El contrato de los recién casados (y otras catástrofes)

Visita a Kioto (1ª parte)

Shinji Himari estaba dentro de la antigua oficina de Ayane. Arriba de su escritorio había tantos documentos que llegaban hasta el techo. Él, sentado en su silla, con la cabeza recargada por el mareo que tenía, trataba de ponerse al día con el trabajo suyo y el que Ayane dejó cuando la despidieron.

—Esto no es como lo tenía pensado cuando entré aquí. ¡Que alguien me ayude!

No había nadie más. Parecía que, por la carga de trabajo, él era el único que se encargaba de todo. Los otros editores en jefe estaban iguales y los miembros de recursos humanos trataban de llenar rápidamente los puestos desocupados para aligerar el trabajo de todos.

—¡Y justo a los jefes nuevos se les ocurrió irse de vacaciones! —Shinji tomó un manuscrito hojeándolo. —Nunca me imaginé que Saito-senpai y Asahina-senpai estuvieran casados… Akanari-sensei no me dijo nada de eso la última vez que la vi solo que se había divorciado de Asahina-senpai —se rascó la frente con un bolígrafo teniendo otro en la boca. Una pequeña montaña de papeles y borradores se balancearon cayéndole encima. —¡Así nunca voy a terminar!

La puerta se escuchó y alguien abrió la puerta.

—Himari-san, tenemos reunión en quince minutos.

—Sí… ya voy… —Shinji logró salir de la avalancha de papeles y se reunió con su compañero.

—Dios, ¿Por qué hacen juntas ahorita que no tenemos gente?, saben que tenemos mucho trabajo… para que nos digan lo mismo, que debemos apurarnos, que las cosas están mal, que solo es una etapa.

—Oye, Sakayima-senpai, ¿Cómo eran las cosas antes?

Sakayima se quedó pensando un momento mientras iban al elevador. —No eran muy distintas a las de ahora. Había más gente y control interno. Ahora, con el cambio de dueños todo es un caos.

—Ojalá Kisaragi-senpai estuviera aquí para ayudarme.

—¿Kisaragi-san?… supe que renunció cuando se enteró del cambio de dueños. —dijo Sakayima como si no le diera importancia. —… uno de ellos era su protegido, Asahina-san y la otra era Saito-san quien sí que logró conseguir un pescado muy gordo como para casarse con él y prácticamente tener su vida resuelta.

Shinji seguía pensando en los escenarios que Sakayima le decía y otros que no tenían que ver con la conversación. Shinji Himari recordó, brevemente, la flor azul que se acababa de marchitar unos días atrás. Su mente se fue a Nozomi Sakuranomiya y esa noche que, por más que lo intentaba, no recordaba.

—Ojalá yo también…

—¡Himari-san, cuidado con la… —un fuerte golpe contra la puerta del elevador se escuchó resonar por los pasillos junto a un chillido agudo. Sakayima se empezó a carcajear del golpe que Shinji se dio en toda la cara. —Lo siento, Himari-san, ¿estás bien?

—Sí… lo estoy… —dijo Shinji tratando de ocultar su vergüenza con una risa nerviosa. “¿Entonces… Kisaragi-senpai renunció?”, pensó mientras entraba al elevador con Sakayima.

—Sakayima-senpai… ¿Qué pasa cuando alguien a quien creías tu amiga te deja de contestar?

Él se quedó extrañado de la pregunta. Vio la pantalla que indicaba los pisos mientras subían.

—Lo más lógico, continuar con tu vida y dejar a la otra persona en paz. Ya hay muchos locos en Japón…

Shinji sonrió, como si la respuesta lógica no fuera suficiente.

—¿Ni aunque sienta que me gusta esa persona?

Sakayima sintió que sus orejas se movieron y volteó a ver a Shinji. —Que tal si a la salida vamos por algo que tomar y me cuentas de tu amor no correspondido.

Shinji se quedó sorprendido de aquella invitación, pero recordando que sería de mala educación si se negara, aceptó.

Bajando de su jet privado, en el aeropuerto de Osaka, Jun Saito-dono y Haruto Asahina se subían a un auto de lujo que los trasladaría a Kioto. El viaje duraría una hora, aproximadamente.

La ciudad era moderna, un centro de negocios dentro del país. El área conurbada (Toyonaka, Ikeda e Itami), era una zona densa poblacionalmente pero contenida. No estaba a la altura de Tokio, pero se asemejaba: era una mezcla de edificios altos, zonas comerciales y residenciales pero no tan verticales como en la capital.

El tráfico era moderado para ser mediodía. El paisaje de la Meishin cambiaba de zonas urbanas a las rurales. Los grises eran cambiados por el verde de las colinas y los campos. Cerca de la una de la tarde, la Torre de Kioto se vislumbraba en el horizonte. Jun Saito-dono tenía la cabeza recostada en su asiento. Haruto Asahina veía afuera escuchando música con sus audífonos.

Los edificios, los comercios, las señales de tránsito, el tráfico y los transeúntes que recorrían Kioto como cualquier otro día. La Torre de Kioto era imponente destacando sobre los edificios circundantes.

El tráfico era fluido pero constante para la hora, menos pesado que Tokio. Mientras los anuncios los comercios y las calles estrechas se mezclaban con los estudiantes, las universidades y residencias, Haruto volteó con algo de indiferencia al otro lado del asiento. Jun Saito-dono estaba con los ojos cerrados. Dormía tranquilamente. El auto cambió de dirección, dejando atrás la Torre de Kioto haciendo que Haruto regresara a su posición original. Los alrededores de la ciudad fueron siendo menos comerciales y turísticos: los edificios eran de distintas alturas, comercios más locales, plazas donde los niños jugaban y con más arboles que los que Haruto había visto en Tokio. El automóvil fue disminuyendo la velocidad hasta quedar frente a la entrada de un gran hospital de especialidad. En letras grandes decía: Hospital Universitario Seiryō
(Seiryō Daigaku Byōin 清涼大学病院). Los edificios estaban conectados entre sí, la amplia entrada hacía que el flujo de enfermos, enfermeras y doctores fuera constante. Donde se estacionaron y bajaron Jun Saito-dono y Haruto era el área de obstetricia. El auto arrancó hacia el estacionamiento dejando a la pareja sorprendida de lo grande que se veía Seiryō.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.