¿huir de Qué?

Capítulo 30

Detesto a las personas que hablan sin parar; te cuentan su vida sin que nadie les pregunte, y menos cuando no estoy de humor. Llevo diez minutos en la fila de la caja escuchando a una chica contar su intento de receta y cómo hoy por fin consiguió los ingredientes. Me limito a soltar un «ah»; me tiene harta.

Al fin salgo del supermercado camino a la residencia, escuchando La estrella del interior de Kchiporros en los auriculares. Es un sábado tranquilo; debo adelantar varios pendientes si quiero salir mañana a recorrer la ciudad todo el día.

Algunos minutos después llego a la residencia y, mierda, el imbécil está sentado en el recibidor leyendo un libro. Me ve llegar, se levanta enseguida y viene hacia mí. Carajo.

—Hola, Ceci. Te estaba esperando. ¿Me permites hablar contigo un momento?

Lo ignoro por completo. Sigo de largo y lo dejo ahí parado.

—Sé que estás cabreada, pero ¿me dejas decirte algo?

Sigo caminando hacia mi apartamento. Escucho sus pisadas rápidas detrás de mí. La re mil puta, me está siguiendo.

Subo las escaleras sintiendo sus pasos detrás; alzo el volumen al máximo, tanto que ya ni sé qué suena.

—Necesito que me escuches, por favor.

Mierda, aun así lo escucho.

Apenas me faltan un par de escalones y el idiota no se despega. Llego al pasillo del tercer piso, a metros de mi puerta. Me llevo un susto tremendo cuando se me planta justo enfrente, cortándome el paso de golpe.

—¿Qué carajos te pasa, eh? —le digo alzando la voz mientras me saco los audífonos de un tirón; me importa una mierda si alguien en el pasillo me escucha—. ¿Qué querés?

—Necesito hablar contigo y disculparme por lo de la vez pasada.

—No quiero tus disculpas.

Lo rodeo con fastidio y voy directo a mi puerta.

—Ceci, por favor...

—Cecilia —lo corrijo secamente. Saco las llaves al llegar a la puerta.

—Cecilia, por favor, necesito que me escuches...

Le cierro la puerta en la cara antes de que termine de hablar.

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Es lunes, sin duda el peor día de la semana. Camino sola por el pasillo de la Facultad de Artes cuando escucho una voz a mis espaldas.

—Ceci...

Es Fernando. Me viene siguiendo unos pasos atrás y ya me está molestando su insistencia. Apuro el paso entre la multitud de alumnos; menos mal estoy cerca de mi aula.

—Ceci, por favor —lo tengo cada vez más cerca.

De milagro encuentro a Alejandro a una corta distancia en el pasillo. Él me ve llegar, mira detrás de mí y divisa a su amigo; creo que ya se da cuenta perfectamente de lo que pasa.

—¿Le puedes decir que no me moleste, por favor? —le pido al pasar a su lado—. Gracias.

—Descuida, yo me encargo.

Miro sobre mi hombro un segundo para ver cómo Alejandro se le planta enfrente y le corta el paso. Alcanzo a ver que le dice algo, aunque no logro oír qué es. Fernando guarda silencio y termina dándose la vuelta. Mejor me meto a clase de una puta vez.

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Pasan los días y llega el fin de semana. Aprovecho la mañana para ordenar mi apartamento con música de fondo.

Dos horas después, me tiro en el sofá a descansar, agotada. En ese momento, golpean a la puerta. Supongo que es Melanny, que quedó en pasar para estar juntas esta tarde. Me levanto tranquila a abrir y, al girar el picaporte... no puede ser.

—¿Qué querés? —le pregunto con puro fastidio.

—Ya sabes lo que quiero —dice Fernando con mirada suplicante.

Amago con cerrarle la puerta, pero reacciona rápido y pone el pie en el marco para evitar el golpe.

—¿Puedes darme un puto minuto, joder? —dice con tono molesto—. Llevo una semana tratando de acercarme a ti y pedirte disculpas, pero no me dejas empezar.

—No quiero hablar contigo, no quiero tus disculpas y no quiero escucharte —lo miro fijo a los ojos—. Ese día en la fiesta me sentía bien. Me animé a hacer algo a lo que nunca me animaba por culpa de mi timidez y mi ansiedad. Me sentía feliz, libre... ¿Y viene un imbécil a tratarme de puta sin conocerme? ¿Y ahora solo me pedís que te deje hablar? ¿Después de cómo me humillaste?Me hiciste mucho daño, Fernando. Por eso no tengo ni la más mínima intención de escucharte.

No le doy tiempo de que diga ni una sola palabra. Saco su pie de un empujón y esta vez sí le cierro la puerta en la cara.




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