¿huir de Qué?

Capítulo 24

—¿Crees que debería comprarme unas acuarelas?

—¿Para qué necesitas acuarelas? —le pregunto a Giovanni mientras caminamos por el pasillo que nos lleva a nuestra aula.

—No lo sé, tal vez en un futuro las usemos en alguna materia.

—Yo creería que lo mejor sería esperar, aún no sabemos qué materias tendremos el siguiente semestre ni de qué van a tratar.

—Tal vez tengas razón...

—¿Cómo que tal vez? Mirá, si querés gastar tu dinero en un material que ni sabés si vas a usar en clases, allá vos.

Seguimos caminando por el pasillo hasta que diviso a Fernando recostado contra la pared, justo al lado de la puerta de nuestra clase. Y, mierda, está vestido completamente de negro. ¿Se dará cuenta de lo bien que le queda ese color?

Al vernos llegar, se incorpora y me mira directo:

—Ceci, necesito hablar contigo.

—Yo voy adentro y te aparto tu lugar —interviene Giovanni.

—Gracias —le agradezco, y luego me vuelvo hacia Fernando—. ¿Sobre qué quieres hablar?

—Ayer te fuiste muy rápido y no pude hacerte una pregunta.

—¿Qué pregunta?

—¿Irás conmigo a la fiesta de mañana?

Mierda, lo había olvidado. Pero da igual, ¿no? Sé perfectamente la respuesta.

—No.

—¿No?

—No iré contigo... En realidad, no iré.

—¿Por qué?

—Tengo motivos.

—¿Y cuáles son esos motivos?

—No te los puedo decir.

Se nota a leguas lo mucho que le desilusionó mi respuesta; no pudo disimularlo en la cara.

—Vale, pues nada. Igual sigo tu ejemplo —dice de forma seca.

—¿No vas a ir?

—No lo sé —responde seriamente, perdiendo de golpe la calidez de hace un momento. Pero tras un breve silencio, vuelve a mirarme—: ¿Al menos me puedes decir aunque sea uno de los motivos por los cuales no piensas ir?

—De verdad no puedo.

En realidad, no quiero decirle la verdad.

—Venga, de acuerdo. Si cambias de opinión, me dices, ¿vale?

—Está bien... y lo siento.

—No, está bien. Como dices, tienes tus motivos —remarca esa última palabra con resignación.

—Adiós, Fernando. Debo entrar ya a mi clase —le digo, e indico la puerta con un leve movimiento de cabeza.

—Adiós, Cecilia.

Veo cómo se aleja con esa evidente desilusión, pero mis razones son mucho mayores que mis ganas de ir con él. No sé cómo comportarme en un lugar así; nunca he ido a una fiesta. ¿Qué ropa se usa? Tal vez ni siquiera tenga lo adecuado, y si lo tuviera, ¿me quedaría bien? ¿No me vería totalmente fuera de lugar?

Además, no tengo ni puta idea de cómo comportarme con él después de ese beso. Mierda, todo es tan difícil en lo social. ¿Quiénes van a estar? ¿Qué tipo de bebidas se sirven? ¿A qué hora termina todo? No tengo la menor idea de lo que es una fiesta. Tal vez si mis padres no hubieran sido tan sobreprotectores, sabría por lo menos cómo encajar.

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—Entonces, ¿cómo creéis que debería hablarles? ¿Con amor a unos adolescentes que lo único que hacen es tomarse a coña sus clases de español?

Melanny se queja de sus alumnos y de cómo le frustra que no la respeten como profesora solo por ser joven.

—Tal vez si les hablas así con amor como dices, ellos verían que a ti te importa su educación —Giovanni intenta aconsejarla—. Es tu trabajo y para eso te pagan, ¿no?

—Mándalos a la mierda —suelta Sophi con firmeza—. Vos seguí con tus clases así normal, siempre con respeto hacia ellos aunque no se lo merezcan. Y en los exámenes, que se jodan por no tomar en serio nada. ¿Tenés las clases grabadas como evidencia de que no prestan atención?

—Sí, todas —dice, recostándose sobre la silla mientras suelta un sonoro resoplido.

—Ahí está. Seguí mi consejo y que se jodan después.

—Creo que lo seguiré.

—Hacelo y vas a ser muy feliz.

Giovanni solo menea la cabeza en un gesto de desacuerdo. Los cuatro nos encontramos en la sala del piso de Melanny; nos ha invitado a merendar queso gallego con dulce de membrillo acompañado de picos de pan, y de bebida, mosto de uva blanca.

—Che, ¿y van a ir mañana? —pregunta Sophi.

Carajo, otra vez la fiesta.

—Yo sí —asegura Giovanni.

—Yo también. ¿Y tú, Ceci? —agrega Melanny.

—No creo, tengo trabajo —miento.

—¿Y no lo podés pasar para el sábado a la mañana? —presiona Sophi—. O empezás hoy al terminar acá, o si querés ahora mismo; te prometo que no te molestamos.

—No me va a alcanzar el tiempo.

—¿Segura? Desde que te conozco sé que siempre te organizas muy bien con los horarios para dedicarle tiempo tanto al curro como a las tareas de la universidad —interviene Melanny.




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