La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 31: La última fotografía de Elena

La mañana había comenzado con una tranquilidad que ninguno de ellos merecía después de todo lo ocurrido.

Pero aquella tranquilidad terminó cuando Adrian colocó una carpeta sobre la mesa.

—La encontramos.

Aurora levantó la mirada.

—¿Qué?

—La última fotografía de Elena.

El corazón de Aurora dio un vuelco.

Luca, que estaba sentado junto a ella, inmediatamente tomó su mano.

—¿Dónde estaba?

—En un archivo privado de la antigua clínica Beaumont.

Adrian abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía.

Una sola.

Aurora la tomó con manos temblorosas.

Era su madre.

Elena estaba de pie frente a un automóvil.

Parecía preocupada.

Pero había alguien más junto a ella.

Un hombre.

Aurora frunció el ceño.

—¿Quién es?

Nathaniel se acercó.

Miró la imagen.

Su rostro perdió el color.

—No.

—¿Lo conoces? —preguntó Luca.

Nathaniel no respondió.

Aurora insistió.

—Papá.

Nathaniel tragó saliva.

—Sí.

—¿Quién es?

—El hombre que me ayudó a mantenerte con vida.

Aurora sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Nathaniel señaló la fotografía.

—El hermano de tu madre.

Gabriel abrió los ojos.

—Pero Elena nunca tuvo un hermano.

Nathaniel lo miró.

—Eso es lo que todos creían.

Aurora observó nuevamente la fotografía.

—¿Entonces quién era?

Nathaniel respiró profundamente.

—Su nombre era Samuel Laurent.

Isabelle cerró los ojos.

—Samuel…

Aurora la miró.

—¿Tú lo conocías?

—Sí.

—¿Dónde está?

Isabelle tardó en responder.

—Murió hace once años.

Aurora sintió una punzada en el pecho.

—Entonces nunca podré conocerlo.

Nathaniel negó.

—No.

Todos lo miraron.

Nathaniel señaló una pequeña inscripción en la parte posterior.

—Porque esta fotografía fue tomada después de la fecha oficial de su muerte.

Silencio.

Luca tomó la fotografía.

La revisó.

—¿Qué fecha dice?

Adrian respondió:

—Hace nueve años.

Aurora abrió los ojos.

—Entonces estaba vivo.

—Sí.

—¿Y nadie lo sabía?

—Alguien sí.

Luca levantó la mirada.

—¿Quién?

Nathaniel respondió:

—Elena.

Aurora sintió las lágrimas.

—Mi madre sabía que estaba vivo.

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijo?

Nathaniel bajó la mirada.

—Porque Samuel era quien te protegía.

—¿De quién?

Nathaniel miró a Luca.

—De ellos.

Aquella palabra quedó flotando.

Ellos.

Aurora sintió que una parte de la historia volvía a abrirse.

—¿Quiénes eran ellos?

Nathaniel respondió:

—La red.

—¿La misma que manejaba el dinero?

—Sí.

—¿Y qué querían de mí?

Nathaniel dudó.

—No querían tu dinero.

Aurora sintió frío.

—Entonces ¿qué querían?

Nathaniel miró a Isabelle.

Ella fue quien respondió.

—Querían la información que tu madre había descubierto.

Aurora frunció el ceño.

—¿Qué información?

—Nombres.

Adrian intervino.

—Cuentas, empresas, personas involucradas, operaciones ocultas.

—¿Y mi madre tenía todo eso?

—Sí.

Aurora miró la fotografía.

—¿Dónde está ahora?

Nathaniel respondió:

—En un lugar que Elena preparó para ti.

—¿Para mí?

—Sí.

Luca se puso de pie.

—Vamos.

Aurora lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

Cheyenne, que había permanecido callada durante todo el intercambio, levantó una mano.

—Antes de que todos salgan corriendo hacia otra habitación secreta, ¿podemos desayunar?

Todos la miraron.

—¿Qué? —dijo ella—. Esta familia descubre conspiraciones con el estómago vacío. Eso jamás termina bien.

Aurora soltó una pequeña risa.

Luca sonrió.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—Ocho.

—Seis.

—Trato hecho.

Adrian suspiró.

—No puedo creer que estén negociando desayuno en medio de una investigación criminal.

Cheyenne señaló a Luca.

—Él negocia hasta el café.

—Eso es mentira —dijo Luca.

Aurora lo miró.

—No.

Luca la miró.

—¿Tú también?

—Eres exactamente así.

—Traición.

Por unos minutos, todos rieron.

Y Aurora agradeció aquel instante.

Porque sabía que, después de encontrar aquella información, probablemente nada volvería a ser sencillo.

El lugar indicado por la fotografía estaba debajo de una antigua propiedad Laurent.

Una casa abandonada.

O eso parecía.

Cuando llegaron, Aurora sintió una extraña familiaridad.

—Yo conozco este lugar.

Nathaniel la miró.

—¿Cómo?

—No sé.

Luca tomó su mano.

—No tienes que entrar si no quieres.

Aurora lo miró.

—Sí quiero.

—Entonces voy contigo.

Ella sonrió.

—Eso también es nuevo.

Luca frunció el ceño.

—¿Qué?

—Antes habrías dicho: “quédate aquí, yo voy”.

—Estoy aprendiendo.

—Lo sé.

Caminaron juntos.

La casa estaba cubierta de polvo.

Las paredes tenían humedad.

Pero debajo de una escalera encontraron una puerta.

Aurora recordó algo.

—Mamá me decía que nunca entrara al sótano.

Nathaniel se acercó.

—Porque allí estaba el archivo.

Adrian abrió la puerta.

Encontraron cajas.

Decenas.

Cientos.

Documentos.

Fotografías.

Contratos.

Aurora sintió que estaba entrando directamente en el pasado de su madre.

Luca permaneció a su lado.

—¿Quieres que me quede contigo?

Aurora lo miró.

—Sí.

—Entonces no me moveré.

Ella apoyó la cabeza brevemente sobre su hombro.

—Gracias.

Horas después encontraron una caja marcada con una sola palabra:




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