¿huir de Qué?

Capítulo 28

Son las dos de la mañana.

Alejandro me ha acompañado hasta mi piso. Dice que no estoy bien y que no debo quedarme solo hasta estar seguro de que no haré ninguna tontería. Menudo cabrón.

Lo escucho encender las luces: la de la cocina, la del recibidor y la de mi habitación. En cambio yo, solo me he echado en el sofá y cierro los ojos, amargado.

Oigo cómo va a la cocina y abre el grifo. Unos segundos después, deja el vaso de agua sobre la mesa de centro.

—Tómate eso, te vendrá bien.

—Estoy bien —le digo sin moverme.

—No lo estás, tío. Eres un completo gilipollas.

Abro los ojos y lo observo mirándome fijamente, parado frente a mí, cruzado de brazos y visiblemente cabreado.

—¿Qué coño ha sido eso, Fernando? —me reclama sin quitarme la vista de encima—. ¿Por qué le has dicho todo eso a Ceci?

—¿Ceci? ¿También la llamas así? —escupo con fastidio, sentándome en el sofá.

—Cállate, ya te he dicho cómo es que la conocí.

—Me importa una mierda. ¿Has visto cómo iba vestida y cómo bailaba con ese mexicano? ¿O ecuatoriano? ¡Qué sé yo qué era el venezolano ese!

—Sí, lo he visto. Y honestamente, Ceci estaba increíble. Con respecto a cómo y con quién bailaba... pues ella puede hacerlo con quien quiera y como quiera, ¿no?

—Cállate, no ayudas un carajo.

—¿Ayudarte sería darte la razón por mucho que no la tengas? ¿O criticar a Ceci solo por cómo estaba vestida? Entonces no, no te pienso ayudar.

—¡Que te calles te digo, hostias! —le alzo la voz, perdiendo la paciencia.

Alejandro ni se inmuta. Me mira con una mezcla de lástima y rabia.

—Sé por qué estás así.

—¿Por qué, eh? A ver, ilústrame.

—Ceci te gusta. Te gusta como nunca antes te había gustado alguien.

—No, no es así —niego de inmediato, sintiendo un vuelco incómodo en el pecho.

—Sí lo es. ¿Y sabes por qué no lo quieres reconocer aún? Por el odio que le tienes a las mujeres solo por algo que hizo tu madre.

—¡Que te calles la puta boca, Alejandro! —me levanto del sofá, encarándolo.

—¡No me callo! Tu madre cometió un error hace varios años, sí, pero no por eso debes pensar lo mismo de todas las mujeres. ¿Por qué odiar a todas por culpa de una sola?

—No odio a las mujeres —gruño, desviando la mirada, y vuelvo a acostarme en el sofá.

—¿Entonces por qué siempre piensas mal de ellas? ¿Por qué la atacaste a Ceci así?

Me quedo callado. Por más que busco una excusa en mi cabeza, no la encuentro.

—Tal vez no sea un odio como tal lo que sientes, tal vez sea resentimiento —continúa Alejandro, bajando un poco la voz pero manteniendo la firmeza—. Pero no por eso debes pensar mal de todas, y mucho menos de Ceci, idiota.

—No piensas callarte, ¿verdad?

—No, no lo haré. Le debes una disculpa, y una muy grande, pedazo de gilipollas.

—Vete ya de aquí —le pido, cerrando nuevamente los ojos, agotado.

—Es lo mejor. Vés a cagar, que et donin, tros de merda —me suelta cabreado.

Veo cómo mi mejor amigo se va dando un portazo, insultándome en catalán.

Me quedo solo en el silencio del piso y me llevo las manos a la cara. Joder... Tengo que admitir que tiene razón.

Ceci me gusta muchísimo. Y la he cagado.




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