Aurora no había dormido prácticamente nada.
La frase de Luca seguía dando vueltas en su cabeza.
—Necesito que vengas conmigo.
Había algo en la forma en que lo había dicho que la inquietaba.
No parecía una reunión de negocios.
Tampoco parecía una visita cualquiera.
Y mucho menos parecía algo relacionado con Mía.
Parecía algo personal.
Y eso la ponía nerviosa.
A las ocho de la mañana, Aurora salió de su habitación con un pantalón elegante, una blusa de cuello alto y un abrigo largo.
Encontró a Luca esperándola en el vestíbulo.
Él la observó de arriba abajo.
—¿Eso es ropa cómoda?
Aurora miró su atuendo.
—Sí.
—Tienes tacones.
—Tacones cómodos.
—Eso no existe.
—Para mí sí.
Luca soltó una pequeña risa.
—Mi esposa también dice eso.
Aurora cerró los ojos.
—¿Podemos pasar un solo día sin hablar de su esposa?
Luca la miró sorprendido.
—¿Te molesta?
Aurora se arrepintió inmediatamente.
—No.
—Parecía que sí.
—Solo...
Buscó una explicación.
—Es raro.
—¿Qué cosa?
—Que hable tanto de ella con una empleada.
Luca asintió.
—Probablemente tengas razón.
Aurora pensó que finalmente dejaría el tema.
Pero Luca agregó:
—Es que cuando hablo de ella, siento que está un poco más cerca.
Aurora dejó de caminar.
Aquello le dolió.
No sabía qué era peor.
Que Luca la extrañara.
O que ella estuviera allí mismo y no pudiera decirle:
Soy yo.
El automóvil los llevó fuera de la zona central de Londres.
Aurora observó por la ventana.
Los edificios comenzaron a quedar atrás.
Después aparecieron calles más tranquilas.
Árboles.
Casas enormes.
Campos.
—¿A dónde vamos?
—Ya te dije.
—No.
—¿No qué?
—No me dijo a dónde.
Luca sonrió.
—Porque quiero que sea una sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Mentira.
Aurora lo miró.
—¿Cómo sabe?
—Mi esposa dice exactamente eso cuando está emocionada.
Aurora se cruzó de brazos.
—Empiezo a sospechar que su esposa y yo somos la misma persona.
Luca soltó una carcajada.
—A veces yo también.
Aurora se quedó rígida.
Luca continuó mirando por la ventana, aparentemente sin darse cuenta de lo que acababa de decir.
Ella respiró profundamente.
Ten cuidado.
Eso era lo que Cheyenne siempre decía.
Pero cada vez resultaba más difícil.
Después de casi una hora, el automóvil giró por un camino privado.
Aurora miró hacia adelante.
Y se quedó sin palabras.
Había una enorme propiedad rodeada de árboles.
La casa estaba construida con piedra clara y grandes ventanales.
Tenía un jardín inmenso.
Un camino de flores.
Una terraza.
Y una enorme ventana que ocupaba prácticamente toda una pared del segundo piso.
Aurora sintió que el corazón se le detenía.
—¿Qué es esto?
Luca bajó del automóvil.
—Ven.
Aurora no se movió.
—Luca...
Él se volvió.
—¿Sí?
Ella señaló la casa.
—¿Es tuya?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Todavía no es oficialmente mía.
Aurora frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Luca sonrió.
—Estoy terminando algunos detalles.
Ella caminó lentamente hacia la entrada.
No entendía.
La casa parecía...
Parecía su sueño.
Su sueño exacto.
La enorme ventana.
El jardín.
La terraza.
Incluso había un pequeño camino de piedra que conducía a una zona lateral.
Luca abrió la puerta.
—Pasa.
Aurora entró.
Y se quedó paralizada.
La casa estaba prácticamente terminada.
La sala era enorme, pero acogedora.
Había una chimenea.
Un piano.
Una biblioteca.
Y al fondo...
Una cocina gigantesca.
Aurora se acercó lentamente.
—No puede ser.
Luca la observaba desde atrás.
—¿Qué?
—La cocina.
—¿Qué tiene?
—Es...
Aurora se mordió el labio.
—Es perfecta.
Luca sonrió.
—Me alegra.
Ella caminó por el lugar.
Abrió algunos cajones.
Miró la isla central.
Los electrodomésticos.
La enorme ventana que daba al jardín.
—¿Quién diseñó esto?
—Un arquitecto.
—¿Qué arquitecto?
Luca sonrió.
—Yo.
Aurora giró.
—¿Tú?
—Sí.
—Pero...
No pudo terminar.
Luca se acercó.
—Quería hacer algo diferente.
Aurora sintió que le costaba respirar.
—¿Para quién?
Él la miró.
—Para alguien importante.
Aurora tragó saliva.
—¿Para su esposa?
Luca asintió.
Ella bajó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque hace mucho tiempo me dijo que soñaba con una casa así.
Aurora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Y lo recuerdas?
—Todo.
Otra vez aquella palabra.
Todo.
—¿Incluso después de tantos años?
—Especialmente después de tantos años.
Aurora tuvo que apartarse.
No quería que la viera llorar.
—¿Estás bien? —preguntó Luca.
—Sí.
—Mía...
—Estoy bien.
—No parece.
Ella se giró rápidamente.
—Es una casa muy bonita.
Luca sonrió.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
—Porque cuando mi esposa la vea, quiero que alguien me diga si conseguí lo que quería.
Aurora lo miró.
—¿Y si ella no quiere esta casa?
Luca se quedó en silencio.
Después respondió:
—Entonces construiré otra.
Aurora sintió que el corazón se le partía.
—¿Así de fácil?
—No.
Luca se acercó.
—Pero si ella no es feliz aquí, tampoco lo seré yo.
La casa tenía una segunda planta.
Luca subió las escaleras.
Editado: 01.10.2026