—Te veo diferente —me dice Giovanni, tras tragarse el shot de un golpe y dejar el vaso de vidrio sobre la madera.
—¿Diferente?
—Sí. Como feliz, algo loca, menos tímida... ¿Me entiendes? Como más suelta.
—Será por la piña colada —bromeo, dándole vueltas al hielo de mi vaso.
—Tal vez. —Giovanni mira la pista de baile, donde la gente se mueve amontonada. —¿Quieres bailar?
—¿Bailar yo? No sé cómo se hace eso.
—Yo tampoco, pero me animo a hacerlo si vienes conmigo.
—¿Tampoco bailas?
—No, no me gusta tanto.
—¿Y por qué quieres hacerlo ahora?
—Vine con ganas de divertirme, ¿vos no?
—Sí, también, pero no estaba en mis planes bailar.
—Dices unas estupideces... Dale, vamos. —Me estira suavemente del brazo para guiarme hacia la pista.
—¡Es que no sé, Giovanni!
—¡Y yo tampoco! Así que vamos a soltarnos un poco. De todas formas, nadie nos va a prestar atención, vamos a divertirnos.
Lo pienso un segundo. Un segundo justo en el que Sophi suelta los primeros acordes de Ven báilalo de Angel y Khriz, y ese ritmo contagioso termina de convencerme de ir con él.
—Vamos —le digo.
Avanzamos hacia la pista, a una zona intermedia donde la densidad de gente nos permite movernos.
Se posiciona detrás de mí; la cercanía es inmediata y mi espalda choca levemente con su torso. Empezamos a movernos, el ritmo nos envuelve y nos dejamos llevar. Siento una de sus manos sobre mi cadera y llevo una de las mías a su antebrazo. Giovanni marca el compás a mis espaldas mientras seguimos llevando el ritmo con los únicos tres movimientos que nos salen instintivamente: ese balanceo en péndulo marcando el dembow de lado a lado, círculos de cadera y los descensos hasta abajo.
Desde esta posición, levanto la vista hacia la zona de la cabina y veo a Sophi hablando muy de cerca con un chico. Me parece que es… ¿Pablo? ¿Están... coqueteando? Se los ve bastante animados, aunque no alcanzo a diferenciar bien las facciones desde donde estamos por las luces y la distancia.
El remix sigue con Pam Pam de Wisin & Yandel y la gente suelta gritos de euforia ante el tema que empieza a sonar. Tanto Giovanni como yo seguimos a nuestro ritmo.
Me siento libre. Simplemente libre. No sabía lo bien que se siente bailar. Dejo que la música haga desaparecer todo lo demás.
La mezcla engancha ahora con Rakata. Cambiamos de posición y quedamos cara a cara, manteniendo el ritmo. Giovanni coloca sus manos sobre mi cintura y yo llevo una de las mías a su hombro, esta vez más pegados el uno del otro.
Luego de otras seis o siete canciones más, me doy cuenta de que no hemos cambiado de movimientos en ningún momento y no aguanto la risa. Giovanni parece notar lo mismo, porque se ríe conmigo.
—¿Te estás divirtiendo? —me pregunta, inclinándose un poco con una sonrisa pícara.
—Mucho —le respondo, devolviéndosela.
En ningún momento dejé de sentir la presión de sus manos sobre mi cintura. Puedo oler el aroma intenso del tequila en su respiración cuando se inclina y me susurra algo al oído, rozando mi oreja con sus labios:
—Si no fueras mi amiga, en este mismo momento te llevaría a un lugar más apartado para comerme esos labios tuyos.
Se aparta de mí mirándome intensamente.
—¿No dices nada? —me pregunta, con una sonrisa ladeada.
—Creo que deberíamos seguir así... Estamos mejor como amigos. No crucemos esa raya.
Él asiente despacio, sin perder la sonrisa.
—Está bien. Pero si un día la quieres cruzar, solo dímelo.
—Te lo voy a decir, no dudes de eso.
Me guiña el ojo con complicidad, relajando la tensión por completo.
—¿Quieres seguir bailando o nos damos un descanso y volvemos a la barra?
—Volvamos a la barra por otro trago —le pido, necesitando aire y algo frío.
—Excelente idea. Mis rodillas ya no aguantan más.
No puedo evitar soltar una carcajada, y él se une a mí al instante.
Volvemos a nuestro rincón y pedimos lo mismo de hace rato. Dije que no tomaría una cuarta piña colada, pero ¿qué más da? Me siento feliz, además sé controlarme.
—En lo que preparan nuestras bebidas, voy al baño de nuevo unos segundos. Ya vuelvo —me avisa Giovanni.
—Dale, te espero acá.
Apenas Giovanni se va, me giro hacia la izquierda y me doy un tremendo susto. Esta vez no sentí llegar a Fernando.
—Me asustaste, imbécil —le reprocho con fastidio.
Está apoyado sobre la barra, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mandíbula tensa. No me mira a mí; tiene los ojos clavados en la pista de baile, justo en la dirección exacta donde estábamos Giovanni y yo.