Cuando Deje de Nevar

23- Refugio en el caos.

_“Hay fantasmas que te persiguen para arrastrarte al abismo, y hombres que aceleran a fondo dispuestos a incendiar el mundo entero solo para asegurarse de que sigues respirando.”_

— Holly Anderson.

James.

El cuero del volante crujió bajo el agarre brutal de mis manos. Mis nudillos estaban blancos, tensos hasta el dolor, mientras el motor del SUV rugía por las calles adoquinadas del pueblo.

No podía creerlo. Mi mente se negaba a procesar que ese idiota, ese cobarde miserable, fuera tan despreciable como para atreverse a marcar el número de Holly. Pero más allá de la rabia homicida que me hervía en la sangre, una pregunta me taladraba el cráneo, amenazando con volverme loco: ¿Por qué lo hizo? ¿Y por qué maldita sea, ahora?

Aunque, en el fondo, sabía que la razón de su llamada no importaba. Lo único que realmente me aterraba, lo único que me importaba en este mundo, era lo que Holly hubiera sentido al escuchar su voz.

—¡Joder! ¿Por qué tenía que ser justo ahora? ¡Cuando por fin todo empezaba a marchar bien! —maldije en voz alta, golpeando el volante con la palma de la mano mientras esquivaba con agresividad a un grupo de turistas rezagados.

Intenté concentrarme en el asfalto, pero mis propios pensamientos jugaban en mi contra, volviéndose peligrosamente oscuros y obsesivos. El temor de que ella le haya dicho... Dios. Una bola de rabia, repulsión y un miedo crudo y primitivo se formó en la boca de mi estómago. Ascendió como ácido hasta alojarse en el fondo de mi garganta, dejándome sin habla, con la respiración entrecortada y el pecho oprimido.

¿Y si ella le dijo que lo perdonaba? ¿Y si escuchar su voz fue suficiente para que ella deseara volver a su lado? ¿Y si ahora él lo sabe?

—No. Ella no le dijo nada de eso. No lo hizo —me repetí en un murmullo ronco, apretando los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

Me lo repetía una y otra vez, aferrándome a la esperanza de que, si lo decía con la suficiente convicción, se haría realidad. Ese infeliz ya no tenía ningún derecho sobre ella. Ninguno. Lo de ellos terminó el día exacto en que el muy desgraciado se escapó como una rata, dejándola en la calle, ahogada en deudas y con las manos vacías. Ahora era mi turno. Yo sería quien se hiciera cargo de protegerla, de cuidarla y de darle el mundo entero si me lo pedía. Él era su pasado y yo me iba a encargar de ser su maldito futuro.

Tomé la última curva con las llantas chirriando contra el empedrado, adentrándome en el corazón del pueblo. Las farolas adornadas con guirnaldas y los escaparates iluminados pasaban como destellos borrosos a mi lado. Mi vista escaneaba frenéticamente cada centímetro de la plaza principal, buscando su rostro entre la multitud, hasta que el mundo entero pareció detenerse.

Allí estaba.

Incluso desde esta distancia, al verla sentada en ese banco de madera, envuelta en su abrigo y abrazada a sí misma, sentí cómo la bestia salvaje que rugía en mi interior se calmaba de golpe. Estaba a salvo y se veía tan pacífica, tan hermosa. Estaba observando algo fijamente y, de pronto, una sonrisa suave, genuina y nostálgica comenzó a dibujarse en sus labios.

No pude evitar seguir la trayectoria de su mirada. Del otro lado de la fuente congelada, una pareja de ancianos caminaba tomados del brazo, el hombre se detuvo un segundo para acomodarle con infinita ternura la bufanda a su esposa y besarle la frente.

Una sonrisa se escapó de mis propios labios. Me permití, por una fracción de segundo, imaginar la locura de nosotros mismos en esa situación. ¿Estará ella imaginando lo mismo? ¿Se verá a mi lado dentro de cuarenta años?

Regresé la vista al frente, reanudando la marcha a paso de hombre hasta encontrar un espacio libre junto a la acera. Apagué el motor de un tirón, arranqué las llaves del contacto y me lancé fuera de la cabina, cerrando la puerta con fuerza. Mis pies apenas tocaban el suelo yo solo quería alcanzarla, rodearla con mis brazos y asegurarme de que ese imbécil no había roto lo que tanto me estaba costando reparar.

Pero entonces, un destello rojo intenso capturó mi atención periférica y me hizo detener en seco.

Era una motocicleta. Una bestia de gran tamaño, aparatosa y extrañamente conocida, aparcada a escasos metros de donde estaba Holly. Su conductor seguía montado en ella y llevaba un casco oscuro con la visera bajada, pero la tensión de su postura y la dirección inconfundible de su cabeza lo delataban por completo, estaba clavando sus ojos en ella. Estaba vigilando a mi mujer.

El pánico se adueñó de mí, inyectándome una dosis letal de adrenalina, cegándome ante la absurda y retorcida idea de que Chris nos hubiera seguido. ¿Cómo demonios averiguó dónde estábamos?

La sangre me hirvió en las venas. Apreté los puños y comencé a avanzar en su dirección con pasos depredadores, dispuesto a arrancarle el casco con mis propias manos y romperle la cara en medio de la plaza.

Pero solo alcancé a dar tres largas zancadas y el conductor pareció percibir mi intención porque giró la llave y el motor de la motocicleta estalló con un rugido ensordecedor y, sin darme tiempo a reaccionar, aceleró de golpe, perdiéndose ágilmente entre el lento tránsito de turistas.

Apreté la mandíbula, viendo la luz trasera de la moto desaparecer en la esquina. Decidí dejarlo pasar. Por ahora. Ya habría tiempo para cazar fantasmas. Giré sobre mis talones y redirigí todos mis pasos, mi atención y mi alma entera hacia la única persona que importaba: Holly.

Holly.

No tenía idea de cuánto tardaría James en llegar, pero luego de que cortó la llamada con esa frialdad, me había dejado caer en el banco de madera, dedicándome a observar a las personas que transitaban por la plaza para evitar que el pánico me devorara.




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