¿huir de Qué?

Capítulo 27

—¿Qué dijiste?

—Que creía que eras diferente.

—No entiendo lo que dices.

—Claro que sí lo entiendes.

Me quedo mirándolo fija y tensamente.

—¿Me puedes explicar qué estás queriendo decir? —le pregunto, esta vez sin un ápice de paciencia.

—Creía que no eras de esas a las que les gusta vestirse así —dice con una amargura fría—. Supiste disimularlo muy bien.

—¿Vestirse cómo?

—Así, provocativa. Que quiere llamar la atención.

—¿Qué mierda estás diciendo? ¿Qué carajos te pasa? —le cuestiono, empezando a enojarme.

—¿Quieres que te lo repita? Vale, de acuerdo, a ver si así lo entiendes —dice, dándose la vuelta para encararme de lleno—. También te gusta llamar la atención. Vienes vestida así de provocativa, bailas con un gilipollas, os liáis y por poco no folláis delante de todos.

Sigo sin entender ni una mierda. Mi cabeza da vueltas.

—¿Por qué me dices todo esto? —le pregunto con la voz quebrada, sintiéndome completamente herida por sus palabras—. ¿Es porque no vine contigo?

Fernando suelta una risa amarga y seca.

—No te creas tan importante, Cecilia. Es mejor que no hayas venido conmigo. Tal vez la decepción habría sido peor si venías conmigo de esta forma —dice, señalando mi ropa con un gesto de la cabeza.

—¿Decepción?

—Decepción de ver que eres igual que todas —espeta con rencor—. Como ya te lo he dicho: te vistes provocativa, bailas con un cualquiera para luego irte a follar. Sois todas iguales.

Se me desencaja el rostro de horror al escuchar sus palabras. Es la primera vez en mi vida que me atacan de esta manera, y me destroza —y me da una bronca terrible— que sea precisamente Fernando quien lo haga. En este momento, lo único que siento son unas ganas terribles de darle un puñetazo en la cara.

—Deja de decirme esas cosas que no son verdad —le respondo en seco, sintiendo cómo la rabia me quema por dentro.

—Sí, claro —me contesta con un tono frío y tajante—. Adiós, Cecilia.

Da media vuelta y veo cómo se aleja a paso firme hasta perderse entre la multitud de la pista. Apenas un par de metros detrás de él, distingo a Alejandro, que va siguiéndolo mientras lo llama; no me había dado cuenta de que estaba aquí hasta este preciso momento.

Me siento completamente humillada. Jamás nadie me había tratado así. Vine a divertirme y a sentirme libre; me vestí como quería desde hacía mucho tiempo y como, por culpa de mis inseguridades, nunca me había atrevido a hacerlo. Y ahora que al fin me animo a salir y a experimentar todo lo que antes no podía, ¿viene este imbécil y me dice semejantes estupideces? Lo peor de todo es que sus palabras me duelen en lo más profundo.

Pero que se vaya a la mierda. Toda mi vida me preocupé por lo que los demás pudieran pensar de mí; a partir de ahora, las cosas van a ser muy diferentes.




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