Aurora no podía moverse.
Seguía mirando el teléfono de Luca como si la voz que acababa de escuchar pudiera volver a salir de él en cualquier momento.
—¿Papá? —repitió en un susurro.
Nadie respondió.
Gabriel permanecía pálido.
Adrian observaba la puerta.
Valeria tenía los brazos cruzados y la mirada perdida.
Luca fue el primero en reaccionar.
—Tenemos que salir de aquí.
Aurora lo miró.
—¿Por qué?
—Porque alguien sabía que estabas aquí.
—Pero era mi padre.
—Precisamente.
Aurora negó con la cabeza.
—No entiendo.
Luca se acercó.
—La llamada pudo ser real. Pero también pudo ser una trampa para hacernos salir.
Aurora apretó los labios.
—Entonces averigüémoslo.
Adrian levantó el teléfono.
—Tengo la ubicación aproximada de la llamada.
Luca lo miró.
—¿Puedes rastrearla?
—No exactamente. La señal fue rebotada.
Gabriel frunció el ceño.
—Eso significa que quien llamó sabía cómo ocultarse.
—Sí —respondió Adrian.
Aurora respiró profundamente.
—¿Y la fotografía?
Adrian mostró nuevamente la imagen.
—La cafetería está en Brooklyn.
—Vamos.
Luca la tomó de la mano.
—Juntos.
El trayecto fue silencioso.
Aurora iba sentada junto a Luca en la parte trasera del vehículo.
Miraba por la ventana.
Nueva York pasaba frente a sus ojos, pero ella apenas veía los edificios.
Solo podía pensar en una palabra.
Papá.
Durante toda su vida había imaginado cómo sería conocerlo.
Había pensado que quizá sería un hombre anciano.
Quizá estaría muerto.
Quizá nunca sabría su nombre.
Pero jamás imaginó escuchar su voz.
Mucho menos que él la llamara hija.
Luca apretó su mano.
—¿Estás bien?
Aurora soltó una pequeña risa.
—No.
—Me parecía.
—No sé qué sentir.
—No tienes que saberlo ahora.
Ella lo miró.
—¿Tú qué sentiste cuando descubriste que tu padre no era mi padre?
Luca hizo una pausa.
—Alivio.
Aurora bajó la mirada.
—¿Alivio?
—Sí.
Ella levantó una ceja.
—¿Por qué?
Luca tomó aire.
—Porque durante unos minutos pensé que podía perderte de una manera que ni siquiera sabía cómo enfrentar.
Aurora sintió que se le humedecían los ojos.
—Luca…
—No quiero perderte.
—No me vas a perder.
—Prométemelo.
Aurora entrelazó sus dedos con los de él.
—Te lo prometo.
Luca besó su mano.
Desde el asiento delantero, Adrian murmuró:
—Qué bonito.
Aurora giró.
—¿Perdón?
—Nada.
—Te escuché.
—Dije que qué bonito.
Luca sonrió.
—¿Estás celoso?
Adrian soltó una carcajada.
—No. Solo estoy intentando recordar por qué acepté trabajar con ustedes.
Gabriel respondió:
—Porque te pagan.
—Ah, cierto.
Aurora finalmente sonrió.
Por unos segundos, el miedo desapareció.
La cafetería estaba casi vacía.
Adrian entró primero.
Después Gabriel.
Luca y Aurora esperaron unos segundos.
—¿Preparada? —preguntó Luca.
Aurora negó.
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces vamos.
Entraron.
Aurora miró alrededor.
Una camarera se acercó.
—¿Puedo ayudarles?
Adrian mostró la fotografía.
—¿Reconoce a este hombre?
La mujer observó la imagen.
Su expresión cambió.
—Sí.
Aurora dio un paso adelante.
—¿Estuvo aquí?
—Hace unos veinte minutos.
—¿Solo?
La camarera negó.
—No.
Luca preguntó:
—¿Con quién?
La mujer señaló una mesa del fondo.
—Con un hombre.
Aurora sintió un escalofrío.
—¿Cómo era?
—Alto. Cabello oscuro. Traje gris.
Luca se tensó.
—¿Dijo su nombre?
—No.
—¿Y el otro hombre?
—Tampoco.
La camarera señaló una servilleta.
—Pero dejaron esto.
Adrian la tomó.
Había una dirección escrita.
Aurora la leyó.
—¿Qué es?
Gabriel palideció.
—El antiguo club privado Beaumont.
Luca frunció el ceño.
—Está abandonado.
—Exactamente —dijo Gabriel.
Aurora lo miró.
—¿Por qué irían allí?
Gabriel no respondió.
Luca insistió:
—Gabriel.
El hombre respiró profundamente.
—Porque fue uno de los lugares donde Nathaniel se reunía con tu padre.
Aurora frunció el ceño.
—¿Con el padre de Luca?
—Sí.
—Entonces tenemos que ir.
Luca asintió.
El club estaba ubicado en una zona antigua de Manhattan.
Había sido cerrado hacía décadas.
La fachada estaba cubierta de polvo.
Las ventanas estaban tapiadas.
La puerta principal tenía una cadena.
Adrian cortó el candado.
Aurora lo miró.
—¿Siempre llevas herramientas?
—Cuando trabajo con ustedes, sí.
Luca soltó una carcajada.
—Empiezo a entender por qué te contraté.
Entraron.
El interior estaba completamente oscuro.
Gabriel encendió una linterna.
—Aquí se reunían empresarios, abogados y políticos.
Aurora miró las paredes.
—¿Y mi padre?
—Venía aquí con frecuencia.
—¿Y tu hermano?
—También.
Luca avanzó lentamente.
—¿Dónde está el despacho privado?
Gabriel señaló un corredor.
—Al fondo.
Llegaron a una puerta.
Sobre ella había una pequeña placa.
417.
Aurora se quedó inmóvil.
—Otra vez ese número.
Luca la miró.
—Parece que el despacho 417 nunca desapareció realmente.
Adrian abrió la puerta.
Dentro había un escritorio.
Dos sillas.
Un armario.
Y una enorme fotografía antigua.
Aurora se acercó.
En ella aparecían cuatro personas.
Su madre.
Su padre.
El padre de Luca.
Y…
Editado: 01.10.2026