Aurora había llegado a una conclusión terrible.
Su marido ya no la miraba.
No era que Luca hubiera dejado de quererla. Al menos eso era lo que ella intentaba repetirse todas las noches antes de dormir.
Pero una cosa era sentirse amada y otra muy diferente era sentirse vista.
Y Aurora llevaba meses sintiéndose completamente invisible.
Aquella mañana estaba sentada frente al enorme espejo de su habitación, intentando arreglarse el cabello con una mano mientras con la otra sostenía una taza de café.
—Esto no tiene solución —murmuró.
Su cabello estaba rebelde.
Su blusa tenía una pequeña mancha de café.
Y el pantalón que se había puesto esa mañana le quedaba más ajustado de lo que recordaba.
Aurora suspiró.
—Perfecto. Simplemente perfecto.
Se levantó para cambiarse, pero al pasar frente al espejo volvió a detenerse.
Era una mujer de curvas pronunciadas. Gordita, como ella misma decía sin demasiados complejos, aunque últimamente había empezado a sentirse incómoda con su cuerpo.
No siempre había sido así.
Hubo una época en la que Aurora se arreglaba con más frecuencia. Se maquillaba, elegía cuidadosamente su ropa y hasta se tomaba el tiempo de peinarse antes de que Luca regresara del trabajo.
Pero con los años había adquirido una rutina cómoda.
Se levantaba.
Desayunaba.
Hacía algunas cosas de la casa.
Veía series.
Leía.
Salía de vez en cuando con Cheyenne.
Y esperaba a Luca.
Siempre esperaba a Luca.
El problema era que últimamente él casi nunca llegaba a la hora que ella esperaba.
Aurora miró el reloj.
Las ocho y veinte de la mañana.
Luca ya debería estar desayunando.
Pero la silla frente a ella permanecía vacía.
Como casi todas las mañanas.
—Otra vez trabajando desde temprano...
Tomó su teléfono.
Tenía tres mensajes de Luca.
El primero había llegado a las cinco cuarenta y dos de la mañana.
"Buenos días, amor. Me fui temprano. Tenía una reunión."
El segundo:
"No alcancé a desayunar contigo. Perdóname."
Y el tercero había llegado hacía apenas diez minutos.
"Te amo. Que tengas un buen día."
Aurora leyó el último mensaje dos veces.
Te amo.
Dos palabras.
Las mismas que Luca utilizaba todos los días.
Y, sin embargo, ya no eran suficientes.
—¿De qué sirve que me digas que me amas si nunca estás aquí?
Dejó el teléfono sobre la mesa.
No quería llorar.
No esa mañana.
Pero sus ojos se llenaron de lágrimas de todos modos.
Luca, mientras tanto, se encontraba en el piso treinta y ocho de uno de los edificios de su propia empresa.
Frente a él había una mesa llena de documentos.
Tres computadoras estaban encendidas.
Su teléfono vibraba constantemente.
Y su asistente llevaba diez minutos intentando conseguir que firmara unos contratos.
—Señor Luca...
—Un minuto.
—Lleva diciendo "un minuto" desde hace veinte minutos.
Luca levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces deme dos.
La asistente cerró los ojos.
—Señor...
Luca sonrió ligeramente.
—Está bien. Está bien. Ya voy.
Tomó el documento.
Firmó.
Luego otro.
Y otro.
Cuando terminó, miró la hora.
Las nueve y cuarto.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Aurora desayunó?
La asistente lo miró confundida.
—Supongo que sí.
—¿Supone?
—Señor, yo no vivo con su esposa.
Luca frunció el ceño.
—Cierto.
Tomó el teléfono.
Abrió la conversación con Aurora.
Escribió:
"¿Ya desayunaste?"
Esperó.
No hubo respuesta.
Luca miró la pantalla.
Volvió a escribir.
"¿Estás bien?"
Nada.
Suspiró.
Para él, aquella preocupación era amor.
Para Aurora, aquel mensaje probablemente llegaría demasiado tarde.
Y ese era precisamente el problema.
A las diez y media de la mañana, Aurora recibió una llamada.
—¿Sí?
—¡Aurora!
Ella reconoció inmediatamente la voz.
—Cheyenne...
—¿Qué haces?
—Nada.
—Eso significa que estás triste.
Aurora rodó los ojos.
—No estoy triste.
—Aurora.
—Estoy... ligeramente molesta.
—Eso es triste con maquillaje.
Aurora soltó una pequeña carcajada.
—Eres insoportable.
—Y tú estás enamorada de mí.
—Tengo un marido.
—Bueno, entonces estoy disponible como segunda opción.
Aurora volvió a reír.
Cheyenne siempre conseguía arrancarle una sonrisa.
—¿Quieres salir?
—No tengo ganas.
—Precisamente por eso.
—Cheyenne...
—Te paso a buscar en media hora.
—No.
—Perfecto. En veinte minutos.
—¡Acabo de decir que no!
—Lo sé. Por eso reduje el tiempo.
Aurora suspiró.
—Está bien.
—Sabía que dirías que sí.
—¿Y dónde vamos?
—A tomar café.
—¿Solamente?
Hubo un silencio sospechoso.
—Cheyenne...
—Bueno...
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Eso significa que hiciste algo.
—Tal vez.
—Cheyenne.
—Te compré algo.
Aurora frunció el ceño.
—¿Qué?
—Una revista.
—¿Una revista?
—Una revista de moda.
Aurora se quedó callada.
—¿Por qué?
—Porque necesito hacerte una intervención.
—¿Una intervención?
—Sí.
—¿Estoy enferma?
—De aburrimiento matrimonial.
Aurora abrió mucho los ojos.
—¡Cheyenne!
—Nos vemos en veinte minutos.
Y colgó.
Aurora se quedó mirando el teléfono.
—Esta mujer va a acabar conmigo.
Veinticinco minutos después, Cheyenne entró en la casa de Aurora sin siquiera tocar correctamente la puerta.
—¡Aurora!
—¡Estoy aquí!
Cheyenne apareció en el salón con una bolsa enorme.
Editado: 01.10.2026