Estrellas en el aire

Capítulo 26 (Parte I)

Había aprendido a reconocer el silencio peligroso.

No era el que se instalaba cuando caía la noche ni el que seguía a una discusión.

Era otro.

Más denso.

Más calculado.

Desde la reunión anterior, algo había cambiado en Cambell.

No sabía exactamente qué.

Nadie se había molestado en explicármelo. Pero podía sentirlo.

Los pasillos parecían más largos.

Las miradas, más persistentes.

Las puertas, demasiado vigiladas.

Incluso los sirvientes parecían hablar en voz más baja cuando yo pasaba.

Y yo... comenzaba a sentirme menos invitada y más prisionera.

No me lo dijeron. Nadie habría sido tan imprudente. Pero lo intuía.

Lavinia ya no me dejaba sola.

Si iba al comedor, aparecía detrás de mí.

Si quería caminar por los jardines, encontraba alguna razón para acompañarme.

Si pedía visitar la biblioteca, casualmente tenía asuntos pendientes cerca.

Al principio pensé que era coincidencia.

Después dejaron de parecerlo.

Dos guardias nuevos custodiaban el pasillo que conducía a mi habitación.

No eran los mismos que había visto durante los primeros días.

Estos apenas hablaban.

Solo observaban.

Y cuando mencioné que quería salir al jardín, me dijeron que era mejor evitarlo por el momento.

Por mi seguridad.

Esa frase comenzaba a resultarme demasiado familiar.

Como si protegerme significara decidir por mí. Como si encerrarme fuera una forma aceptable de cuidarme.

Aquella tarde estaba sentada junto a una de las ventanas, con un libro abierto sobre las piernas.

Llevaba casi una hora en la misma página.

No había entendido una sola palabra.

Mi mente regresaba una y otra vez a la reunión.

A las miradas.

A las palabras que nadie había pronunciado.

A Linus.

Había algo en la forma en que me había observado que no conseguía olvidar.

No era la mirada de un rey hacia una invitada.

Era la de alguien que estaba calculando cuánto podía obtener de ella.

Cerré el libro.

Respiré profundamente.

Tenía que volver a Arcelia.

Necesitaba saber qué estaba ocurriendo allí.

Necesitaba hablar con mi padre.

Necesitaba recuperar el control de mi propia vida.

Pero cada día que pasaba en Cambell parecía alejarme un poco más de eso.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Desde allí podía ver una parte de los jardines.

Estaban hermosos.

Demasiado tranquilos.

Y por primera vez me pregunté si aquella tranquilidad no era más que otra jaula.

Entonces escuché unos pasos detrás de mí.

Me giré.

Massimo estaba en la puerta.

Vestía como siempre, pero había algo diferente en su expresión.

No llevaba la ligereza habitual.

No había rastro de aquella sonrisa que tantas veces había utilizado para esconder lo que pensaba.

Parecía preocupado.

Aunque intentaba que no se notara.

—Princesa de Arcelia —dijo con tono formal—. ¿Aceptarías acompañarme a dar un paseo?

Levanté una ceja.

—¿Un paseo?

—Fuera del palacio —aclaró—. A una de las propiedades del reino. Aire fresco. Caballos. Lejos de... —Se detuvo. Sus ojos recorrieron brevemente la habitación.— ...de estas paredes.

Lo observé durante unos segundos.

Había algo en su voz.

Algo que no era casual.

—¿Por qué ahora?

Massimo sostuvo mi mirada. Y durante un instante pensé que iba a decirme la verdad.

Pero solo respondió:—Porque ambos necesitamos que las cosas se calmen.

Mentía.

O, al menos... no me estaba contando toda la verdad.

Y lo peor era que ya empezaba a reconocer cuándo Massimo hacía eso.

Aun así, asentí.

—Está bien. —Una pequeña tensión abandonó sus hombros. Casi imperceptible. Me acerqué a él.— Pero si esto termina siendo otra de tus misteriosas maniobras políticas, voy a recordarte que te advertí.

Una sonrisa mínima apareció en sus labios. La primera de aquella tarde.

—Lo tendré en cuenta.

Pasé junto a él. Y mientras abandonábamos la habitación, comprendí algo que todavía no podía explicar. Aquel paseo no era una invitación. Era una advertencia. Y todavía no sabía de qué.

---

Partimos al caer la tarde.

Solo él, yo y dos escoltas que se mantuvieron a una distancia prudente.

El palacio quedó atrás poco a poco, mientras los caballos avanzaban por caminos que ya comenzaba a reconocer.

Colinas suaves.

Bosques abiertos.

Campos que parecían extenderse hasta perderse en el horizonte.

Durante los primeros minutos ninguno habló.

Y, extrañamente, agradecí aquel silencio.

Después de tantos días rodeada de personas que parecían observar cada uno de mis movimientos, estar lejos del palacio se sentía casi como respirar después de haber pasado demasiado tiempo bajo el agua.

El viento me revolvió el cabello.

Cerré los ojos durante un instante.

Por primera vez en días, no sentía que alguien estuviera esperando que dijera o hiciera algo.

Hasta que reconocí el paisaje.

Abrí los ojos.

Miré hacia las colinas que se extendían delante de nosotros.

Después hacia Massimo.

—Estamos cerca del límite con Arcelia.

Él no pareció sorprendido.

—Lo sé.

Fruncí el ceño.

—¿Lo sabías?

—Sí.

Lo observé unos segundos.

—¿Y decidiste no mencionarlo?

—Si lo hubiera hecho, probablemente habrías preguntado por qué.

—Exactamente.

Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.

—Por eso no lo mencioné.

Solté una pequeña risa, aunque mi desconfianza no desapareció.

—Eres insoportable.

—Eso ya me lo habías dicho.

—Varias veces.

—Y aquí sigues.

Lo miré de reojo.

—No porque tú me resultes agradable.

—Claro que no. —Su tono divertido consiguió arrancarme otra sonrisa.




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