—Yo creo que deberíamos ir a visitar la osa y el ese no sé qué, como se llame, y tener nuestro momento Teresa —nos dice Giovanni.
—¿Momento Teresa? —pregunta Melanny, frunciendo el ceño, completamente confundida.
—Se refiere a una telenovela mexicana, no le hagas caso —le aclara Sophi, soltando una risita.
Estamos los cuatro en el living de mi apartamento, desayunando café frío con panes dulces y galletas de maicena a la una de la tarde y planeando una salida para conocer mejor la ciudad.
Anoche, en la fiesta, ninguno de los tres se midió con el alcohol y me tocó hacer de niñera. Sophi terminó alargando su set a dos horas y media y, en cuanto se bajó del escenario, se sumó al festejo con nosotros a puro fernet. A Giovanni el alcohol le terminó pegando recién cuando dejó de tomar, tanto shot de tequila, margaritas y otros tragos cuyos nombres ya olvidé le cayeron todos juntos de golpe. Melanny igual; luego de haber vuelto conmigo y con Giovanni tras atender la supuesta llamada de su hermana —y digo «supuesta» porque regresó con el labial corrido—, se puso a beber una cantidad incontable de piñas coladas.
Lo bueno fue que, dentro de todo, los tres todavía podían sostenerse y caminar cuando abandonamos la fiesta alrededor de las cinco de la mañana. Aun así, ni loca iba a dejar que los chicos se volvieran a sus apartamentos a esas horas y en ese estado. Pedí el mismo Uber que nos llevó a la fiesta desde el teléfono de Giovanni. Por suerte llegamos a la residencia en silencio; habría pasado mucha vergüenza con Abby si hubiera sido de una forma escandalosa.
Dejé a Melanny en su habitación, a Sophi en el sofá de Melanny, a Giovanni lo mandé a mi sofá y yo me metí en mi cama. Como solo he tomado Sprite, no he acabado hecha un trapo como ellos. Dije que me iba a controlar y lo hice.
Me resulta increíble que Sophi y Giovanni no tengan resaca. En cambio, no puedo decir lo mismo de Melanny; la pobre está hecha un desastre.
—Mejor vayamos a conocer el Santiago Bernabéu —sugiere Sophi con entusiasmo.
—¿Y si vamos a conocer el Palacio Real? —dice Melanny.
—¿O si empezamos por una zona primero? —les sugiero, intentando poner un poco de orden.
—¿Cómo? —pregunta Giovanni, hablando con la boca llena de panes dulces.
—Madrid se divide en veintiún distritos, y en cada uno hay muchísimos lugares para recorrer. Lo hacemos los días que tengamos tiempo libre, si les parece bien.
—Sí, por mí bien... —murmura Melanny con un hilito de voz, apenas conteniendo un bostezo.
—Sí, estoy totalmente de acuerdo —asiente Sophi.
—También estoy de acuerdo, solo si voy a tener mi momento Teresa posando con la osa —insiste Giovanni.
—La re mil puta, sí vas a tener tu momento de telenovela, señora —le dice Sophi a Giovanni, rodando los ojos.
—Eso espero.
Melanny no es capaz de aguantar otro bostezo; está a punto de volver a quedarse dormida.
—Alguien no durmió bien... Sí que estuvo tremenda la joda —comenta Sophi, divertida.
—Estuvo genial —dice Giovanni.
—Me lo pasé de puta madre —alcanza a decir Melanny, apoyando la cabeza en la mesa.
—¿Y vos, Ceci? ¿Qué decís? —me pregunta Sophi, llevándose un pedazo de pan a la boca.
—Me gustó mucho. Ese remix de reggaetón clásico que le metiste durante esas más de dos horas fue de lo mejor.
—Lo sé, hice bailar a todos, incluyendo a ustedes tres —dice, y me mira con una sonrisa—. Me alegro de que te haya gustado tu primera fiesta.
La verdad es que fue increíble, a pesar del mal rato por culpa de Fernando.
Estúpido Fernando. Pero hoy me siento mucho mejor. Vine acá a estudiar y a salir adelante, no me tiene que importar lo que diga un imbécil sobre mí.
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Ya es lunes en la universidad. Hoy voy sola de camino al aula. Avanzo tranquila por el pasillo cuando escucho mi nombre desde atrás; al darme la vuelta, veo a Alejandro acercándose a paso ligero.
—Buenos días, Ceci —me saluda, deteniéndose.
—Buenos días, Ale —le respondo, regalándole una sonrisa tranquila.
—¿Puedo hablar contigo un momento?
—Sí, claro —le digo, y retomamos la caminata juntos.
—Mira, igual no quieres sacar el tema, pero tengo que hablarte de lo que pasó —comienza él. Yo ya sospecho por dónde va esto.
—Solo dilo, por favor.
—Escuché las gilipolleces que te soltó Fernando.
—Lo conoces, ¿verdad?
—Sí, es mi mejor amigo.
—Pues vaya amigo que tienes...
—Es un idiota.
—Un estúpido e imbécil —añado sin contemplaciones.
—Estoy completamente de acuerdo contigo.
—¿Qué mierda le pasa a tu mejor amigo?
—Es algo que solo él te podría responder —suspira Alejandro—. Mira, solo quería decirte que si te vuelve a decir algo ofensivo, me lo digas. Yo mismo lo pongo en su lugar.