¿huir de Qué?

Capítulo 17

Hoy 17 de septiembre, es el cumpleaños de mi mamá. No sé a qué hora la debería llamar; tal vez al salir de clases sea lo más sensato debido a la diferencia de horario.

Sigo acostada. Me despierto antes de que suene mi alarma. Son las cinco de la mañana y amanezco sin ganas de nada. No quiero ir a cursar, no quiero preparar el desayuno, no quiero seguir durmiendo, no quiero llamar a mamá... no quiero hacer nada, solo quiero estar acostada y mirar el celular todo el día.

Pero no hay tiempo para sentirme así. Iré igual; se supone que eso era lo que quería desde primero de secundaria: estudiar en el extranjero.

Una hora después de despertarme, termino de ducharme. Ya en mi habitación, miro en la mesa de noche mi foto familiar: papá, mamá, mi hermano mayor y yo. En esa foto se ve la familia feliz que somos. O lo que ellos creen, porque yo ya no. Mejor me hago el desayuno y dejo de pensar tanto.

A las 08:10, es hora de salir. Voy vestida de la misma forma de siempre: vaqueros y una camiseta sin estampados. Agarro mi vaso térmico lleno de café y mi mochila. Iré a buscar a Melanny. Salgo de mi piso, cierro y escucho unos estornudos muy fuertes. Toco a su puerta y, unos segundos después, la veo hecha un desastre.

—No iré, me he resfriado —dice con la voz tomada.

—¿Con el calor que hace? —No sé por qué digo eso, si en Paraguay es algo común también.

—¡Sí, joder! —se lamenta.

—Bueno, pues debes quedarte en la cama y no salir de ahí.

—Eso me suena muy bien —dice, antes de soltar otro estornudo.

—Ok, entonces nos vemos después. Al salir, vendré a verte de nuevo.

—Gracias. Si los chicos preguntan, diles que estoy al borde de la muerte pero que sobreviviré.

—Lo haré —me despido de ella con un gesto de la mano.

Saco mis auriculares con cable de la mochila y los conecto al celular. Reproduzco Mr. Brightside de The Killers. Elijo bajar por las escaleras; el elevador ya funciona, pero si lo uso bajaré más rápido y quiero tener más tiempo los auriculares puestos. Al poner un pie en el primer escalón, ¡bum! Sorpresa. Nos volvemos a encontrar.

—¡Ey! Buenos días, Ceci —saluda Fernando.

—Buen día —digo, sin tantos ánimos.

—¿Vas a clases sola esta mañana?

—Sí, hoy mi amiga se siente indispuesta para ir —respondo, mientras me quito los auriculares y los dejo colgando sobre mis hombros.

—¿La de pelo corto?

—Sí, ella —digo, tratando de adivinar cómo sabe eso. Tal vez me vio con ella allí, o también aquí, ya que vivimos en la misma residencia.

—Bueno, podemos ir juntos, si no te molesta, claro.

Si fuera otra persona, capaz le diría que no porque ya no podría ir escuchando música por el camino, pero con Fernando es... diferente. Es agradable. Bueno, ahora es agradable porque ya no es tan imbécil.

Llegamos a la primera planta. Miro hacia la oficina de Abby y no está. Qué raro, usualmente ella ya está ahí a estas horas, sin falta.

—...la universidad.

—¿Eh? —pregunto, volviendo a la realidad.

—Que qué te parece la universidad, eso. Y qué tal te ha tratado Madrid.

—Perdón, estaba pensando en otra cosa —digo, haciendo un gesto de restarle importancia con la mano.

—Sí, lo he notado —me mira burlón.

—Respondiendo a tus preguntas: bien. Esa es la respuesta para ambas.

—No pareces muy convencida de eso —dice él, con un tono algo más serio.

—Lo estoy, solo que... —suspiro, porque no sé qué voy a decir—. Nada.

—Pero si pareces disociada.

—No parezco, lo estoy.

—¿Lo estás? —me mira, levantando una ceja.

—Creo que sí. O no... Ay, no sé. Solo no me hagas caso.

—Oookey.

—Ok —digo, y tomo un sorbo de mi café que está... un asco. Lo examino y veo que tiene grumos. Carajo. —¡La gran puta! —exclamo.

—¿Qué pasa? —pregunta él, sorprendido.

—Mi café es un asco —le explico, mirando el fondo del vaso térmico con indignación—. Al parecer es por la leche que usé. Se cortó toda al mezclarla cuando estaba caliente, y eso que no estaba vencida. Qué porquería.

—Puede ser. Eso pasa cuando mezclas leche con algo que no es de verdad.

—¿Cómo? —le pregunto sin entender.

—Los instantáneos, fríos, descafeinados, el de sobre y todas esas guarrerías procesadas no son café, son un sucedáneo, una mala copia.

—Ah, bueno... Perdone usted, señor sommelier, entonces mi café trucho se cortó por no ser de verdad, según tú.

—Puede que sí. Un instantáneo no es uno verdadero, por eso la reacción química que tiene con la leche, pero también depende de qué tipo de leche hayas usado.

—No recuerdo qué tipo era —le digo, restándole importancia—. Qué más da. Por lo que dices, pareces saber mucho de café.




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