Durante varios segundos nadie habló.
La frase de Valeria permanecía suspendida en el aire.
El hombre que podía tener la última página estaba en Nueva York.
Aurora miró a Luca.
—Tenemos que regresar.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Están seguros?
Luca asintió.
—La información está en mi ciudad. Mi familia está relacionada con esto. Mi esposa está siendo amenazada. No pienso quedarme en Londres esperando a que otra persona decida nuestro siguiente movimiento.
Valeria negó.
—No entiendes.
—Entonces explícate.
—Mi hermano no es como mi padre.
Aurora frunció el ceño.
—¿Eso debería tranquilizarnos?
Valeria hizo una mueca.
—No.
Aurora suspiró.
—Por fin alguien habla con claridad.
Adrian soltó una pequeña risa.
Luca la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Es que empiezas a sonar como antes.
Aurora sonrió.
—¿Eso es bueno?
—Es perfecto.
Valeria observó la escena.
Y por primera vez pareció comprender algo que quizá había subestimado.
Aurora no era una debilidad para Luca.
Era precisamente lo que hacía que él siguiera luchando.
Una decisión peligrosa
Horas después, Luca reunió a su equipo.
El regreso a Nueva York sería esa misma noche.
El avión privado estaba preparado.
Los documentos serían trasladados bajo custodia.
Y cuatro vehículos de seguridad acompañarían al convoy desde el aeropuerto.
Aurora escuchó todas las instrucciones.
Después levantó la mano.
Luca la miró.
—¿Sí?
—Tengo una pregunta.
—Dime.
—¿Por qué necesitamos cuatro vehículos?
—Seguridad.
—¿Y seis guardaespaldas?
—Seguridad.
—¿Y dos escoltas dentro del avión?
—Seguridad.
Aurora cruzó los brazos.
—¿Y por qué hay un hombre siguiéndome hasta cuando voy al baño?
El jefe de seguridad se aclaró la garganta.
Luca miró hacia otro lado.
—Eso no fue planeado.
—¡Pues alguien debería avisarle!
Adrian se rio.
Valeria también.
Aurora señaló a ambos.
—Ustedes dos no ayudan.
Luca finalmente sonrió.
—Prometo solucionarlo.
—Gracias.
—Aunque...
—¿Qué?
—Después de lo que pasó, prefiero tener demasiada seguridad que demasiado poca.
Aurora dejó escapar un suspiro.
—Está bien.
Luca se acercó.
—¿Tienes miedo?
Ella lo miró.
—Sí.
—Yo también.
Aurora abrió los ojos.
—¿Tú?
—Claro.
—Pensé que no tenías miedo de nada.
Luca sonrió.
—Tengo miedo de perderte.
Aurora sintió que el corazón se le apretaba.
—No me vas a perder.
—¿Promesa?
—Promesa.
Luca tomó su mano.
—Entonces vamos a casa.
El avión
El viaje comenzó sin incidentes.
Aurora se sentó junto a la ventana.
Luca estaba a su lado.
Durante varios minutos ninguno habló.
Finalmente Aurora preguntó:
—¿Por qué nunca me dijiste que conocías a la familia Laurent?
Luca la miró.
—Porque no sabía que existía esa conexión.
—¿Nunca escuchaste ese apellido?
—No.
—¿Ni de tu padre?
—No.
Aurora bajó la mirada.
—Mi madre tampoco me contó nada.
—Quizá intentaba protegerte.
—¿De qué?
Luca tomó su mano.
—De algo que todavía no conocemos.
Aurora apoyó la cabeza en su hombro.
—Tengo tantas preguntas.
—Las responderemos.
—¿Todas?
—Todas las que podamos.
—¿Y las que no podamos?
—Las seguiremos buscando.
Ella sonrió.
—Antes habrías dicho que estabas demasiado ocupado.
Luca cerró los ojos un instante.
—Lo sé.
—No lo dije para herirte.
—Lo sé.
—Pero es verdad.
—Sí.
Luca la miró.
—Y no quiero volver a ser ese hombre.
Aurora levantó la cabeza.
—¿Cuál?
—El que tenía una esposa maravillosa y pensaba que darle todo económicamente era suficiente.
Ella sonrió tristemente.
—Yo tampoco quiero volver a ser la mujer que se queda callada hasta explotar.
—Entonces tenemos trabajo.
—Mucho.
—¿Y empezamos ahora?
—Sí.
Luca sonrió.
—Primera regla.
—¿Cuál?
—Cuando algo te moleste, me lo dices.
Aurora pensó.
—Segunda regla.
—¿Cuál?
—Cuando estés demasiado ocupado, me lo dices.
—De acuerdo.
—Tercera regla.
—¿Sí?
—Nunca más voy a contratar una peluca sin supervisión profesional.
Luca soltó una carcajada.
—Eso es importante.
—La peluca de Mía era horrible.
—Era terrible.
Aurora abrió la boca.
—¡¿Tú también lo pensabas?!
—Sí.
—¡Y nunca me dijiste!
—Estaba intentando ser un esposo comprensivo.
—¡Parecía que tenía una ardilla muerta en la cabeza!
Luca se rio con tanta fuerza que tuvo que cubrirse la boca.
Aurora comenzó a reír.
Y durante unos minutos, en aquel avión atravesando el cielo, ambos olvidaron que regresaban hacia una situación peligrosa.
La llamada de Nueva York
A mitad del vuelo, el teléfono de Luca vibró.
Era su jefe de seguridad.
—Habla.
Su expresión cambió.
Aurora lo observó.
—¿Qué ocurrió?
Luca terminó la llamada.
—Han entrado en mi oficina.
Aurora se puso seria.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
—¿Se llevaron algo?
—No lo saben.
—¿El documento?
—No.
—¿La caja fuerte?
—Está intacta.
Adrian se acercó.
—Entonces buscaban otra cosa.
Luca asintió.
—Exactamente.
Aurora sintió un escalofrío.
—¿Qué?
Luca la miró.
—Estaban buscando archivos antiguos.
—¿De tu padre?
—Sí.
Valeria se levantó.
—Entonces ya saben que descubrimos la conexión.
Editado: 01.10.2026