Hace un calor de mierda y yo estoy en la lavandería de la residencia, que solo tiene un ventilador de techo, esperando a que se termine de secar la ropa. Para matar el tiempo, me senté en una de las sillas de espera y me puse a ver reels de Instagram a todo volumen para no sentirme tan sola aquí abajo.
Pasan los minutos y escucho que alguien baja. Seguro es Melanny; había dicho que también tenía que lavar algo de ropa. Me pregunto si de verdad sabe cómo usar una lavadora. Los pasos retumban cada vez más fuerte hasta que veo quién es... y ¡mierda, mierda, mierda y más mierda!
Fernando baja con un canasto lleno de ropa. Solo lleva puestos unos shorts deportivos negros. Nada más. Puedo ver su torso desnudo y se nota que se ejercita; lo tiene bien trabajado. No es que tenga los abdominales súper marcados, pero se le notan. Me obligo a apartar la vista antes de que note que me lo estoy comiendo con la mirada después de no haberlo visto por varios días. Por lo visto, el calor hace querer andar a todos semidesnudos para no sofocarse con las telas, y me incluyo: unos shorts vaqueros azules muy cortos y una blusa blanca de lino, de tirantes, es la menor cantidad de ropa que puedo llevar por aquí.
Cuando Fernando alcanza el último escalón se percata de mi presencia, de inmediato veo como se le asoma una estúpida sonrisa en la cara.
—Vaya, pero si nos volvemos a ver, Cecilia.
—Hola —le digo, y le bajo el volumen al video que estaba viendo.
—¿También viniste a lavar ropa?
—No, en realidad estoy acá sentada porque me gusta observar la isla de secadoras que están enfrente de mí —digo, apuntando las máquinas con la cabeza.
Él solo se ríe de lo que acabo de decir.
—Vale, pues con permiso, voy a lavar la mía.
—Adelante.
Fernando camina hacia las lavadoras que se encuentran a unos cinco pasos hacia mi derecha. Me da la espalda —una muy buena espalda, por cierto—, se agacha y no puedo apartar la vista. Sé que tengo que mirar hacia otro lado, pero recién lo voy a hacer cuando él termine de meter hasta la última media.
—¿Te gusta lo que ves?
—¿Eh?
—Que si te gusta lo que ves —repite con su estúpida sonrisa.
¿En qué momento se giró a mirarme? Carajo.
—No estaba viendo nada.
—Ya, claro —responde, volviendo la vista a sus prendas para terminar de meterlas todas en una sola máquina.
—Piensa lo que quieras —digo, tratando de hacerme la indiferente.
Justo en ese momento, la secadora que se encuentra enfrente de mí hace el pitido de que ya terminó el ciclo. Me levanto de la silla, agarro el canasto que está a mi lado y empiezo a sacar mis prendas de dos en dos. Mejor lo hago rápido para poder irme cuanto antes de acá.
—¿Por qué me evitas?
Levanto la vista y lo tengo al lado. ¿En qué momento se acercó sin que me diera cuenta?
—¿Qué dijiste?
—¿Por qué me evitas? —pregunta cruzándose de brazos—. Que yo sepa, la última vez que hablamos no hice ni dije nada que te molestara.
—No te estoy evitando —miento, con la esperanza de que se lo crea.
—¿Entonces por qué lo haces, Cecilia? ¿Por qué huyes de mí?
—No te evito, no tengo motivos para eso —sigo sosteniendo la mentira.
—Te creo —dice él, haciendo que su sarcasmo sea imposible de pasar por alto.
—Me da igual si me crees o no. Además, ¿por qué te estaría evitando?
—¿Podría ser porque te pongo nerviosa?
Mierda, ¿tan obvia soy?
—No me pones nerviosa. ¿Por qué me pondrías nerviosa?
—Esa es una pregunta que tú misma deberías responderte — dice, dando un paso más hasta acortar la distancia que nos queda.
—No me pones nerviosa.
—¿Ah, no? ¿Y si lo ponemos a prueba? —desafía, mientras se acerca y me arrincona contra la máquina.
Extiende los brazos para dejarme encerrada y acerca su cara a la mía hasta que siento el calor de su aliento. El recuerdo de que está desnudo de la cintura para arriba me golpea de lleno.
—¿Segura de que no te pongo nerviosa? —insiste, mientras el pulso se me acelera y el corazón me trabaja a mil por hora—. Dime por qué saliste corriendo de mi piso el otro día. Fue por eso, ¿a que sí?
—Ya te dije que no.
—Y me mientes en la puta cara —dice con una sonrisa, una de esas que me hacen perder la cabeza.
—No te estoy mintiendo.
—Te lo volveré a preguntar, Cecilia: ¿por qué me evitas? ¿Por qué huyes de mí?
—Que no te he estado evitando —insisto, recorriendo con la vista toda su cara.
—Y sigues con la mentira. No se te da nada bien. ¿Y si te beso y comprobamos quién tiene razón?
—Comprobaremos que la razón la tengo yo.
Sin dejar pasar ni un solo segundo, siento sus labios sobre los míos; Fernando se adueña de mi boca sin darme tregua. No soy capaz de mantener los labios quietos y le respondo el beso con la misma intensidad. Fernando me toma el rostro entre las manos, sujetándome las mejillas para reforzar el beso.