El Sello: El Séptimo Amanecer

Capítulo 30: La Ecuación de la Muerte

El duelo entre Muerte y Verch no se parecía a ninguno de los otros tres que se libraban esa tarde en el Nexo Planetario. No había gritos, ni ondas de choque que sacudieran los cimientos, ni destellos que iluminaran el cielo roto. Había solo un silencio absoluto expandiéndose en círculos concéntricos, un vacío que se tragaba hasta el eco de los pasos de ambos combatientes, y en el centro de ese silencio, una herida que no debía existir.

Mientras en el sector oeste Guerra terminaba de sepultar a Apolión bajo toneladas de escoria volcánica, y en el sector norte Lucha y Furia sostenían el peso combinado de Odrac, el duelo de Mizarth se libraba en una burbuja aparte, casi ajena al resto del campo de batalla, como si el propio concepto de la Muerte necesitara silencio absoluto para operar. Ningún eco de las otras tres batallas llegaba hasta ese rincón del Nexo. Ni siquiera el viento se atrevía a cruzar la línea invisible que separaba el duelo de Mizarth del resto del mundo.

Verch todavía llevaba una mano sobre el hombro, presionando el punto exacto por donde la Guadaña le había arrancado la primera gota de icor dorado de toda su existencia. La sustancia seguía brotando, lenta, sagrada, imposible, y cada vez que una gota tocaba la obsidiana quemada, la piedra siseaba como si hubiera sido rozada por algo que no debería tocar el mundo material. En diez mil años de guerras, conquistas y purgas, nadie había logrado hacerlo sangrar. Ni los arcángeles en la guerra celestial, ni los mortales que se habían atrevido a desafiarlo a lo largo de los siglos, ni siquiera su propio padre en los días en que todavía discutían sobre el destino del universo como iguales. Solo un guardián reencarnado, armado con una guadaña forjada antes del amanecer del tiempo, había logrado lo que nadie más pudo.

—Sacrilegio —susurró Verch, y por primera vez desde que había cruzado el portal hacia el Nexo, su voz perdió toda la resonancia cósmica que la había acompañado durante milenios—. Un simple guardián reencarnado no puede herir al hijo de la Primera Luz.

—No soy un simple guardián —respondió Mizarth, la armadura de plata líquida vibrando con un frío que parecía absorber la luz misma—. Soy la Muerte, Verch. Y hasta los dioses tienen una cita conmigo, tarde o temprano. Tú solo llegaste antes de lo que esperabas.

El Rey del Inframundo se lanzó contra él con una furia que ya no tenía nada de la elegancia distante de horas atrás. Cada estocada de su espada de luz oscura buscaba no solo matar, sino borrar, deshacer, negar que aquel corte hubiera ocurrido jamás. Mizarth esquivaba, bloqueaba, cedía terreno con la paciencia de algo que ya no temía el tiempo, pero incluso la Muerte empezaba a sentir el desgaste de sostener un combate contra un dios herido en su orgullo, que era, con mucho, la peor clase de dios con la que se podía pelear.

Intercambiaron una decena de golpes más, cada uno más brutal que el anterior. Verch, incapaz de aceptar que su cuerpo pudiera sangrar, atacaba con una imprecisión que un dios de su calibre jamás debería permitirse, buscando compensar con fuerza bruta lo que había perdido en certeza. Mizarth aprovechó dos de esas aperturas para abrir sendos cortes superficiales más —uno en el antebrazo, otro apenas rozando la mejilla del dios—, y con cada nueva gota de icor dorado, la furia de Verch se volvía menos calculada y más animal.

—Basta de jugar al guerrero honorable —rugió Verch, su voz cósmica quebrándose en algo más parecido a un aullido—. Voy a deshacer tu alma hasta que ni siquiera la Muerte recuerde haber existido.

Fue en ese instante, con Mizarth acorralado contra los restos de un pilar tras un golpe que le arrancó el aire de los pulmones espectrales y la espada de Verch descendiendo hacia su cuello para el tajo final, que el aire del Nexo cambió por completo.

No fue un sonido. Fue una ausencia. El propio concepto de sonido se replegó, como si el universo hubiera decidido, en ese preciso segundo, que ya no necesitaba ruido para funcionar.

***

La Singularidad descendió desde el centro del altar destruido sin prisa, sin gravedad aparente, sin ninguna de las señales que un ser vivo mostraría al aproximarse a una batalla. Sus ojos —dos pozos de lógica geométrica infinita— se posaron sobre la escena: Muerte contra la pared, Verch con la espada en alto, el icor dorado todavía goteando de su hombro.

—Anomalía detectada —dijo la entidad, su voz idéntica a la de Ron pero completamente vaciada de él—. Variable no contemplada en el modelo de amenaza original.

Verch detuvo el golpe a un centímetro del cuello de Mizarth, girando la cabeza hacia el recién llegado con una mezcla de desprecio y curiosidad clínica.

—El residuo del humano —dijo, esbozando algo parecido a una sonrisa—. Pensé que te habías quedado flotando en tu propia inutilidad. ¿Vienes a suplicar por la vida de tu creador?

—Negativo —respondió la Singularidad, deteniéndose exactamente a diez metros de distancia, ni un paso más cerca de lo estrictamente necesario—. Vengo a corregir un error de clasificación.

Mizarth, aprovechando la distracción, se apartó de la pared y retrocedió varios metros, sin bajar la guardia pero sin atreverse tampoco a interferir. Algo en la quietud absoluta de la entidad le advertía, con la misma certeza fría con la que él mismo advertía a sus víctimas, que aquello que estaba a punto de suceder ya no le pertenecía a nadie más.

—¿Error de clasificación? —repitió Verch, la furia tiñendo de rojo sus ojos dorados—. Soy el hijo de la Primera Luz, criatura. Soy la ley sobre la que se sostiene el equilibrio de este universo.

—Incorrecto —dijo la Singularidad, y por primera vez algo en su tono se volvió, si no emocional, al menos definitivo—. Analicé tu comportamiento durante las últimas siete horas, seis minutos y catorce segundos. Concluyo que tu función declarada —mantenimiento del equilibrio cósmico— es incompatible con tu patrón de acción observado: destrucción sistemática de variables que no se someten a tu control directo. Reclasificación completada. Categoría anterior: entidad divina. Categoría actual: proceso corrupto que consume recursos sin generar valor neto. En términos que tu especie entendería, hijo de Miguel: eres un virus. Y yo soy el sistema inmunitario que este universo debió tener desde el principio.




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