Furia no caminaba sobre el suelo del Nexo. Flotaba a un palmo de la obsidiana fracturada, arrastrando tras de sí un jirón de tormenta blanca que hacía crujir el aire como papel quemado. A lo lejos, hacia el sector oeste del cráter, un géiser de plasma y roca líquida seguía enfriándose donde Guerra acababa de sepultar a Apolión bajo toneladas de escoria volcánica; más cerca, el silencio absoluto que envolvía a Muerte y a Verch se sentía como un agujero en el propio tejido del aire, un lugar donde el sonido iba a morir. Furia no miró hacia ninguno de los dos frentes. No podía permitírselo.
Ya no quedaba nada en ella que recordara a la alquimista de látigo amarillo que se había convertido en Jinete de la Peste el día que la Lanza del Destino la marcó, temblando de rabia y de culpa, jurándose a sí misma que jamás volvería a sentirse tan indefensa como el día en que Catel Monërhalth murió protegiéndola. Sus alas —escarcha necrótica cristalizada en el filo exacto entre la vida y la muerte— se abrían y cerraban con la lentitud de algo que ya no necesitaba respirar. Bajo la armadura mítica de tormenta y peste blanca, Alice seguía ahí, en algún lugar; pero era una Alice que había dejado de pedir permiso para existir.
Frente a ella, en el otro extremo de lo que alguna vez había sido la sala de guerra, Lilith caminaba descalza sobre el vidrio roto sin que un solo fragmento le cortara la piel.
—Vaya, vaya —dijo la reina demonio, y su voz tenía el timbre de la miel echándose a perder—. La pequeña tejedora de virus. Te vi por última vez sangrando en un cráter de Odrac, prometiéndome que ibas a terminar lo que empezaste. Han pasado siete años, Alice. Empezaba a pensar que mentías.
—No mentía —respondió Furia. Su voz ya no sonaba del todo humana; resonaba desde dos lugares a la vez, el pecho y la tormenta—. Solo estaba reuniendo el vocabulario correcto.
Las runas rojas tatuadas en la piel de Lilith se encendieron, y a su alrededor las últimas flores que habían sobrevivido al asedio de Verch se marchitaron de golpe, plegándose sobre sí mismas como puños cerrados. Ese era el don de la Primera Mujer: no la muerte, sino la corrupción de todo lo que la muerte hacía sagrado. Donde Alice purgaba, Lilith pudría. Eran, en cierto modo, la misma moneda mirándose en un espejo sucio, y ambas lo sabían.
—Tu hermano de armas es mi hijo —dijo Lilith, ladeando la cabeza con una curiosidad casi maternal—. ¿Lo sabías, criatura? Ëadrail salió de mi vientre hace más siglos de los que tu especie sabe contar. Lo mecí. Le canté. Y aun así vienes a plantarte frente a mí con esa cara de indignación, como si yo fuera la aberración de esta familia y no la que la fundó.
—Ëadrail eligió a quién servir —dijo Furia, descendiendo un metro, la tormenta a su alrededor apretándose como un puño—. Tú nunca le diste esa opción. Lo criaste para el trono y lo abandonaste cuando dejó de servirte. Eso es lo único que necesito saber de ti para no sentir ni una pizca de duda.
Lilith sonrió, y por primera vez algo parecido al deleite genuino le cruzó el rostro.
—Entonces empecemos donde lo dejamos, hija de Gabriel.
Extendió una mano pálida y del suelo brotaron enredaderas negras, gruesas como muslos humanos, que se lanzaron hacia Furia con la velocidad de serpientes hambrientas. Furia no las esquivó. Dejó que la primera la alcanzara, y en el instante del contacto, la Peste Blanca que corría bajo su piel se derramó hacia afuera como agua hirviendo. La enredadera se marchitó, se volvió gris, se deshizo en polvo antes de completar el abrazo. Una segunda y una tercera la rodearon por la espalda; Furia giró en el aire, dejando que su tormenta cortara el espacio en arcos de escarcha, y las tres cayeron reducidas a ceniza inerte antes de tocarla.
—Interesante —murmuró Lilith, sin dejar de sonreír, estudiándola como quien estudia un experimento fallido—. Tu plaga y la mía no se llevan bien.
—Ninguna plaga se lleva bien con otra —respondió Furia—. Solo una puede ganar.
Lilith no insistió con las enredaderas. Chasqueó los dedos, y el suelo bajo los pies de Furia se cubrió de una escarcha carmesí que no era fría, sino ardiente —una versión invertida de todo lo que Furia representaba, diseñada para quemar desde dentro en vez de desde fuera. Cientos de agujas de ese hielo rojo se dispararon hacia arriba, atravesando el domo de tormenta con la precisión de una lluvia calculada.
Furia no retrocedió. Dejó que las primeras agujas se clavaran en su armadura de escarcha, sintiendo el ardor perforar capas que ningún arma física había logrado tocar en siete años, y respondió con el único idioma que Lilith parecía dispuesta a escuchar: multiplicó la presión atmosférica a su alrededor hasta que el aire mismo se volvió una prensa, aplastando las agujas restantes en polvo carmesí antes de que completaran su trayectoria. El eco del impacto sacudió los pilares que aún quedaban en pie del Nexo.
—Sigues confiando en la fuerza —dijo Lilith, casi decepcionada—. Pensé que serías más interesante que tus hermanos.
—No confío en la fuerza —respondió Furia, limpiándose un hilo de sangre plateada de la comisura de los labios—. Confío en saber exactamente cuándo dejar de usarla y empezar a pensar. Tú todavía no llegas a esa parte.
***
El segundo asalto no fue un intercambio de golpes. Fue una negociación violenta entre dos formas de descomposición.
Lilith dejó de atacar con enredaderas y cambió de táctica: exhaló. De sus labios entreabiertos salió una neblina rojiza que no buscaba asfixiar, sino seducir —Alice reconoció de inmediato el principio alquímico, aunque nunca había visto una versión tan pura: un veneno diseñado no para matar el cuerpo, sino para convencer a la mente de que morir sería un alivio. La neblina se enroscó alrededor de Furia como un amante impaciente, filtrándose por las grietas de su armadura mítica, buscando el punto exacto donde Alice todavía respiraba bajo el concepto que la envolvía.
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Editado: 22.09.2026