La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 32: La puerta que guardaba la verdad

La llave permaneció toda la noche sobre la mesa de noche.

Pequeña.

Dorada.

Antigua.

Y, sin embargo, parecía pesar más que todos los secretos que Aurora había descubierto durante los últimos meses.

No había podido dormir.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma frase escrita por su madre:

“El día que Aurora deje de dudar del amor de Luca, entréguenle la llave.”

Aurora miró a Luca.

Él dormía profundamente.

Por primera vez en mucho tiempo parecía completamente tranquilo.

Aurora sonrió.

—Qué envidia —susurró.

Luca abrió un ojo.

—¿Estás hablando de mí?

Aurora dio un pequeño salto.

—¡Estabas dormido!

—Lo estaba.

—Entonces ¿cómo escuchaste?

—Tengo experiencia sobreviviendo a tus conversaciones nocturnas.

Aurora frunció el ceño.

—Yo no hablo dormida.

Luca sonrió.

—Claro que no.

—¿Qué digo?

—No puedo revelar información confidencial.

—¡Luca!

Él soltó una carcajada.

—Nada importante.

Aurora le lanzó una almohada.

—Mentiroso.

Luca atrapó la almohada.

—Ven aquí.

—No.

—Aurora.

—Tenemos una llave misteriosa.

—Y son las seis de la mañana.

—Exactamente.

—Entonces podemos investigar después del desayuno.

Ella lo miró.

—¿Desayuno?

—Sí.

—¿Ahora piensas primero en desayunar?

Luca sonrió.

—Estoy aprendiendo a tener prioridades saludables.

Aurora levantó una ceja.

—¿Quién eres y qué hiciste con mi marido?

—El marido que cancelaba desayunos por reuniones murió hace meses.

Ella sonrió.

—Me gusta el nuevo.

—A mí también.

Luca se acercó y besó suavemente su frente.

Aurora cerró los ojos.

Durante unos segundos, no existieron secretos.

Ni familias.

Ni amenazas.

Solo ellos.

Después del desayuno, todos se reunieron en el despacho.

Adrian estaba allí.

Nathaniel.

Gabriel.

Isabelle.

Incluso Cheyenne.

Esta última observaba la llave con expresión de detective.

—Yo digo que abre una caja fuerte.

Adrian la miró.

—Es una posibilidad.

—O una puerta secreta.

—También.

—O una caja con diamantes.

Aurora la miró.

—¿Por qué siempre piensas en diamantes?

—Porque estamos hablando de los Beaumont.

Luca suspiró.

—Por favor, que nadie encuentre otra fortuna escondida.

Cheyenne levantó una mano.

—Yo no me quejaría.

Aurora tomó la llave.

—Hay algo escrito.

Todos se acercaron.

En la parte inferior había una inscripción diminuta:

L-17.

Adrian frunció el ceño.

—¿L-17?

Gabriel se quedó inmóvil.

—La biblioteca.

Luca lo miró.

—¿Qué biblioteca?

—La antigua biblioteca Beaumont.

—Creía que había sido demolida.

—La parte pública sí.

Adrian entendió.

—Pero el archivo privado permaneció.

Aurora miró a Luca.

—¿Vamos?

Luca tomó su mano.

—Juntos.

Cheyenne levantó una bolsa.

—Yo llevo comida.

Todos la miraron.

—¿Qué? —dijo ella—. Ya aprendí que estas investigaciones duran horas.

La antigua biblioteca Beaumont estaba prácticamente abandonada.

El polvo cubría los muebles.

Los libros habían desaparecido.

Solo quedaban estantes vacíos.

Adrian encontró una escalera.

—Aquí.

Subieron al segundo nivel.

Al fondo había diecisiete compartimentos.

L-17.

Aurora introdujo la llave.

Giró.

Se escuchó un clic.

Una sección completa de la pared se desplazó.

Cheyenne abrió la boca.

—Sabía que había una puerta secreta.

Luca la miró.

—No habías dicho eso.

—Lo pensé.

—No cuenta.

Entraron.

La habitación era pequeña.

Había una mesa.

Una silla.

Y una caja.

Sobre ella había una fotografía de Elena.

Aurora se acercó.

Debajo de la fotografía había una carta.

La abrió.

Reconoció inmediatamente la letra de su madre.

“Mi querida Aurora:

Si estás leyendo esto, significa que sobreviviste.

Y significa también que encontraste a Luca.”

Aurora sintió que las lágrimas aparecían.

Continuó.

“Sé que probablemente tendrás miedo.

Sé que quizá pensarás que todo lo que ocurrió fue consecuencia de nuestra familia.

Pero hay algo que quiero que recuerdes.

Tú nunca fuiste parte de sus negocios.

Tú eras la razón por la que intentamos detenerlos.”

Aurora se cubrió la boca.

Luca la abrazó desde atrás.

Ella siguió leyendo.

“Nathaniel te amó desde antes de poder conocerte.

Yo te amé desde el instante en que supe que existías.

Y hubo otras personas que también decidieron protegerte.

Entre ellas estaba el padre de Luca.”

Luca cerró los ojos.

Aurora continuó.

“Él sabía que yo estaba en peligro.

Sabía que tú podías ser utilizada para presionarme.

Por eso hizo una promesa.”

Aurora miró a Luca.

—¿Qué promesa?

Adrian se acercó.

—Sigue leyendo.

Aurora lo hizo.

“Prometió que, si algún día tú y Luca se encontraban, jamás permitiría que los errores de las generaciones anteriores destruyeran lo que ustedes pudieran construir.”

Luca respiró profundamente.

Aurora sintió un nudo en la garganta.

“Pero no quería que su hijo conociera esta historia.

Quería que Luca te eligiera sin saber nada.

Porque solo así sabría que su amor era verdadero.”

Aurora dejó caer la carta.

—Dios mío.

Luca la tomó.

—Aurora…

Ella lo miró.

—Tu padre sabía de mí.

—Sí.

—Sabía que algún día podríamos conocernos.

—Pero no sabía que ocurriría.

Aurora sonrió entre lágrimas.

—Entonces no fue una conspiración para casarnos.




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