_“Hay fantasmas que vuelven para rogar perdón, y demonios que se despiertan en silencio dispuestos a quemar el mundo entero.”_
— Holly Anderson.
Caminé por la acera de piedra junto a Tommy con la mente completamente a la deriva, sumergida en un espeso letargo. Mis pensamientos eran un torbellino ensordecedor: el sonido galopante del corazón de mi bebé, la ecografía dentro de mi bolso y la sombra amenazante de Sabrina que no dejaba de arañarme el orgullo.
Estaba tan ensimismada, abrazada a mí misma para repeler el viento gélido de la tarde, que simplemente seguí los pasos largos de Tommy sin prestar la más mínima atención a nuestro destino. Pero en cuanto mis ojos registraron hacia dónde me estaba guiando, mis pies se clavaron en el asfalto como si me hubieran echado cemento en los zapatos.
Me detuve en seco, apretando la correa de mi bolso contra mi pecho.
—Dime por favor que esto es una puta broma —solté, frunciendo el ceño mientras contemplaba la monstruosidad cromada que se erguía frente a nosotros.
Era una motocicleta enorme, una bestia imponente de metal pulido y un tanque de un rojo brillante que parecía gritar peligro desde cada tornillo.
—Claro que no, fierecilla —respondió Tommy con una sonrisa ladeada, acercándose a la máquina con la familiaridad de quien acaricia a una mascota salvaje—. Puedo llevarte hasta la plaza principal y dejarte allí sana y salva hasta que James pase por ti. Te aseguro que ambos estarán bien.
—¿Cómo sabes eso? —repliqué de inmediato, dando un paso atrás. Mi mano voló instintivamente hacia mi vientre bajo el abrigo. Ni en un millón de años iba a subirme a esa trampa mortal estando embarazada.—. Prefiero caminar cien kilómetros descalza en la nieve.
Me giré sobre mis talones con decisión, dispuesta a dar el primer paso para alejarme de allí.
—Holly, no seas así —escuché que me llamaba a mis espaldas, con un tono que mezclaba la súplica con la diversión—. ¿Es que no confías en mí?
Me detuve y lo miré por encima del hombro.
—En ti confío, Tommy. En lo que no confío en lo absoluto es en esa motocicleta de tamaño familiar diseñada para romper cuellos.
Él bajó la mirada desde mis ojos escandalizados hasta el brillante tanque rojo, y luego volvió a mirarme. Una sonrisa puramente traviesa, cargada de una picardía irresistible, iluminó su rostro. Sin decir palabra, pasó una pierna por encima del asiento de cuero y giró la llave.
El motor cobró vida con un rugido gutural y profundo que hizo vibrar el pavimento bajo mis botas. Tommy aceleró levemente yel ronroneo de la bestia resonando en la calle silenciosa pareció incrementarse, y comenzó a avanzar a la misma velocidad que mis pasos.
—Te dejaré mi casco, preciosa —me aseguró, elevando un poco la voz por encima del ruido del motor mientras me seguía el ritmo desde el asfalto—. Iré tan lento que las abuelas nos pasarán caminando.
—Eso es aún peor —le espeté, sin desacelerar mi marcha, fulminándolo con la mirada mientras él avanzaba a mi lado—. Debes usar un casco tú también. ¿Qué pasa si te caes? No pienso ser responsable de tu cráneo fracturado.
Tommy dejó escapar un largo y exagerado suspiro. Al ver que mi terquedad era de hierro y que no iba a detener mis pasos bajo ninguna circunstancia, negó lentamente con la cabeza, derrotado por mi recién descubierto instinto maternal y protector.
—Bien, bien. Eres imposible —concedió, aunque la sonrisa no abandonó sus labios—. No pienso obligarte a subir si no quieres. Pero al menos déjame escoltarte hasta la plaza… desde la distancia.
Se detuvo un momento, sosteniendo el manillar con una sola mano, y me miró con una intensidad que me hizo tragar saliva. Toda la broma se había esfumado de sus ojos avellana.
—Déjame ir a tu lado solo para asegurarme de que llegues bien, Holly. Me quedaré vigilando hasta que James llegue a buscarte. Te lo prometo.
Me quedé en silencio, escuchando el latido grave de su motocicleta, evaluando sus palabras. El cielo se estaba volviendo más gris y el frío comenzaba a calar hondo. Y aunque una parte de mí sabía que Tommy era un huracán que podía arrasar con mi vida, en ese momento se sentía como un escudo. Necesitaba saber que no estaba completamente sola en este pueblo desconocido, al menos hasta que apareciera James… si es que James lograba despegar la cabeza del fantasma de Sabrina.
—Bien —cedí finalmente, apretando los labios—. Pero solo hasta que llegue James. En cuanto lo veas aparecer, te esfumas.
—Me parece un trato justo, fierecilla —murmuró Tommy, bajando la visera de su casco y acelerando apenas lo suficiente para convertirse en mi sombra guardiana por el resto del camino.
Con un suspiro tembloroso que se transformó en una pequeña nube de vapor en el aire helado, acomodé la correa de mi bolso sobre mi hombro y retomé mi camino.
El peso de la ecografía en su interior parecía irradiar un calor fantasma contra mi costado, un recordatorio constante de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Y justo detrás de mí, a una distancia prudencial pero innegable, el ronroneo grave y constante de la motocicleta de Tommy me seguía como una sombra protectora… o como una fiera acechando a su presa.
A medida que avanzaba por las calles adoquinadas hacia el centro del pueblo, el paisaje comenzó a transformarse, envolviéndome en una burbuja de irrealidad.
Apenas estábamos comenzando la temporada, pero este lugar ya respiraba un ambiente festivo que rozaba la perfección de una película. El aire gélido de la montaña bajaba cargado con el inconfundible aroma a pino fresco, canela y castañas asadas que provenía de los pequeños puestos ambulantes. Las farolas de hierro forjado, que parecían sacadas de la época victoriana, ya estaban adornadas con gruesas guirnaldas de abeto natural y enormes lazos de terciopelo carmesí.
#2175 en Novela romántica
#741 en Novela contemporánea
romance drama bebe, contrato matrimonio embarazo, jefe secretaria celos deseo
Editado: 15.09.2026