Luca no durmió bien aquella noche.
No por la cena.
Ni siquiera por el incidente de Mía en el baño.
Había algo que no lograba quitarse de la cabeza.
Algo que, hasta entonces, había considerado una simple coincidencia.
Mía se parecía a Aurora.
No físicamente.
No exactamente.
Era otra cosa.
Una forma de reaccionar.
Una manera de inclinar la cabeza cuando estaba confundida.
La costumbre de tocarse el cabello cuando estaba nerviosa.
La forma de decir "no pasa nada" precisamente cuando algo sí pasaba.
Y, sobre todo, aquella extraña sensación de familiaridad que había tenido desde el primer día.
Luca se levantó de la cama y caminó hasta la ventana.
Miró Londres.
Después abrió el teléfono.
La fotografía de Aurora seguía allí.
La contempló durante varios segundos.
—No puede ser —murmuró.
Se rio de sí mismo.
Aquello era absurdo.
Su esposa estaba lejos.
Había decidido alejarse durante cuatro meses.
Mía era una mujer que acababa de conocer.
No tenía sentido relacionarlas.
Además, Aurora no se parecía a Mía.
Aurora había tenido otra apariencia.
Otra forma de vestir.
Otro estilo.
Otra personalidad.
No.
Era imposible.
Luca dejó el teléfono.
Pero la duda no desapareció.
A la mañana siguiente, Mía llegó al despacho antes que él.
Como siempre.
Organizó los documentos.
Revisó la agenda.
Preparó las carpetas.
Y dejó una taza de café sobre el escritorio de Luca.
Cuando él llegó, se detuvo.
—¿Café?
—Sí.
—¿Cómo sabes cómo lo tomo?
Aurora se quedó inmóvil.
—Lo mencionó ayer.
Luca la observó.
—No.
Ella sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿No?
—Ayer pediste café para ti.
—Sí.
—Pero nunca te dije cómo lo tomo yo.
Aurora miró la taza.
Había cometido un error.
Uno pequeño.
Pero real.
—Lo vi pedirlo otras veces.
Luca no respondió.
Ella añadió rápidamente:
—Además, todos los ejecutivos de esta empresa toman el mismo café.
Él levantó una ceja.
—¿Todos?
—La mayoría.
Luca tomó la taza.
Bebió un poco.
—Está perfecto.
Aurora sonrió.
—Me alegra.
Luca dejó la taza sobre la mesa.
—Gracias.
Ella regresó a su computadora.
Él siguió observándola unos segundos.
No dijo nada.
Pero lo anotó mentalmente.
Primera coincidencia.
Dos horas después, tuvieron una reunión.
Uno de los directivos presentó un informe.
—Como pueden ver, el margen...
—Ese porcentaje está equivocado.
Todos miraron a Aurora.
Ella señaló una cifra.
—El cálculo utiliza el trimestre anterior, no la proyección actual.
El director revisó sus papeles.
Tenía razón.
Luca la observó.
—¿Cómo lo notaste?
—Porque la fórmula cambia.
—Eso requiere conocer el modelo financiero.
Aurora se encogió de hombros.
—Es mi trabajo.
La reunión continuó.
Pero Luca seguía pensando.
Aurora nunca había sido especialmente buena con los números.
No porque fuera incapaz.
Simplemente nunca le habían interesado demasiado.
A ella le gustaba la pintura.
La lectura.
La decoración.
La cocina.
No las finanzas.
Mía, en cambio, parecía tener una memoria excepcional para ellas.
Otra coincidencia.
No era suficiente.
Pero empezaba a acumularse.
Al mediodía, Luca salió de su despacho.
Encontró a Mía organizando unos documentos.
—¿Has almorzado?
—Todavía no.
—Vamos.
Aurora levantó la cabeza.
—¿A dónde?
—A comer.
—Tengo trabajo.
—Puedes hacerlo después.
—Pero...
—Es una orden.
Aurora puso los ojos en blanco.
—Está bien.
Luca sonrió.
—Eso también lo dice mi esposa.
Aurora se levantó.
—Su esposa debe ser muy paciente.
—No.
Luca sonrió.
—Es bastante terca.
Aurora abrió la boca.
—Yo no soy terca.
Luca se detuvo.
La miró.
—No dije que tú lo fueras.
Aurora comprendió su error.
—Solo estaba hablando.
—Ya.
Continuaron caminando.
Durante el almuerzo, Luca decidió hacer algo que normalmente no hacía.
Preguntar.
—¿Dónde aprendiste a cocinar?
Aurora casi dejó caer el tenedor.
—¿Cocinar?
—Sí.
—¿Por qué?
—Ayer mencionaste que no te gustaban ciertos restaurantes.
—Tengo gustos específicos.
—¿Quién te enseñó?
Aurora tomó agua.
—Mi madre.
—¿Qué plato haces mejor?
Ella respondió sin pensar.
—Pasta con salsa de tomate asado.
Luca dejó de comer.
Aurora también.
Él la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué me miras así?
—Porque ese es el plato favorito de mi esposa.
Aurora sintió que el corazón le daba un golpe.
—Es un plato bastante común.
—No exactamente como lo prepara ella.
—¿Cómo lo prepara?
Luca sonrió.
—Asa primero los tomates.
Aurora se quedó inmóvil.
—Sí.
—Después agrega albahaca fresca.
Ella tragó saliva.
—Sí.
—Y nunca utiliza la salsa directamente del frasco.
Aurora dejó el tenedor.
—Es horrible usar salsa de frasco.
Luca la miró fijamente.
Ella acababa de cometer otro error.
Porque aquella frase era exactamente la que Aurora había dicho cientos de veces.
Luca se recostó en la silla.
—¿Quién te enseñó esa receta?
Aurora intentó sonreír.
—Mi madre.
—¿También?
—Sí.
Luca no dijo nada.
Ella tomó agua.
Él continuó comiendo.
Pero la expresión de su rostro había cambiado.
Esa tarde, Luca buscó algo en su teléfono.
Abrió una fotografía antigua.
Editado: 01.10.2026