Jun Saito-dono caminaba por los puentes de piedra en su jardín. Observaba a las carpas nadar cuando su celular sonó. Le pareció extraño porque era una videollamada de Gon Asahina.
—Asahina-san, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Jun-chan, qué bueno que contestaste. Lamento decirlo, pero el trato está cancelado. Fue bueno hacer negocios contigo y espero que en un futuro tengamos más proyectos juntos. Nos vemos. —Le colgó sin que Jun Saito-dono pudiera hacer algo. De la impresión del mensaje, ella dejó caer su celular al agua asustando a las carpas.
El aparato permaneció unos segundos encendidos. El rostro de Gon Asahina en la pantalla se borraba poco a poco, mientras él tenía una gran sonrisa en su rostro. El celular se apagó. Las carpas que huyeron ante el susto se acercaron curiosas.
Jun trataba de buscar una solución lógica, de encontrarle sentido a lo que acababa de escuchar. Su plan de años se ha venido abajo frente a sus ojos y no pudo hacer nada. Ella movía su cabeza fuertemente, negando que eso hubiera ocurrido. Sus gritos se ahogaban en su garganta.
El aire de sus alrededores se le hizo muy pesado. La blusa ligera que usaba le apretaba el pecho. Puso sus manos sobre el barandal de madera del puente de piedra, sintiendo que en sus manos se clavaban astillas.
Sus alrededores empezaron a dar vuelta cayendo al suelo en un completo ataque de pánico. Los mayordomos y maids cercanos se apresuraron a ayudar a su patrona. La llevaron de inmediato a su habitación.
Ahí, Fubuki-san habló con sus compañeros para calmarlos. Él se encargaría de que su señora estuviera bien.
La habitación de Jun Saito-dono era grande, del tamaño de un pequeño departamento. Un pequeño escritorio de madera blanca con algunos libros y cuadernos. En una esquina alejada había una pila de peluches. Sus grandes ventanales llegaban hasta el techo, haciendo que iluminara de forma natural durante el día. El sol entraba ligeramente haciendo que la temperatura se sintiera un poco alta al exterior. Algunos pájaros y cigarras cantaban desafinadamente.
Ella estaba en cama, que ocupaba una cuarta parte de la habitación. Tenía una pequeña toalla sobre sus ojos y había una taza de té en una mesita improvisada.
El Doctor Black, un doctor del norte de Europa, con piel blanca, ojos azules, prominente calva y bigote sencillo, revisaba a Jun Saito-dono.
—Black-sensei, ¿Cómo está Jun Saito-dono?
—Con un par de días estará bien. Hay que monitorearla y si algo pasa, habrá que hospitalizarla. Me retiro. —Dijo el doctor Black con prominente acento finlandés.
Fubuki-san se quedó un rato más dentro de la habitación junto a otra maid.
—¿Sabes?, he estado con Jun Saito-dono desde su nacimiento. La considero como si fuera una hija. Verla sufrir cuando sus padres murieron en ese trágico accidente de avión donde ella también resultó herida, es devastador.
—Fubuki-san… ¿ya le dijo eso?
—Aún no. Consideraba que su felicidad y el apoyo que le demos era suficiente, pero verla así, débil, enferma por algo que no está en mis manos… me rompe el corazón…
—Fubuki-san, nosotros estamos aquí para ayudar en lo que podamos.
—Lo sé, pero… ¿cuánto tiempo? Las reservas de la señorita se están yendo rápido y ustedes tienen que comer, pagar renta y cuidar a sus familias. Ella es la única familia que tengo.
—Fubuki-san… en mi caso haré lo mejor que pueda para ayudar y no ser una carga para ustedes. Por cierto… —preguntó la maid que lo acompañaba. —He visto que la señorita besa una foto dentro del baño…
Fubuki-san volteó con ella y le sonrió. La maid sintió algo extraño en su pecho, tosió un poco y siguió con sus labores. Él entró al baño y vio la foto mencionada pegada en un espejo de cuerpo completo. Era una foto de Jun Saito-dono, de niña, abrazando a sus padres y él, Fubuki-san a un lado sonriendo tímidamente.
Él se vio de reojo. Su larga y un poco descuidada barba, le llegaba debajo del mentón. Sus ojos cansados y sus arrugas en su cabeza contrastaban con su coleta en su cabello completamente blanco. Estaba ligeramente encorvado. Se rio para sí mismo y salió de ahí a continuar con sus labores.
Un par de semanas después, Ayane Kisaragi estaba dentro de su oficina de la Editorial Mangetsu. Se quería arrancar el cabello de la desesperación. Varios de los escritores y editores con los que trabajaba, repentinamente renunciaron o dejaron de contestarle los mensajes. Trataba de no pensar en las oficinas vacías, los reflejos de la luz solar reflejándose contra las pantallas apagadas de las computadoras. Las oficinas de sus compañeros sin mucha gente.
—¡¿Pero qué rayos está pasando con esta compañía?! Ni siquiera Haruto Asahina me ha mandado las basuras de texto con las que me entretenía leyendo. Si esto sigue así, me van a despedir por falta de trabajo… si no consigo algo, lo que sea…
El elevador se escuchó. Su eco hizo saltar a Ayane del susto. Los pasos de Shinji Himari hicieron que el corazón de Ayane se sobresaltara más. Él entró tímidamente a la oficina.
—Kisaragi… -senpai…
—¿Qué sucede, Himari? —preguntó Ayane como si estuviera actualizando cada segundo su bandeja de entrada. Tomó un bolígrafo y unos papeles en blanco e hizo como si estuviera trabajando