El avión despegó poco después del mediodía.
Aurora permaneció junto a la ventana, observando cómo la ciudad se hacía cada vez más pequeña.
Durante varios minutos no dijo una sola palabra.
Cheyenne, sentada a su lado, la observó de reojo.
—¿Estás arrepentida?
Aurora negó con la cabeza.
—No.
—¿Segura?
—No.
Cheyenne soltó una carcajada.
—Eso no sonó muy convincente.
Aurora apoyó la frente contra la ventana.
—Es que todo esto es una locura.
—Sí.
—Estoy casada.
—Lo sé.
—Amo a mi marido.
—También lo sé.
—Y voy a pasar cuatro meses lejos de él para averiguar si me engaña.
—Correcto.
Aurora la miró.
—¿No te parece horrible?
Cheyenne pensó unos segundos.
—Me parece peor que estés sufriendo por una sospecha que nadie ha comprobado.
Aurora volvió a mirar por la ventana.
—Tal vez estoy equivocada.
—Eso sería maravilloso.
—¿Y si no?
Cheyenne tomó su mano.
—Entonces lo enfrentaremos.
Aurora respiró profundamente.
—No quiero perderlo.
—Entonces deja de imaginar que ya lo perdiste.
Aquellas palabras hicieron que Aurora guardara silencio.
El viaje había sido cuidadosamente organizado por Cheyenne.
No se trataba simplemente de vacaciones.
Durante los primeros meses vivirían en una ciudad costera donde podrían descansar, caminar, recibir asesoría nutricional y comenzar el entrenamiento.
Después viajarían a otra ciudad para continuar el proceso de transformación.
Y durante todo ese tiempo Aurora tendría prohibido revisar constantemente las redes sociales de Luca.
La regla había sido establecida por Cheyenne.
—Nada de investigar a tu marido.
—¿Y si quiero saber qué hace?
—No.
—¿Y si publica algo?
—No lo miras.
—¿Y si alguien me manda una fotografía?
—La borras.
—¿Y si aparece con una mujer?
—Me llamas.
—¿Y si es una rubia?
—Me llamas.
—¿Y si es morena?
—Me llamas.
—¿Y si es pelirroja?
Cheyenne la miró.
—¿Qué parte de "me llamas" no entendiste?
Aurora soltó una carcajada.
—Está bien.
Pero ninguna de las dos sabía que Luca, lejos de estar buscando mujeres, pasaría los siguientes meses trabajando hasta el agotamiento para terminar la sorpresa que estaba preparando.
Cuando llegaron al hotel, Aurora quedó impresionada.
Era hermoso.
Una habitación amplia.
Un balcón enorme.
Una vista espectacular.
Y una cama tan grande que Aurora se dejó caer sobre ella.
—No pienso levantarme.
Cheyenne dejó las maletas.
—Mañana empezamos.
Aurora abrió un ojo.
—¿Empezamos qué?
—Todo.
—¿A qué hora?
—Seis de la mañana.
Aurora se incorporó de golpe.
—¿SEIS?
—Sí.
—Eso es de madrugada.
—Es mañana.
—Para mí es madrugada.
Cheyenne se echó a reír.
—A las seis.
—Te odio.
—Me lo agradecerás.
Al día siguiente, Aurora descubrió que Cheyenne hablaba en serio.
A las seis en punto, las cortinas se abrieron.
Aurora gritó.
—¡CIERRA ESO!
—Buenos días.
—¡Todavía es de noche!
—No.
—¡Mi cuerpo no sabe eso!
Cheyenne le lanzó una camiseta deportiva.
—Arriba.
—No.
—Aurora.
—Cinco minutos.
—Dijiste eso ayer.
—Porque funciona.
Cheyenne tiró de la sábana.
—¡Vamos!
Aurora terminó levantándose.
—Cuando regresemos, voy a contarle a Luca lo que me hiciste.
Cheyenne sonrió.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así descubrirá que su esposa ahora tiene músculos.
Aurora se quedó mirándola.
—Yo no quiero músculos.
—No te preocupes. No vas a convertirte en fisicoculturista.
—Gracias.
—Solo quiero que puedas subir una escalera sin respirar como si estuvieras escapando de un incendio.
Aurora tomó la botella de agua.
—Eso fue una vez.
—Fueron tres.
—Exagerada.
Las primeras semanas fueron difíciles.
Aurora tenía días buenos y días malos.
Algunos días terminaba los entrenamientos orgullosa de sí misma.
Otros quería abandonar todo.
Pero poco a poco empezó a notar cambios.
Dormía mejor.
Tenía más energía.
Su ropa comenzó a quedarle diferente.
Y, sobre todo, había recuperado algo que llevaba mucho tiempo perdido:
entusiasmo.
Una mañana, después de terminar una caminata, Aurora se sentó en una banca.
Cheyenne llegó detrás de ella.
—¿Cansada?
—Muchísimo.
—¿Arrepentida?
Aurora sonrió.
—No.
—¿Por qué?
Aurora miró sus manos.
—Porque hacía mucho tiempo que no hacía algo por mí.
Cheyenne se sentó a su lado.
—Eso es lo importante.
Aurora respiró profundamente.
—¿Crees que cuando vuelva Luca me verá diferente?
Cheyenne la miró.
—Probablemente.
Aurora sonrió.
—Eso quiero.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Te verás diferente?
Aurora se quedó pensando.
—Creo que sí.
Tres semanas después, llegó el momento del cambio de cabello.
Aurora se sentó frente al espejo del salón.
La estilista le preguntó:
—¿Qué quieres hacer?
Aurora miró a Cheyenne.
—Lo que tú digas.
Cheyenne negó con la cabeza.
—No.
Aurora frunció el ceño.
—¿Qué?
—Esta vez decides tú.
Aurora miró nuevamente su reflejo.
Por primera vez en mucho tiempo no pensó en lo que le gustaría a Luca.
Ni en lo que estaba de moda.
Ni en lo que pensaría alguien más.
Pensó en ella.
—Quiero algo diferente.
—¿Qué tan diferente?
Aurora sonrió.
—Mucho.
Horas después, salió del salón.
Su cabello había cambiado por completo.
El corte enmarcaba su rostro.
El color resaltaba sus ojos.
Editado: 01.10.2026