La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 5 Tres días demasiado cerca

Aurora pasó toda la noche pensando en aquella frase.

—Necesito que viajes conmigo la próxima semana.

No había nada extraño en la propuesta.

Como asistente personal, era completamente normal que acompañara a Luca a un viaje de trabajo.

De hecho, Cheyenne le había advertido desde el principio que esa posibilidad podía presentarse.

Pero una cosa era imaginarlo.

Y otra muy diferente era enfrentarse a la realidad.

Porque no viajaría con un jefe cualquiera.

Viajaría con su marido.

Con el hombre al que amaba.

Con el hombre que llevaba meses intentando descubrir si tenía una amante.

Y con el mismo hombre que, sin saberlo, acababa de invitarla a pasar tres días prácticamente a su lado.

Aurora estaba sentada en la cama de su habitación del hotel, mirando fijamente su teléfono.

Tenía abierta la conversación con Cheyenne.

Escribió:

"Luca quiere que viaje con él."

La respuesta llegó casi inmediatamente.

"¿Tres días?"

"Sí."

"¿Solos?"

"Sí."

Pasaron unos segundos.

"JAJAJAJAJA."

Aurora frunció el ceño.

"No es gracioso."

"Es divertidísimo."

"Cheyenne."

"Perdón."

Tres segundos después:

"No, no me arrepiento. Sigue siendo divertidísimo."

Aurora dejó caer el teléfono sobre la cama.

—Amiga del demonio.

El teléfono volvió a vibrar.

"Recuerda el objetivo."

Aurora respondió:

"Descubrir si tiene una amante."

La respuesta de Cheyenne fue inmediata.

"Exactamente. Y no olvides que eres Mía."

Aurora respiró profundamente.

"Lo sé."

Luego llegó otro mensaje.

"Y por favor, no te acuestes con tu propio marido."

Aurora abrió los ojos.

—¡¿Qué?!

Escribió furiosamente:

"¡NO IBA A HACER ESO!"

Cheyenne respondió:

"Solo me aseguro."

Aurora arrojó el teléfono sobre la almohada.

—Está loca.

Pero unos segundos después empezó a reír.

La mañana del viaje llegó demasiado rápido.

Aurora había preparado una maleta pequeña.

Como Mía, tenía que comportarse como una mujer profesional, organizada y elegante.

No podía aparecer con una cantidad absurda de equipaje.

El problema era que Cheyenne había insistido en que llevara ropa para cualquier eventualidad.

—Tres días —había dicho Aurora.

—Tres días con Luca.

—Es un viaje de trabajo.

—Precisamente.

—¿Cuántos vestidos necesito?

—Cinco.

—¡Cinco!

—Y dos pares de tacones.

—¡Dos!

—Y uno de repuesto.

Aurora había terminado metiendo casi media tienda en la maleta.

Ahora, frente al espejo, contemplaba el resultado.

Llevaba un traje elegante.

El cabello perfectamente arreglado.

Maquillaje discreto.

Y unos tacones que todavía no perdonaba.

—Mía está lista —murmuró.

Se miró.

—Aurora está aterrada.

Luca la esperaba en el estacionamiento privado de la empresa.

Cuando la vio acercarse, se quedó inmóvil durante un segundo.

Aurora sintió que el corazón se le aceleraba.

Él la observó.

No de manera descarada.

Simplemente la miró.

—Buenos días.

—Buenos días, señor Luca.

Él tomó su maleta.

—Déjame.

Aurora intentó protestar.

—Puedo llevarla.

—Lo sé.

—Entonces...

—Quiero hacerlo.

Aquella respuesta la desarmó.

Luca siempre había sido así.

Cuando estaban casados, jamás permitía que Aurora cargara cosas pesadas.

Incluso cuando ella insistía.

—No es necesario.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué...?

Luca la miró.

—Porque quiero.

Aurora bajó la mirada.

Una pequeña parte de ella quiso abrazarlo.

Pero recordó quién era.

Mía.

—Gracias.

Luca abrió la puerta del automóvil.

—Sube.

El viaje en automóvil hasta el aeropuerto fue extrañamente silencioso.

Luca revisaba algunos documentos.

Aurora miraba por la ventana.

Después de diez minutos, él habló.

—¿Estás nerviosa?

Aurora se giró.

—¿Por el viaje?

—Sí.

—Un poco.

—No tienes por qué.

Aurora sonrió.

—Es mi primer viaje contigo.

Luca levantó la mirada.

—¿Profesionalmente?

—Sí.

—Lo harás bien.

Aurora asintió.

—Gracias.

Luca volvió a sus documentos.

Aurora lo observó de reojo.

¿Cómo puedes ser tan atento y al mismo tiempo hacerme sentir tan sola?

Era una pregunta que llevaba meses atormentándola.

En el aeropuerto, todo fue todavía más extraño.

Luca caminaba junto a ella.

Algunos empleados lo saludaban.

Otros empresarios se acercaban a conversar.

Aurora observaba.

El hombre que conocía como su esposo era diferente cuando estaba en el trabajo.

Seguro.

Serio.

Respetado.

Incluso intimidante.

Y aun así, cada pocos minutos miraba hacia atrás para asegurarse de que ella estuviera cerca.

Cuando llegaron a la sala privada, Luca preguntó:

—¿Quieres café?

—Sí, gracias.

—¿Con azúcar?

Aurora se quedó inmóvil.

—Sin azúcar.

Luca sonrió.

—Bien.

Aurora lo miró.

Él no podía saber que acababa de responder exactamente como ella lo hacía cuando estaban casados.

Pero Luca simplemente pidió el café.

Cuando se lo entregaron, se lo dio.

—Aquí tienes.

—Gracias.

Ella bebió un sorbo.

Perfecto.

Como siempre.

El vuelo transcurrió sin problemas.

Hasta que llegó la hora de dormir.

Aurora miró la distribución de las habitaciones del hotel cuando llegaron.

—Señor Luca.

—¿Sí?

—Hay un problema.

Él se acercó.




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