_“Puedes tejer todas las mentiras que quieras para protegerte, pero nada destruye una farsa tan rápido como el sonido de ciento cincuenta latidos por minuto recordándote lo que es real.”_
— Holly Anderson.
Al cruzar las puertas automáticas de cristal, el pánico helado que traía de la calle chocó de frente con una ráfaga de aire cálido y perfumado. El interior no se parecía en nada a la frialdad deprimente de los hospitales públicos a los que estaba acostumbrada. Este lugar gritaba dinero y exclusividad. El suelo era de un mármol prístino que reflejaba la luz cálida de las lámparas de diseño y el aire olía a una mezcla limpia de eucalipto, lavanda y un lejano toque de antiséptico. Había sillones de cuero blanco en la sala de espera y música ambiental apenas perceptible. Era un santuario clínico para la élite.
Tragué saliva, intentando que mis manos dejaran de temblar, y me dirigí hacia el impecable mostrador de mármol de la recepción de especialidades.
—Buenas tardes, señorita —le dije a la joven de piel morena, cabello rizado y uniforme impecable que me devolvió el saludo con una sonrisa sumamente profesional—. Necesito saber… ¿cómo puedo pedir una consulta con un obstetra sin tener una cita previa?
—Tendré que verificar el sistema para ver si hay algún hueco disponible en la agenda de hoy —respondió con amabilidad, deslizando los dedos sobre el teclado—. ¿Es una emergencia o un control de rutina?
—Es solo un control de rutina. Debía ir hace un par de días con mi médico habitual, pero tuve que viajar de imprevisto y decidí seguir el seguimiento aquí durante el tiempo que me quede en el pueblo.
—Muy bien, comprendo. Déjeme revisar si hay alguna cancelación —dijo ella, con los ojos fijos en la pantalla—. ¿Podría indicarme su nombre completo, por favor?
—Holly Anderson.
Ella asintió y tecleó mi nombre. Un par de segundos después, el tecleo se detuvo. Su ceño se frunció con evidente extrañeza y ladeó la cabeza, confundida.
—Disculpe, señorita Anderson… ¿está completamente segura de que no llamó para agendarse previamente?
—Estoy segura. Es la primera vez que piso este edificio. ¿Por qué lo pregunta? —mi voz sonó un par de tonos más aguda por el miedo. ¿Alguien lo había descubierto? ¿James?
—Es que aquí me figura que usted ya tiene una cita programada con el doctor Butler para esta misma tarde. De hecho… es en diez minutos. Y al parecer, fue agendada hoy durante la mañana.
El pánico se transformó en una paranoia asfixiante. ¿Quién demonios sabía mi nombre, mi estado y que estaba en este pueblo? Solo había una persona.
—¿Podría decirme exactamente quién vino a agendar esa cita? —exigí, acercándome al mostrador.
—Lo lamento mucho, pero no puedo brindarle esa información por políticas de privacidad. Además, fue agendada telefónicamente antes de mi turno.
Justo en ese instante de pura desesperación, una risa baja, rasposa y terriblemente familiar resonó a mis espaldas. El sonido me erizó el vello de la nuca. Al girarme de golpe, me encontré cara a cara con Tommy. Estaba apoyado perezosamente contra una columna, con las manos en los bolsillos de sus jeans oscuros y esa sonrisa canalla e indescifrable dibujada en los labios.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —le siseé, acercándome a él con los puños apretados, furiosa—. ¿Fuiste tú quien programó esta cita a mis espaldas?
—No me mires con esos ojos asesinos, fierecilla, pero sí —admitió con una diversión más que descarada que me dieron ganas de abofetearlo—. Supuse que tu repentino deseo de "recorrer el pueblo" a solas terminaría exactamente en este lugar. Y, conociendo lo imposible que es conseguir una cita de urgencia en esta clínica sin tener un apellido de peso…
—Te me adelantaste —lo interrumpí, fulminándolo con la mirada.
—Exactamente, preciosa. Yo siempre voy un paso adelante —guiñó un ojo antes de pasar por mi lado y dirigirse a la recepcionista—. Muchísimas gracias por su excelente atención, señorita. Yo mismo la escoltaré al consultorio.
Le dedicó a la chica su mejor y más letal sonrisa de galán. Y, por supuesto, funcionó. La recepcionista parpadeó, completamente embelesada por el encanto magnético de Tommy, asintió en silencio y no se atrevió a hacer una sola pregunta más.
Tommy me tomó suavemente por el codo y me guió hacia el ala privada del edificio.
El pasillo por el que caminábamos era largo, silencioso e intimidante. Las paredes estaban pintadas en un tono crema relajante, decoradas con cuadros abstractos y apliques de luz tenue que bañaban el suelo de porcelanato. No había pacientes llorando ni camillas a la vista, solo era una sucesión de pesadas puertas de madera de robley todas idénticas, que guardaban los secretos de las familias más adineradas del valle.
—¿Cómo es posible que lograras agendarme así como así? —susurré, todavía enfadada pero sintiendo una traicionera chispa de alivio.
—El doc es un viejo amigo mío, solo le pedí un favor personal —respondió en voz baja, sin rastro de alarde—. Y le exigí absoluta discreción, por supuesto. Nadie en la casa sabe que estamos aquí.
Tragué el nudo de orgullo que tenía en la garganta. Estaba metiéndose en mi vida a un nivel peligroso, cruzando líneas que no le correspondían, pero en el fondo, me había salvado.
—Gracias —murmuré, mirando al suelo.
—No hay de qué, fierecilla —dijo con una suavidad inesperada, deteniéndose frente a la puerta número 14. Levantó la mano y dio un par de toques firmes en la madera.
Unos segundos después, la puerta se abrió, revelando a un hombre de mediana edad, con el cabello entrecano, gafas de marco fino y una impecable bata blanca. Su rostro serio y profesional se transformó en una cálida expresión de alegría al reconocer a mi acompañante.
—¡Pero miren quién decidió dejarse ver! ¡Si es mi buen amigo Thomas! —exclamó el médico, dándole una palmada en el hombro.
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Editado: 15.09.2026