. No tienes por qué vivir bajo su sombra.
—Para ti fue fácil —respondió Adrián con amargura, mirándolo fijamente—. Te mudaste, buscaste otro camino. Yo tengo aquí toda mi vida, mi trabajo, mis responsabilidades... y a ti. No puedo simplemente hacer las maletas y desaparecer.
Lian se quedó en silencio, con la mirada perdida en el edredón. Las palabras de Adrián lo obligaron a bajar a la tierra de golpe. ¿Qué podía hacer? ¿Qué solución había cuando el padre de Adrián tenía el poder de comprar y destruir a cualquiera? Recordó la amenaza del recepcionista del edificio, la arrogancia de la familia de Inditex. Si Adrián tenía miedo, ¿qué esperanza tenía él? Si él mismo no podía ni confesar su verdad a sus amigos, ¿cómo iba a enfrentarse a un titán? La realidad se sentía como una celda invisible de la que ninguno de los dos podía escapar.
Adrián, al ver el silencio de Lian, se acercó de nuevo y le tomó la cara entre las manos, obligándolo a mirarlo. Su mirada era una mezcla de terror y una necesidad desesperada de aferrarse a algo.
—No quiero perderte, Lian. Pero no sé si podré mantener esto oculto para siempre.
Lian notó que le temblaba la barbilla, pero no apartó la cara. En lugar de eso, envolvió las muñecas de Adrián con sus manos, un gesto de sujeción firme.
—No vamos a perdernos —dijo Lian, aunque su propia voz era un hilo—. No hoy. Estamos aquí, los dos, juntos. Si tenemos que jugar en las sombras, lo haremos, pero no voy a dejar que el miedo de tu padre decida por nosotros.
Adrián suspiró profundamente, y poco a poco, la rigidez de sus hombros comenzó a ceder ante el calor de Lian. Se volvió a tumbar, esta vez atrayendo a Lian contra su pecho, envolviéndolo con sus brazos como si intentara protegerlo del mundo exterior. En la penumbra de la habitación, el problema seguía ahí, inmenso y amenazador, pero al estar entrelazados, la urgencia de su conexión parecía ser la única salida posible. Se quedaron así, en silencio, escuchando los latidos de sus corazones, buscando refugio el uno en el otro mientras el resto del mundo, allá afuera, seguía girando indiferente a su secreto.