Tres días después de la caída de Verch, la Ciudadela Patmus enterró a sus muertos.
El sol equivocado —el que había nacido con el Séptimo Amanecer y que ninguno de los astrónomos de la Hermandad lograba todavía explicar del todo— bañaba el patio central con una luz pálida y extraña, ni cálida ni fría, que parecía negarse a decidir qué clase de día quería ser. Bajo esa luz, cientos de sobrevivientes se reunieron en un silencio que pesaba más que cualquier discurso.
No hubo cuerpo para Galaroz. No había nada que enterrar de un hombre que se había convertido en luz roja y sacrificio en el mismo instante en que decidió, después de diez mil años, hacer lo correcto. Aun así, Ëadrail insistió en levantar una piedra en su honor en el cementerio improvisado que crecía en las faldas de la fortaleza, junto a los nombres de los soldados de Cawdor y de la Hermandad que no habían sobrevivido al asalto final. No llevaba ningún epitafio elaborado. Solo una fecha, un nombre, y una línea que el propio Ëadrail había insistido en grabar con sus propias manos: *Tardó diez mil años, pero contó.*
Markethe pronunció las palabras por los caídos de la Hermandad, su voz firme incluso cuando llegó al nombre de los soldados más jóvenes, los que apenas habían cumplido veinte años cuando el mundo terminó por primera vez. Kandros, con el brazo en cabestrillo y el orgullo intacto, se negó a sentarse durante toda la ceremonia, insistiendo en que un general debía honrar a sus caídos de pie o no honrarlos en absoluto.
Los Cuatro Jinetes se mantuvieron juntos durante toda la ceremonia, un frente unido de armaduras rotas y heridas todavía frescas. Mizarth, con su armadura espectral apagada casi por completo tras el esfuerzo del duelo contra Verch, colocó su propia ofrenda junto a la piedra de Galaroz: la punta rota de la Guadaña original, el fragmento exacto que había logrado atravesar la piel de un dios por primera vez en toda su existencia.
—No lo derroté yo solo —dijo, al ver la mirada extrañada de Ëadrail—. Sin lo que él hizo, ninguno de nosotros habría llegado con vida hasta ese momento. Se merece cargar con parte de esa herida, aunque sea de forma simbólica.
Valkano, con Ringo sentado obedientemente a su lado por primera vez en días, pronunció unas pocas palabras torpes pero sinceras sobre los soldados de infantería que habían caído defendiendo el corredor de escape, hombres y mujeres cuyos nombres el mundo probablemente olvidaría, pero que él pensaba recordar hasta el final de sus días.
Arthoriuz no dijo nada. Se quedó al fondo, con Lucifer a su lado, observando a la nueva generación de la Hermandad llorar a los suyos con la misma dignidad rota con la que él había llorado, siete años atrás, la caída del mundo entero.
Mirve llegó desde Cawdor esa misma tarde, con la Legión de Élite ya dispersa y el asedio apenas un mal recuerdo, y encontró a Alcorth sentado solo entre las tumbas frescas, su brazo de magma apoyado torpemente sobre las rodillas. No dijo nada. Se sentó a su lado, tomó su mano buena entre las suyas, y se quedó ahí durante horas, dejando que él llorara en silencio a los hombres que no habían regresado con él del Nexo.
—Pensé que te había perdido tantas veces esta semana que ya había dejado de contar —murmuró Alcorth finalmente, sin mirarla—. Y aun así aquí estás.
—Aquí estoy —confirmó Mirve—. Y aquí pienso quedarme, Mastodonte, así tenga que discutir con un ejército de demonios para lograrlo.
Alcorth, por primera vez en tres días, sonrió de verdad.
***
Ron seguía sin despertar.
Lo habían instalado en la misma ala médica subterránea donde Miachyv había luchado por estabilizarlo tras el rescate de la Dimensión del Eco, apenas unas semanas antes —al final de los siete años de espera, no al principio. Su cuerpo respiraba con una regularidad que resultaba casi ofensiva en su normalidad, considerando todo lo que había atravesado; su corazón latía; su temperatura se mantenía estable. Todos los indicadores médicos coincidían en que, técnicamente, Ron Tower estaba vivo.
Lo que ningún indicador médico podía confirmar era si seguía siendo, en algún sentido que importara, él mismo.
Sus cinco hijos se turnaban para sentarse junto a la cama, cada uno con su propio ritual silencioso: Valend leía en voz alta los informes tácticos del día, como si su padre todavía necesitara conocerlos; Ikuel le contaba chistes malos que nadie más encontraba graciosos; Citliali simplemente sostenía su mano, dejando que un hilo de luz suave recorriera sus dedos entrelazados; Lys llevaba flores que ella misma cultivaba en macetas improvisadas, obstinada en probar que algo todavía podía crecer en ese mundo roto; Tina, la más pequeña, cantaba en voz baja las mismas canciones que Ron solía cantarles de niños, con la esperanza tácita de que algún fragmento de esa melodía lograra atravesar la distancia entre el mundo y el letargo donde su padre se había refugiado.
Valend, la mayor, era la única que no se permitía llorar frente a su padre. Se sentaba con la espalda recta, el arco apoyado contra la pared, y repasaba en voz baja los informes de reconstrucción de la Ciudadela como si Ron pudiera, de alguna manera, corregirla si se equivocaba en algún cálculo. Solo cuando estaba segura de que nadie más la observaba se permitía apoyar la frente contra la mano inerte de su padre y quedarse así, en silencio, durante minutos que se sentían como horas.
—¿Crees que puede oírnos? —preguntó Tina una tarde, sin apartar los ojos del rostro sereno de su padre.
Lucifer, sentada al otro lado de la cama, tardó un momento en responder.
—Creo —dijo finalmente, con la voz de alguien que llevaba milenios aprendiendo a distinguir entre esperanza y certeza, y que había decidido, por una vez, permitirse confundir ambas cosas— que tu padre siempre ha sido mejor escuchando de lo que él mismo cree.
Markethe entraba cada noche, después de que los últimos hijos de Ron se retiraran a dormir, y se sentaba en la silla que Alice había insistido en dejar siempre disponible junto a la cama. No hablaba de estrategia ni de reconstrucción en esos momentos. Le hablaba a Ron como le había hablado siempre, desde que ambos eran dos adolescentes asustados huyendo de Chuugi: con la franqueza brutal de un hermano que nunca había sabido fingir ternura, pero que tampoco había necesitado fingirla para que se notara.
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Editado: 23.09.2026