Aurora había pensado que viajar con Luca durante doce días sería una mala idea.
Después de las primeras veinticuatro horas, comprendió que había sido una idea muchísimo peor de lo que imaginaba.
No porque Luca hubiera hecho algo indebido.
Todo lo contrario.
Ese era precisamente el problema.
Luca era demasiado atento.
Demasiado respetuoso.
Demasiado familiar.
Y, sobre todo, demasiado parecido al hombre del que Aurora se había enamorado años atrás.
El hombre que ella había extrañado.
El hombre que creyó haber perdido.
Y ahora estaba ahí, sentado frente a ella en un avión privado, revisando documentos mientras le preguntaba cada cierto tiempo si había comido.
Era desesperante.
—Mía.
Aurora levantó la mirada.
—¿Sí?
—¿Quieres café?
—No.
Cinco minutos después:
—¿Quieres agua?
—No.
Cinco minutos más:
—¿Tienes frío?
—No.
Luca levantó una ceja.
—¿Siempre respondes así?
—¿Así cómo?
—Como si cada pregunta fuera una amenaza.
Aurora apretó los labios.
—Estoy concentrada.
—Llevas diez minutos mirando la misma página.
Ella bajó la mirada hacia el documento.
Era cierto.
No había leído una sola palabra.
—Estoy pensando.
—Eso parece peligroso.
Aurora lo miró indignada.
—¿Perdón?
Luca sonrió.
—Era una broma.
—No parece usted una persona que haga bromas.
—Mi esposa dice lo mismo.
Aurora suspiró.
Otra vez su esposa.
Siempre su esposa.
—Habla mucho de ella.
Luca dejó el documento sobre la mesa.
—Sí.
—¿No le molesta que la gente piense que está obsesionado?
—No.
—¿Por qué?
—Porque lo estoy.
Aurora se quedó sin respuesta.
Luca volvió a sus documentos como si acabara de decir algo completamente normal.
Ella lo observó durante varios segundos.
Después abrió su computadora.
—Tengo trabajo.
—Eso es lo que dices cada vez que quieres evitar una conversación.
Aurora levantó lentamente la cabeza.
—¿Siempre analiza a sus empleados?
—No.
—Entonces, ¿por qué conmigo sí?
Luca la miró.
Y por primera vez no respondió inmediatamente.
—Porque me resultas extrañamente familiar.
Aurora sintió que se le helaba la sangre.
—¿Familiar?
—Sí.
—¿A quién?
—A mi esposa.
Silencio.
Aurora sonrió nerviosamente.
—Debe extrañarla mucho.
Luca bajó la mirada.
—Más de lo que debería.
Cuando aterrizaron en Londres, ya era de noche.
El clima estaba frío y húmedo.
Aurora se ajustó el abrigo mientras caminaban hacia el automóvil.
Luca se detuvo.
—Espera.
—¿Qué pasa?
Él tomó una bufanda de su equipaje y se la entregó.
—Póntela.
—Estoy bien.
—Hace frío.
—Puedo soportarlo.
—Mía.
Ella lo miró.
—Póntela.
Aurora puso los ojos en blanco y obedeció.
Luca sonrió.
—Gracias.
—No soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces no tiene que decirme qué hacer.
—Mi esposa también dice eso.
Aurora cerró los ojos.
—Por supuesto.
Luca soltó una pequeña risa.
—Definitivamente te pareces a ella.
Aurora sintió que quería esconderse debajo del automóvil.
El hotel era uno de los más exclusivos de la ciudad.
Luca había reservado dos suites separadas.
Aurora respiró aliviada.
Hasta que vio las habitaciones.
La suya estaba frente a la de él.
Literalmente frente a frente.
Cuando entró, dejó el bolso sobre la cama y respiró profundamente.
—Doce días —murmuró.
Miró el reloj.
—Doce días.
Se llevó ambas manos al rostro.
—¿En qué estaba pensando?
El teléfono vibró.
Cheyenne.
Aurora contestó.
—¿Qué?
—¡¿Llegaste?!
—Sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Cómo está él?
Aurora puso los ojos en blanco.
—Igual de insoportable.
—¿Te miró?
—Sí.
—¿Mucho?
—Cheyenne...
—Solo pregunto.
—Sí, me mira.
—¡Lo sabía!
—¡Pero no de esa manera!
—¿Qué manera?
Aurora se dejó caer sobre la cama.
—Como si estuviera intentando recordar de dónde me conoce.
Hubo silencio.
—Aurora...
—¿Qué?
—Tal vez deberías dejar de jugar con fuego.
—No estoy jugando.
—Estás viviendo doce días con tu marido fingiendo ser otra mujer.
Aurora no respondió.
—Eso es literalmente jugar con fuego.
—Voy a tener cuidado.
—Eso dijiste antes de convertirte en Mía.
—Y funcionó.
—Sí, pero ahora estás a kilómetros de casa.
Aurora miró hacia la puerta.
—No voy a hacer nada.
—¿Y él?
—Tampoco.
—¿Estás segura?
Aurora pensó en Luca.
—Sí.
El segundo día comenzó a las seis de la mañana.
Aurora apenas había dormido.
Tenía una reunión a las ocho.
Cuando salió de su habitación, encontró a Luca en el pasillo.
Él estaba vestido con un traje oscuro.
—Buenos días.
—Buenos días.
Luca la observó.
—¿Dormiste?
—Sí.
—Mentira.
Aurora parpadeó.
—¿Cómo sabe?
—Tienes ojeras.
—Son las gafas.
—No.
Ella suspiró.
—Dormí poco.
—¿Por qué?
—Trabajo.
Luca negó con la cabeza.
—Desayuna.
—No tengo hambre.
—Aurora...
Ella se congeló.
Luca también.
Se miraron.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Aurora sintió que había cometido el error más grande de su vida.
—Nada.
—Me llamaste Aurora.
—¿Yo?
—Sí.
—Dije... ¿ahora?
Luca la observó fijamente.
Aurora sonrió de manera absurda.
—Debe haber sido el acento.
—¿Qué acento?
—No sé.
Luca entrecerró los ojos.
Ella decidió huir.
Editado: 01.10.2026