Dentro de un cibercafé de 24 horas en Shibuya, Haruto Asahina dormía con un suéter sucio y maltrecho como cobija. A su alrededor había vasos vacíos de sopa instantánea, bolsas de galletas y papas fritas y envases de soda vacíos.
Dormía como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Su barba estaba algo crecida, su piel pálida y demacrada. Las bolsas debajo de sus ojos estaban más grandes que antes. Su teléfono estaba conectado a la computadora donde tenía su programa con una hoja nueva. El lugar era oscuro. Se escuchaban los sonidos de disparos de los videojuegos, de música o del porno de los cubículos cercanos.
Se despertó con un fuerte dolor de cuello por haber estado encorvado en la silla toda la noche. Revisó su celular y había un par de mensajes de Honoka. El último era que ella ya no podía seguirle pagando su estadía ahí adentro. Que se dejara ayudar, pero no de esa forma.
Vio que ya se iban a cumplir otras 24 horas de su renovación. Cerró el programa del procesador de textos, tomó su celular, limpió un poco su basura y salió de ahí. Se colocó su suéter cubriendo su cabeza con su hoodie, saliendo del lugar con las manos en los bolsillos.
La puerta automática se abrió haciendo que el sol lo deslumbrara completamente. No recuerda cuándo fue la última vez que sintió el calor del sol o ver gente que no fuera la de sus alrededores.
Revisó sus bolsillos y le quedaban apenas 1000 yenes de lo que su hermana Honoka le había mandado para apoyarlo. Regresar a Daikanyama era imposible, aunque su hermana le dijo que podía quedarse ahí. Ir a Kita-Senju, su único lugar donde podía decir que era suyo también estaba fuera de sus capacidades.
Ese pequeño departamento lo compró con el dinero del premio que se ganó como escritor del año hace casi seis años atrás, si él mal no recuerda.
Si iba a alguno de esos lugares fácilmente lo podrían encontrar. Se acomodó mejor el hoodie y caminó sin rumbo, en medio de todas las personas que paseaban por la ruidosa Shibuya.
Llegó a Center-gai. Una calle cercana a Shibuya donde la vibra era otra: los jóvenes y turistas que paseaban buscaban boutiques y locales de ropa tokiota. Los bares y karaokes llenos, con la música escuchándose hasta la calle. El olor de los restaurantes y de comida rápida le abrieron el apetito. Pensó en ir a comer un omurice, cuando menos, pero con el dinero que tenía y por su apariencia, sin duda lo iban a correr del lugar.
Encontró una tienda de conveniencia y entró. Vio los cigarros y pensó en comprarlos. Pero el olor del omurice fue demasiado y fue por un bento económico de 500 yenes. Pensó en comprar los cigarrillos pero se saldrían de su presupuesto. Incluso una botella de agua le llamó la atención, pero tampoco la compró.
Salió de ahí y fue a uno de los callejones del Center-gai a comer con desesperación el bento. Cuando se dio cuenta ya no había nada de comida.
Se llevó los brazos a las rodillas ocultando su rostro. Pensaba, desde que su padre lo expulsó de su familia a inicios de agosto, su vida se había venido abajo.
Sintió que su celular vibró y consideró en empeñarlo para tener algo de dinero y así comprar sus cigarrillos. Su cuerpo temblaba por la falta de nicotina. Una pequeña flor amarilla lo acompañaba. Un ligero viento cálido la movió.
Recordó uno de los días donde el acosador se había detenido. El calor que hacía en Daikanyama era calmado por el aire acondicionado. Solo que él estaba en el balcón, fumando para que Akari no lo regañara. Observaba la torre de Tokio a lo lejos. Él sonreía tímidamente. Cerró los ojos y dejó que el cálido viento veraniego le llegara a su rostro.
Ella salió un momento buscando el calor de la ciudad y lo vio. Se sonrojó un poco al ver lo tranquilo que estaba Haruto. Ella se puso a su lado, sin importar que el humo del cigarrillo golpeara su cara.
—Senpai… esta noche debo regresar a Kita-Senju. Estos días de descanso me han ayudado mucho a no volverme loca.
Él volteó un poco, sorprendido de lo que le dijeron.
—Hace mucho no voy a ver a mis padres a Saitama. Mi madre, siempre en estas fechas prepara un curry muy picoso y caliente. Creo que te gustará.
Haruto se sonrojó. Su cigarrillo cayó a la calle. Para su fortuna no quemó a nadie. Akari, por su parte, lo observaba confundida.
—Idiota-senpai, si no quieres ir, solo dilo… —Akari se dio la vuelta algo sonrojada. —Si quieres algo, solo dilo. No te quedes callado…
—Me encantaría probarlo. —Haruto le dijo con una sincera sonrisa haciendo que Akari se sonrojara más, entrando al departamento con el pretexto que el calor le arruinaría el cabello.
Unos pasos y unas risas lo hicieron reaccionar. Eran unas chicas de secundaria que hablaban entre ellas. Haruto se levantó de ahí, se limpió el polvo de su pantalón y con sus 500 yenes, decidió ir a Kita-Senju.
Recargó su tarjeta Suica con lo último que le quedaba y tomó el tren. El viaje al norte sería de una media hora. Tal vez no tenga qué comer, pero al menos, ese departamento si es suyo.
Al llegar a Kita-Senju, el departamento estaba oscuro, frío, lúgubre. Fue a la ventana del fondo que estaba con las cortinas pegadas a la pared. De inmediato las despegó y dejó que la luz del día entrara, deslumbrando a Haruto. Al abrir los ojos vio los edificios bajos y al fondo algunas casas. Vio que en los escritorios de Yui y de Akari seguían las tablets de dibujo que nunca pudo entregarles.