_“Le entregué la verdad que más me aterraba esperando que me soltara la mano, y a cambio, él decidió sostener mi mundo entero. La tragedia es que los mundos perfectos siempre penden de un hilo.”_
— Holly Anderson.
El cochero detuvo el carruaje con suavidad, amarró las riendas y descendió en silencio. Escuché el crujido de sus botas sobre la nieve mientras caminaba unos metros hasta refugiarse bajo la sombra espesa de unos abetos, dándonos la espalda y dejando su vista clavada en el lago congelado.
—Le pedí que, al llegar aquí, nos diera un poco de privacidad —murmuró James, rompiendo el silencio del bosque y respondiendo a la pregunta que mi mente aún no había formulado.
—Me parece bien —respondí, y era la pura verdad.
Si iba a confesarle que llevaba en mis entrañas el hijo del hombre que me había arruinado, necesitaba que el mundo entero desapareciera. Solo nosotros dos. Tragué saliva, sintiendo cómo el corazón me golpeaba la garganta, y me giré hacia él bajo el amparo de la gruesa manta de lana.
—James, yo… tengo que decirte algo muy importan…
—Solo dime que no le dijiste nada —me interrumpió de golpe, con una urgencia que me asustó. Sus manos atraparon las mías sobre mi regazo, apretándolas con desesperación.
—¿Decirle qué? —pregunté, genuinamente confundida—. ¿Qué estoy con alguien más? Porque si te preocupa eso, sí lo hice. No le di tu nombre, no le dije con quién estaba exactamente, pero le dejé muy claro que ya no estoy sola y que soy inmensamente feliz. ¿Te molesta?
La desesperación en su rostro se evaporó por un microsegundo. Sus labios se separaron con sorpresa y un brillo abrumador de esperanza y puro orgullo iluminó sus ojos avellana.
—¿Molestarme? —repitió, soltando una risa corta, casi incrédula, mientras acercaba mis manos a sus labios para besar mis nudillos—. Por supuesto que no, preciosa. ¿Por qué iba a molestarme que le dejes claro a ese imbécil que ahora eres mía? No, todo lo contrario. Eso me hace el hombre más jodidamente feliz del mundo.
—¿Y entonces? —insistí, sintiendo que me perdía en su mirada—. ¿Qué es lo que te aterra tanto de mi llamada con Chris?
La sonrisa de James se borró de tajo. Sus ojos se oscurecieron, volviéndose serios y suplicantes.
—Holly… por favor, dímelo. Dime que no le dijiste a Chris sobre el bebé.
El mundo dejó de girar y el sonido del viento entre los pinos desapareció.
Al principio, creí haber escuchado mal. Mi mente se negaba a procesar las palabras que acababan de salir de su boca. Pero al ver la fijeza en su mirada, la ausencia total de sorpresa y la seriedad con la que esperaba mi respuesta, la realidad me golpeó con la fuerza de un tren.
—¿Qué…? —balbuceé, sintiendo que la sangre abandonaba mi rostro—. ¿A qué te refieres?
James dejó escapar un suspiro pesado y agotado. Se frotó la frente con una mano, en un gesto de pura frustración contenida, antes de volver a clavar sus ojos en los míos.
—Vamos, Holly —dijo con un tono solemne y dolorosamente honesto—. No me insultes creyendo que soy lo suficientemente estúpido como para no darme cuenta de que estás embarazada de Chris. No te lo estoy reprochando, no te estoy reclamando absolutamente nada. Solo necesito saber que no le diste a ese infeliz ningún motivo para regresar a tu vida.
El aire se me escapó de los pulmones. Estaba temblando, y esta vez no era por el frío.
—¿Cómo…? ¿Desde cuándo lo sabes? —mi voz no fue más que un hilo roto.
—¿Qué desde cuándo? —escupió con una mezcla de ironía y ternura, acercándose más a mí—. Holly, te confesé que había revisado las cintas de seguridad de la oficina y que había descubierto que dormías en el cuarto de limpieza. ¿De verdad no se te ocurrió pensar que te vi acariciándote el vientre en la madrugada? ¿O que te escuché a través de las cámaras susurrándole a tu bebé cuando creías que estabas sola?
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Él lo sabía. Lo sabía todo este tiempo.
—Y por si eso fuera poco —continuó, acariciándome la mejilla para limpiar una lágrima que amenazaba con caer—, las náuseas repentinas, el asco que te dio el pescado en mi apartamento y hace un par de horas en el comedor, tu brillante y estúpida excusa de la dieta para rechazar el mejor vino de mi padre… Y, seamos sinceros, preciosa, tu vientre ya comienza a notarse bajo la ropa. Te he estado observando, Holly. Te observo todo el tiempo.
Una epifanía brutal me sacudió entera. Si él lo sabía desde que vio las cintas… eso significaba que James Harrington compró mi deuda, me salvó de la ruina, me llevó a su casa y me ofreció este trato sabiendo perfectamente que yo llevaba el hijo de otro hombre. Me protegió desde el primer segundo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le reclamé en un sollozo, sintiéndome la mujer más injusta del universo—. ¿Por qué te quedaste callado?
—¡¿Qué por qué no te enfrenté?! —exclamó James, alzando un poco la voz, dejando que la frustración de las últimas semanas finalmente saliera a la luz—. ¡Joder, Holly! ¡Porque llevo todo este maldito tiempo esperando que tengas el valor de decírmelo tú primero! Quería que te sintieras a salvo. Quería que confiaras en mí, pero, al parecer, seguías creyendo que yo era el enemigo.
—¡No! ¡Claro que no es eso! —grité, aferrándome a su abrigo con desesperación—. ¡Quería decírtelo! Dios, no sabía cómo hacerlo sin que me odiaras. Pero al parecer soy pésima escondiéndolo, y yo aquí, como una estúpida, creyendo que nadie lo sabía. O ustedes son muy listos, o yo soy rematadamente idiota.
—¿Ustedes? —James ladeó la cabeza, y su ceño se frunció con una confusión afilada—. ¿A quiénes te refieres con “ustedes”?
Maldita sea. Mi lengua me había traicionado y por mucho que deseara arrancar todos los secretos de raíz y dejar mi alma desnuda frente a él, el asunto de Tommy era diferente. Era una promesa. Él tenía sus propias razones para ocultarse en esa casa, y yo no podía delatarlo, no cuando acababa de ayudarme en el hospital.
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Editado: 15.09.2026