Hoy es sábado. No tengo clases ni nada que hacer, así que decido salir a caminar.
Me visto con algo de mi estilo habitual: el conjunto deportivo gris que tanto uso, unas Converse y, debajo, una camiseta de Red Bull de la Fórmula 1. Me acomodo los AirPods, me armo el moño de costumbre dejando suelto el fleco cortina y quedo lista. Esta vez decido ir más lejos, calle abajo. Camino unas quince manzanas recorriendo el Paseo de la Castellana con la música marcándome el ritmo; la inmensidad de los edificios y el bullicio de la avenida me hacen sentir ridículamente pequeña, pero libre.
Tras unos veinte minutos a buen paso, entre la masa de concreto y las copas de los árboles se recorta la imponente estructura del estadio. La próxima vez tal vez me anime a cruzar y pasar justo por enfrente del Santiago Bernabéu, pero por hoy ya ha sido suficiente ejercicio.
Miro la pantalla del celular y me doy cuenta de que ya es casi el mediodía, así que doy media vuelta para emprender el regreso a la residencia. De camino, planeo hacer una parada en una librería que vi al salir; tenía un cartel enorme de ofertas en el escaparate y me pareció buena idea echar un vistazo al volver. Me vendría bien conseguir un libro para pasar las tardes.
A mitad del trayecto me detengo frente al local y cruzo la puerta. De inmediato, el aire del exterior cambia por una atmósfera que huele a papel viejo y café recién molido.
No hay nadie en el mostrador, así que avanzo en silencio por las estanterías, deslizando la yema de los dedos por los lomos de los ejemplares. Sigo buscando hasta que encuentro exactamente lo que necesitaba: Fuego y sangre de George R.R. Martin. Ya lo había leído entero en formato PDF hace tiempo y quería tenerlo en físico, pero cada vez que juntaba el dinero para gastar en él, estaba agotado. Es lo único que me interesa llevar ahora, así que voy directo a la caja para pagarlo.
Al llegar al mostrador, contengo el aliento. Carajo. Él otra vez. Fernando, y por lo que veo, trabaja aquí. «Da igual», me digo a mí misma, intentando mantenerme seria. Además, me ayudó mucho la vez anterior y la anterior a esa también, así que no tengo por qué mostrarme grosera; solo... normal. «Vine por un libro, es solo pagarlo y ya», me digo otra vez.
—Hola —digo, con una voz plana y sin un gramo de emoción.
—Buenas tardes —me saluda él, apoyando las manos en el mostrador—. ¿Has encontrado lo que necesitabas?
—Sí, es solo este —respondo, colocando el pesado ejemplar sobre el mostrador—. ¿Trabajas aquí? —le pregunto.
—Si no trabajara aquí, no te estaría atendiendo, ¿no crees? —dice secamente.
—Imbécil, te lo estaba preguntando bien. Solo cóbrame ya, ¿sí? —digo, rodando los ojos.
Él agarra el libro y mira la portada por unos segundos mientras lo pasa por el lector.
—Fuego y sangre —dice después.
—Sí, Fuego y sangre —digo, apretando los labios hacia adentro por unos segundos antes de aflojarlos.
—¿Fan de Game of Thrones? —pregunta con seriedad mientras escanea el código.
—Y de House of the Dragon.
—¿Y de qué más? —pregunta esta vez, ya con una leve sonrisa.
—¿Eh? —Lo miro, desconcertada por el intento de conversación.
—Treinta y dos con noventa —dice él, interrumpiendo su propio interrogatorio para darme el monto.
Le entrego el dinero. Menos mal que traje efectivo.
—Muchas gracias —digo, recibiendo el libro dentro de una bolsa de plástico que tiene el logo de la librería—. Nos vemos luego.
Cuando amago con darme la vuelta, él me detiene.
—¿Vas a la residencia?
—Sí, ¿por qué? —le pregunto algo extrañada.
—Terminó mi turno, así que no me vendría mal una compañía... ¿o a ti sí?
—Mmmm... no —digo, dudando visiblemente.
—Está bien. ¡Franco! —grita él hacia el fondo del local—. ¡Terminó mi turno, tío!
—¡De acuerdo, ya voy! —exclama alguien detrás de una puerta de madera.
Fernando se quita la credencial, agarra su mochila que por lo visto estaba debajo del mostrador y me mira.
—Pues, vamos.
Caminamos juntos para salir afuera. Sigo pensando que los españoles son un poco raros, pero no digo nada. Él rompe el hielo después de cruzar la primera calle.
—Así que… Cecilia, ¿qué hace una paraguaya aquí en Madrid? —me pregunta, hundiendo los puños en los bolsillos delanteros de sus vaqueros.
—Creo que es obvio —respondo, guardando mis AirPods en la sudadera—, me gané una beca de la universidad, del programa de financiación para estudiantes extranjeros.
—Tiene sentido —asiente él.
—Yo tengo otra pregunta. ¿Qué hace alguien de Barcelona en Madrid?
—Cambio de aires —dice, así sin más.
—Entiendo.
Fernando se me queda mirando de reojo un par de segundos mientras esquivamos a un grupo de turistas brasileros.
—Y... ¿también eres fan de Red Bull?