La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 30: ¿Me amas a mí?

Aurora no volvió a hablar durante varios minutos.

Seguía mirando el mensaje que había recibido.

“No busques a Isabel. Ella ya te encontró.”

Cualquier otra persona habría sentido miedo.

Ella también lo sentía.

Pero había algo mucho más fuerte ocupando su cabeza.

Una pregunta que llevaba meses escondida.

Una pregunta que no tenía nada que ver con Valeria, con el fraude, con los documentos falsificados ni con las familias Beaumont y Laurent.

Era una pregunta mucho más sencilla.

Y, para Aurora, mucho más dolorosa.

¿Luca realmente la amaba?

No dudaba de que él había sido fiel.

Ya lo sabía.

Había visto suficientes pruebas.

Había viajado con él disfrazada de Mía.

Había esperado encontrar una amante.

Había intentado provocarlo.

Había observado cada conversación.

Y Luca no había cruzado ninguna línea.

Al contrario.

Había hablado de ella.

De su esposa.

De cuánto la extrañaba.

De la casa que había construido para ella.

De los pequeños detalles que recordaba.

Entonces…

¿Por qué seguía sintiendo aquella inseguridad?

Aurora miró a Luca.

Él estaba hablando con Adrian.

Serio.

Concentrado.

Elegante.

Seguro de sí mismo.

Y ella volvió a sentir aquella vieja sensación.

La misma que había tenido antes de marcharse.

La sensación de no estar a su altura.

Luca podía tener a cualquier mujer.

Ella lo sabía.

Mujeres altas.

Delgadas.

Elegantes.

Seguras.

Mujeres que podían entrar a una habitación y hacer que todos las miraran.

Mujeres que sabían exactamente cómo vestir.

Cómo hablar.

Cómo moverse.

Aurora había pasado años sintiéndose como la mujer que estaba detrás de todas ellas.

Y aunque su transformación había cambiado muchas cosas…

No había conseguido cambiar completamente aquello que llevaba dentro.

—Aurora.

Ella levantó la mirada.

Luca estaba frente a ella.

—¿Estás bien?

—Sí.

Él entrecerró los ojos.

—Eso significa que no.

Aurora intentó sonreír.

—Estoy cansada.

Luca se acercó.

—Ven.

—¿A dónde?

—A casa.

—¿Y el misterio?

—Puede esperar unas horas.

Adrian levantó una ceja.

—Eso lo dices porque no eres tú quien lleva tres años siguiendo documentos.

Luca lo miró.

—Adrian.

—Ya me callo.

Aurora soltó una pequeña risa.

—Pobre Adrian.

—Gracias —respondió él—. Por fin alguien reconoce mi sufrimiento.

Luca negó con la cabeza.

—Vamos.

En el automóvil, Aurora permaneció callada.

Luca no la presionó.

Había aprendido.

Antes habría comenzado a hacer preguntas.

Habría intentado resolver el problema.

Quizá incluso habría llamado a alguien para averiguar qué necesitaba.

Ahora simplemente tomó su mano.

Aurora miró sus dedos entrelazados.

Ese pequeño gesto le dolió.

Porque era exactamente lo que había querido durante años.

No regalos.

No viajes.

No joyas.

No una casa enorme.

Eso.

Su mano.

Su atención.

Su presencia.

Y ahora que la tenía, todavía sentía miedo.

—Luca.

—¿Sí?

—¿Puedo preguntarte algo?

—Lo que quieras.

Aurora tragó saliva.

—¿Por qué me amas?

Luca no respondió inmediatamente.

Ella sintió que el corazón se le aceleraba.

—No tienes que contestar.

—Sí quiero.

—No quiero que me digas algo bonito solamente porque sabes que necesito escucharlo.

Luca la miró.

—Entonces no te diré algo bonito.

Aurora bajó la mirada.

—Está bien.

—Te amo porque eres tú.

—Eso es demasiado fácil.

Luca sonrió.

—Lo sabía.

Aurora lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Sabía que no aceptarías una respuesta sencilla.

Ella sonrió ligeramente.

—Te conozco.

—Yo también te conozco.

Luca tomó aire.

—Te amo porque cuando te conocí no intentaste impresionarme.

Aurora lo miró.

—Ni siquiera sabías quién era yo.

—Exactamente.

—Porque pensaba que eras un hombre arrogante.

—Lo sé.

—Y bastante antipático.

—También lo sé.

—Y mandón.

—Eso me parece injusto.

Aurora arqueó una ceja.

—¿Injusto?

—Soy un hombre razonablemente mandón.

Ella soltó una carcajada.

—¡Luca!

Él sonrió.

—Me gusta hacerte reír.

La expresión de Aurora cambió.

—Ese es el problema.

Luca dejó de sonreír.

—¿Qué problema?

—Que ahora me haces reír.

—Eso no suena como un problema.

—Antes también me hacías reír.

Aurora respiró profundamente.

—Pero después te ibas.

Luca quedó en silencio.

—Me quedaba sola —continuó ella—. Y cada vez que te ibas pensaba que quizá había algo más importante que yo.

—Aurora…

—No quiero volver a sentir eso.

Luca apretó su mano.

—No volverás.

—No puedes prometerlo.

—Sí puedo.

—No.

Ella negó con la cabeza.

—Puedes prometer que intentarás estar conmigo. Puedes prometer que no me engañarás. Puedes prometer que hablarás conmigo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pero no puedes prometer que algún día no dejarás de amarme.

Luca se quedó mirándola.

Y por primera vez entendió que el problema no era su fidelidad.

El problema era que Aurora no confiaba en la permanencia de su amor.

Al llegar a casa, Luca no quiso hablar en la sala.

La llevó al jardín.

Era de noche.

Las luces pequeñas iluminaban los árboles.

Aurora se sentó en una banca.

Luca se sentó frente a ella.

—Mírame.

Aurora levantó los ojos.

—¿Qué?

—Quiero que me hagas todas las preguntas que tengas.

—Son muchas.




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