La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 35: El miedo de Aurora y la prueba que Luca no esperaba

Aurora llevaba casi una hora sentada frente a la ventana de la sala.

No hacía nada.

No leía.

No pintaba.

Ni siquiera estaba mirando realmente la ciudad.

Simplemente tenía la taza de café entre las manos y observaba cómo las gotas de lluvia recorrían lentamente el cristal.

Luca la miraba desde el otro extremo de la habitación.

Había aprendido a reconocer ese silencio.

No era el silencio tranquilo de Aurora.

Era el silencio de Aurora cuando estaba pensando demasiado.

Y cuando Aurora pensaba demasiado, normalmente terminaba imaginando diez escenarios diferentes, ocho de ellos terribles y los otros dos completamente absurdos.

Luca dejó su teléfono sobre la mesa.

—Aurora.

Ella no respondió.

—Amor.

Aurora parpadeó.

—¿Sí?

—Llevas veinte minutos mirando la misma gota.

Aurora miró el cristal.

—No es la misma.

Luca levantó una ceja.

—¿Hay una competencia entre las gotas?

—No.

—Porque si la hay, quiero apostar por la de la esquina.

Aurora sonrió apenas.

—Eres tonto.

—Eso significa que todavía tengo posibilidades.

Ella volvió a mirar hacia la ventana.

La sonrisa desapareció.

Luca se levantó y caminó hasta ella.

No intentó abrazarla inmediatamente.

Había aprendido otra cosa.

No debía solucionar cada emoción de Aurora antes de comprenderla.

Se sentó a su lado.

—¿Qué estás pensando?

—Nada.

Luca la miró.

—Esa palabra debería estar prohibida.

—¿Por qué?

—Porque cuando dices "nada", generalmente significa "demasiadas cosas y no sé cómo decirlas".

Aurora bajó la mirada.

—Estoy pensando en nosotros.

Luca esperó.

—¿Y?

Aurora respiró profundamente.

—¿De verdad me amas?

La pregunta lo golpeó con más fuerza de lo que esperaba.

No porque fuera nueva.

Sino porque sabía de dónde venía.

Aurora no estaba preguntando si Luca la amaba.

Estaba preguntando si podía confiar en que ese amor duraría.

—Sí.

Ella hizo una mueca.

—Eso fue demasiado rápido.

—Porque no tengo que pensarlo.

—Pero yo sí.

Luca asintió.

—Lo sé.

Aurora dejó la taza sobre la mesa.

—A veces pienso que todo esto es demasiado bueno para ser verdad.

—¿Todo qué?

—Tú.

Luca sonrió con incredulidad.

—¿Yo?

—Sí.

—Aurora, soy un hombre que olvidó tres veces dónde dejó sus llaves esta semana.

—Pero eres rico.

—Eso no mejora mi memoria.

Ella soltó una pequeña risa.

Luca aprovechó para tomarle la mano.

—Dime qué te preocupa.

Aurora se quedó callada durante varios segundos.

—Que un día te canses.

La expresión de Luca cambió.

—¿De ti?

—Sí.

—¿Por qué?

Aurora tragó saliva.

—Porque ahora soy diferente. Más segura. Más independiente. Pero antes... antes yo sentía que no era suficiente.

Luca apretó suavemente su mano.

—Aurora...

—Déjame terminar.

Él asintió.

—Antes pensaba que cualquier mujer podía llamar tu atención. Una mujer elegante. Delgada. Segura. Inteligente. Una mujer que entendiera tus reuniones, tus negocios, tus viajes...

—Tú eres inteligente.

—No siempre.

—Yo tampoco.

—Tú finges mejor.

Luca soltó una carcajada.

—Eso es discutible.

Aurora lo miró.

—Y cuando fui Mía...

Luca se quedó inmóvil.

—¿Qué pasa con Mía?

—Tú la encontraste interesante.

—Porque eras tú.

—Pero no sabías que era yo.

—Me parecías familiar.

—Y aun así te interesaba conocerme.

Luca negó lentamente.

—Me interesabas como persona. No como mujer disponible.

Aurora frunció el ceño.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que me intrigabas. Pero yo seguía amando a mi esposa.

Aurora bajó los ojos.

—Eso es lo que todavía me cuesta entender.

—¿Qué?

—Que pudieras sentir curiosidad por otra mujer y al mismo tiempo seguir amándome.

Luca respiró profundamente.

—Aurora, sentir curiosidad no es dejar de amar. Pero también quiero que entiendas algo.

Se inclinó hacia ella.

—Nunca crucé una línea.

Ella lo miró.

—Lo sé.

—No. Lo sabes con la cabeza. Pero quiero que algún día también lo sepas con el corazón.

Aurora sintió un nudo en la garganta.

—¿Y cómo hago eso?

Luca sonrió suavemente.

—No lo sé.

Ella abrió los ojos.

—¿No sabes?

—No.

—¡Qué pésimo esposo!

—¡Estoy siendo honesto!

Aurora empezó a reír.

—Entonces ¿qué hacemos?

—Aprender.

—¿Juntos?

—Juntos.

Luca llevó la mano de Aurora a sus labios.

—Y esta vez sin pelucas.

Aurora abrió la boca.

—¡La peluca fue necesaria!

—Era horrible.

—¡Era una excelente peluca!

—Parecías una agente inmobiliaria que había descubierto el espionaje.

Aurora lo golpeó suavemente en el hombro.

—¡Cállate!

Luca empezó a reír.

Durante unos segundos, el peso de los últimos meses desapareció.

Pero entonces sonó el teléfono.

Era Adrian.

Luca contestó.

—¿Qué encontraste?

La expresión de su rostro cambió lentamente.

Aurora lo observó.

—¿Dónde?

Silencio.

—Vamos para allá.

Colgó.

—¿Qué pasó?

—Adrian encontró la grabación de Elena.

Aurora se puso de pie inmediatamente.

—¿La de la que habló Victor?

—Sí.

—Entonces vamos.

Una hora después, estaban en una pequeña oficina privada.

Adrian había colocado una computadora sobre la mesa.

Gabriel estaba allí.

Nathaniel también.

Valeria permanecía de pie junto a la ventana.

Cheyenne había insistido en acompañarlos.

—No voy a quedarme en casa mientras ustedes descubren secretos familiares —había declarado—. Ya sufrí demasiado viendo películas de misterio como para perderme el final.




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