El vórtice de gravedad que Ëadrail había clavado bajo los pies de Odrac llevaba minutos sosteniéndose por pura terquedad. El gigante de armadura de hueso e hierro infernal había hundido su mandoble hasta la empuñadura en la obsidiana para no ser tragado por el núcleo que Lucha sostenía abierto entre ambos, y el esfuerzo de mantenerlo así —una lucha de voluntades más que de músculo— estaba costándole a Ëadrail algo que ni siquiera su ascensión mítica podía reponer indefinidamente.
A su alrededor, el sector norte del Nexo era un páramo de cráteres superpuestos, cada uno una cicatriz distinta dejada por siete años de guerra condensados en una sola tarde. Lucha llevaba casi diez minutos sin poder mirar hacia ningún otro frente —ni hacia el silencio donde Muerte medía fuerzas con Verch, ni hacia el resplandor lejano donde Guerra había terminado de sepultar a Apolión—, porque apartar la atención un segundo del gigante que tenía enfrente significaba ceder el vórtice, y ceder el vórtice significaba morir.
Odrac no era como los demonios de infantería que Ëadrail había destrozado por decenas esa misma tarde. Se movía con la paciencia de algo que había sobrevivido a incontables generales, incontables Jinetes, incontables guerras que el mundo ya ni siquiera recordaba haber peleado. Su armadura, forjada con los huesos de enemigos que se habían atrevido a desafiarlo, crujía con cada movimiento como un coro de advertencias.
—Impresionante, soberano —rugió Odrac, la voz saliendo distorsionada por las fisuras de su yelmo de hueso—. Setenta años sirviendo a la Legión de Élite y nunca había visto a nadie sostener un pozo gravitacional con las manos desnudas. Lástima que la voluntad, tarde o temprano, se cansa.
—Entonces vamos a averiguar cuál de los dos se cansa primero —respondió Lucha, apretando los dientes mientras la Materia Oscura a su alrededor se contraía otro grado más.
El mandoble de Odrac —esa hoja oxidada que susurraba con las voces de un millón de almas consumidas— empezó a vibrar, resonando contra la fuerza que intentaba arrastrarlo. Con un rugido que sacudió los cimientos rotos del Nexo, el demonio arrancó el arma de la piedra y la usó como palanca, apoyándose en ella para caminar, paso a paso, en contra del vórtice, como quien avanza contra un huracán.
—No —siseó Ëadrail, viendo cómo su gravedad perdía terreno—. No, no, no...
Odrac llegó hasta el borde del pozo y, con un golpe brutal del mandoble, lo hizo colapsar. La onda de choque lanzó a Ëadrail contra los restos de un pilar, el impacto astillándole tres costillas que su armadura mítica apenas logró amortiguar. Cuando se puso en pie, escupiendo sangre dorada contra el interior de su visor, Odrac ya estaba sobre él.
—El orden que tanto predicas —se burló el gigante, levantando el mandoble— no sirve de nada frente al caos que no negocia.
El golpe descendió. Ëadrail apenas logró interponer un muro de luz sólida, que se agrietó como cristal bajo la fuerza del impacto. Cayó de rodillas, el zumbido en sus oídos ahogando todo lo demás, y por primera vez desde que había ascendido a Lucha, sintió algo que llevaba siete años sin permitirse sentir del todo: miedo a no volver a ver a Alice.
***
Furia llegó como una tormenta que se hubiera cansado de fingir paciencia.
Descendió entre Ëadrail y el segundo golpe de Odrac, deteniendo el mandoble con un muro de vacío tan denso que el arma rebotó como si hubiera chocado contra un muro de piedra. El impacto hizo retroceder al gigante dos pasos —los primeros que había cedido en todo el combate.
—Llegas tarde —jadeó Ëadrail, arrastrándose para ponerse en pie con la ayuda de un pilar caído.
—Llego a tiempo —lo corrigió Furia, sin apartar los ojos de Odrac—. Es distinto.
Se giró apenas un segundo, lo suficiente para que sus miradas se encontraran a través de las grietas de sus respectivas armaduras míticas. No hubo necesidad de decir nada más en ese instante; siete años de guerra, de cartas nunca enviadas, de miradas sostenidas un segundo más de lo necesario en los pasillos de la Ciudadela, cabían enteros en ese cruce de ojos. Odrac, viendo la distracción, aprovechó para cargar de nuevo.
Pelearon como si llevaran toda la vida ensayándolo —y en cierto sentido, así era. Donde Furia abría un vacío, Lucha lo anclaba con gravedad; donde Lucha proyectaba luz sólida para cegar al gigante, Furia se deslizaba por las sombras que esa luz dejaba atrás para atacar el flanco expuesto. Odrac, acostumbrado a enemigos que peleaban solos, empezó a errar los golpes, incapaz de anticipar una danza que los dos Jinetes habían perfeccionado sin necesidad de palabras, ensayada sin saberlo durante años de misiones compartidas, de entrenamientos que se alargaban más de lo estrictamente necesario, de una confianza que ninguno de los dos se había atrevido a llamar por su verdadero nombre.
—¡A la izquierda! —gritó Furia, y Ëadrail giró sin cuestionarlo, dejando que una guadaña de materia oscura cortara el paso justo donde el mandoble de Odrac había estado a punto de cerrarse sobre su costado.
—¡Arriba! —respondió él un segundo después, y Furia se elevó sin dudar, esquivando una columna de escombros que el impacto del arma del gigante había lanzado hacia ella.
Durante casi un minuto entero, Odrac no logró tocar a ninguno de los dos. Cada vez que levantaba el mandoble, encontraba dos frentes en vez de uno; cada vez que concentraba su fuerza en un solo punto, ese punto ya se había movido. La frustración empezó a filtrarse en sus golpes, volviéndolos más amplios, más desesperados, menos calculados —y fue exactamente ese descuido lo que Ëadrail estaba esperando.
Pero el gigante seguía siendo un gigante. Un revés de su brazo libre atrapó a Furia a media maniobra y la estrelló contra el suelo con la fuerza suficiente para agrietar la piedra bajo su espalda. Ëadrail no lo pensó: se lanzó sobre ella, cubriéndola con su propio cuerpo mientras el mandoble de Odrac descendía de nuevo, deteniendo el golpe con los brazos en alto, sintiendo cómo el acero divino le partía la armadura hasta la piel.
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Editado: 22.09.2026