La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 4 El regreso de Mía

Aurora no había dormido bien.

Había pasado la mayor parte de la noche mirando el techo de la habitación del hotel, con el corazón acelerado y una mezcla de emoción, nervios y culpa que no conseguía controlar.

Al día siguiente tendría su entrevista.

No como Aurora.

Como Mía Laurent.

Su propio marido sería quien la entrevistaría.

Y él no tendría la menor idea de que la mujer sentada frente a él era la esposa a la que llevaba semanas suplicándole que regresara.

—Esto es una locura —murmuró.

Desde la otra cama, Cheyenne abrió un ojo.

—¿Ya estás arrepentida?

—No.

—Entonces duerme.

—No puedo.

—Piensa en otra cosa.

Aurora se giró hacia ella.

—Estoy pensando en Luca.

Cheyenne se incorporó.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Por qué?

—Porque mañana tienes que recordar que eres Mía.

Aurora suspiró.

—¿Y si me mira y me reconoce?

—No lo hará.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—¿Y si reconoce mis ojos?

—Llevas lentes.

—¿Mi voz?

—Has practicado.

—¿Mi manera de caminar?

—Llevas tacones.

Aurora miró los zapatos que estaban junto a la cama.

—Odio esos zapatos.

—Mía no los odia.

—Mía sí.

—Mía jamás diría eso.

Aurora soltó una carcajada.

—Esto es absurdo.

Cheyenne sonrió.

—Pero admito que es divertido.

Aurora volvió a acostarse.

—¿Y si él intenta coquetear conmigo?

Cheyenne se quedó pensativa.

—Entonces mantienes la calma.

—¿Y si me dice algo romántico?

—Mantienes la calma.

—¿Y si me mira demasiado?

—Mantienes la calma.

—¿Y si me parece atractivo?

Cheyenne sonrió.

—Ahí tenemos un problema.

Aurora le lanzó una almohada.

—¡Cállate!

A las siete de la mañana, Aurora estaba frente al espejo.

Ya no parecía la mujer que había salido de casa meses atrás.

El cambio era evidente.

Había recuperado su figura de una manera saludable, su rostro se veía más definido y su cabello estaba perfectamente arreglado.

Pero Cheyenne insistía en que el verdadero cambio estaba en la postura.

—Espalda recta.

Aurora corrigió la postura.

—Mentón arriba.

Lo hizo.

—No sonrías demasiado.

—¿Por qué?

—Mía no sonríe cuando está nerviosa.

—Pero yo sí.

—Por eso tienes que controlarlo.

Aurora respiró profundamente.

—¿Qué tal?

Cheyenne la observó.

—Perfecta.

Aurora miró nuevamente su reflejo.

—Tengo miedo.

Cheyenne se acercó.

—No tengas miedo.

—¿Y si todo esto destruye mi matrimonio?

—Aurora, si tu matrimonio es sólido, esto no lo destruirá.

—¿Y si no lo es?

—Entonces finalmente dejarás de vivir con dudas.

Aurora asintió.

Tomó su bolso.

—Vamos.

La empresa de Luca ocupaba un enorme edificio en el centro financiero de la ciudad.

Cuando Aurora bajó del automóvil, levantó la mirada.

Habían pasado meses desde la última vez que había estado allí.

Como esposa de Luca, muchas veces había entrado por la puerta principal.

Ahora lo hacía como una desconocida.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

—Respira —dijo Cheyenne.

—Estoy respirando.

—Parece que vas a desmayarte.

—Estoy intentando no hacerlo.

Cheyenne tomó sus hombros.

—Recuerda: eres Mía.

Aurora cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

—Soy Mía.

—Exacto.

—No soy Aurora.

—No.

—No soy su esposa.

—No.

—Soy su candidata para asistente personal.

—Exactamente.

Aurora entró.

La recepción estaba llena de empleados.

Algunos hablaban por teléfono.

Otros caminaban apresurados.

Una mujer detrás del escritorio levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días. Soy Mía Laurent. Tengo una entrevista con el señor Luca.

La recepcionista revisó la computadora.

—Sí. La estamos esperando.

Aurora tragó saliva.

La estamos esperando.

Aquellas palabras hicieron que su estómago se revolviera.

La recepcionista señaló el ascensor.

—Piso treinta y ocho.

—Gracias.

Aurora caminó hacia el ascensor.

Cada paso le parecía demasiado fuerte.

Cuando las puertas se cerraron, soltó el aire.

—¡Dios mío!

Una mujer que estaba a su lado la miró.

—¿Se encuentra bien?

Aurora sonrió.

—Perfectamente.

—Parece nerviosa.

—Primera entrevista.

La mujer sonrió.

—Buena suerte.

—Gracias.

Las puertas se abrieron.

Aurora salió.

Y allí estaba.

La oficina de Luca.

El mismo lugar donde había pasado tantas tardes esperándolo.

Ahora ella estaba allí para engañarlo.

Aunque, técnicamente, no quería engañarlo.

Quería descubrir la verdad.

Una secretaria se acercó.

—Señorita Laurent.

—Sí.

—El señor Luca la espera.

Aurora sintió que el corazón se le detenía.

—¿Ahora?

—Ahora.

La mujer abrió una puerta.

Aurora respiró profundamente.

Y entró.

Luca estaba de espaldas.

Miraba por la ventana.

Llevaba un traje oscuro.

Su cabello estaba ligeramente despeinado.

Y sostenía un teléfono en la mano.

Aurora sintió una punzada en el pecho.

Lo había extrañado.

Muchísimo.

A pesar de todo.

A pesar de la sospecha.

A pesar del plan.

Seguía amándolo.

Luca se giró.

Y Aurora dejó de respirar.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Él la observó.

Aurora esperaba que algo en su mirada cambiara.

Una chispa.

Un reconocimiento.

Algo.

Pero no ocurrió.

Luca simplemente extendió la mano.

—Señorita Laurent.

Aurora sintió un extraño alivio y una pequeña decepción al mismo tiempo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.