La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 26: Blackwood y el padre que nunca dejó de buscarla

La propiedad Blackwood estaba escondida detrás de una enorme extensión de bosque.

Desde la carretera apenas podía verse.

Un camino estrecho conducía hasta una vieja verja de hierro, cubierta de hiedra.

Aurora observó la propiedad desde el automóvil.

—¿Aquí?

Luca asintió.

—Aquí.

Gabriel iba en el asiento delantero.

Adrian conducía.

Valeria permanecía en silencio.

Aurora apretó la fotografía de Nathaniel entre sus dedos.

Había esperado toda su vida aquel momento.

Y ahora que estaba tan cerca, tenía miedo.

—¿Y si no quiere verme?

Luca giró hacia ella.

—Es tu padre.

—Eso no garantiza nada.

—No.

Luca tomó su mano.

—Pero por lo que hemos descubierto, te buscó durante años.

Aurora tragó saliva.

—¿Cómo lo sabes?

Luca señaló la carpeta.

—Hay transferencias.

Aurora frunció el ceño.

—¿Transferencias?

—A una cuenta que tu madre controlaba.

Gabriel intervino:

—Nathaniel enviaba dinero para tu manutención.

Aurora se quedó inmóvil.

—¿Y por qué nunca lo recibí?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque alguien lo desvió.

Aurora sintió que el pecho se le apretaba.

Otra mentira.

Otra persona tomando decisiones sobre su vida.

Otro secreto.

Luca le acarició la mano.

—Esta vez no vamos a dejar que nadie decida por ti.

Aurora lo miró.

—Gracias.

—Siempre.

Adrian carraspeó desde el asiento delantero.

—No quiero interrumpir el momento romántico, pero tenemos un problema.

Luca frunció el ceño.

—¿Qué?

—La propiedad tiene cámaras.

Gabriel miró por la ventana.

—Eso es extraño.

—¿Por qué?

—Porque Blackwood llevaba años abandonada.

Adrian señaló una pequeña cámara escondida entre los árboles.

—Alguien vive aquí.

Aurora sintió un escalofrío.

—Entonces mi padre está aquí.

Bajaron del vehículo.

Luca inmediatamente tomó la mano de Aurora.

—Quédate conmigo.

—No pienso separarme.

—Me alegra.

Valeria se quedó junto al automóvil.

Luca la miró.

—¿No vienes?

—No.

—¿Por qué?

Valeria miró la casa.

—Porque sé quién está ahí.

Aurora frunció el ceño.

—¿Nathaniel?

Valeria negó.

—Alguien más.

Antes de que pudiera explicar, una voz salió de los altavoces.

—Valeria.

Ella palideció.

Aurora la miró.

—¿Quién es?

Valeria no respondió.

La voz volvió a escucharse.

—Debiste quedarte lejos de esta propiedad.

Luca se colocó delante de Aurora.

—Muéstrate.

Una risa se escuchó por los altavoces.

—Sigues igual que tu padre.

Luca endureció la mirada.

—¿Quién eres?

—Alguien que conoció a tu familia mucho antes de que tú nacieras.

Gabriel dio un paso adelante.

—¡Sal!

La voz respondió:

—Gabriel Laurent.

—Cobarde.

—No tienes derecho a llamarme así.

—¿Dónde está Nathaniel?

Silencio.

Después:

—Vivo.

Aurora dio un paso.

—¿Dónde?

La voz cambió.

Ya no sonaba burlona.

Sonaba triste.

—Aurora.

Ella se quedó paralizada.

—¿Sí?

—Tu padre está dentro.

Luca apretó su mano.

—Vamos.

Las puertas de la casa se abrieron automáticamente.

El interior estaba impecable.

No parecía una propiedad abandonada.

Había muebles nuevos.

Libros.

Fotografías.

Flores.

Y sobre una mesa había algo que hizo que Aurora se detuviera.

Un pequeño retrato suyo.

De cuando tenía seis años.

Aurora se acercó.

—¿De dónde salió esto?

Gabriel miró la fotografía.

—Nathaniel.

Aurora tocó el marco.

—¿Él tenía mis fotografías?

—Todas las que pudo conseguir.

Luca observó las paredes.

Había decenas.

Aurora a los ocho.

A los doce.

A los quince.

A los dieciocho.

Incluso una fotografía reciente.

Aurora sintió que las lágrimas comenzaron a caer.

—Me estuvo siguiendo.

Gabriel negó.

—No.

—Entonces…

—Estaba intentando saber que estabas bien.

Luca miró una fotografía.

—¿Quién se las enviaba?

Gabriel no respondió.

Una puerta se abrió.

Todos se giraron.

Un hombre apareció.

Era mayor.

Cabello completamente gris.

Rostro marcado por los años.

Pero sus ojos…

Aurora los reconoció.

No sabía cómo.

Pero los reconoció.

El hombre se quedó inmóvil.

Aurora también.

Ninguno habló.

Nathaniel fue el primero.

—Aurora.

Ella sintió que las piernas le temblaban.

—¿Eres tú?

Nathaniel sonrió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

Aurora dio un paso.

Después otro.

Nathaniel no se movió.

Como si tuviera miedo de acercarse demasiado.

—¿Eres realmente mi padre?

Nathaniel asintió.

—Sí.

Aurora empezó a llorar.

—¿Por qué nunca viniste?

Nathaniel cerró los ojos.

—Porque no podía.

—¿Por qué?

—Porque me hicieron creer que estabas muerta.

Aurora quedó paralizada.

—¿Qué?

Nathaniel se acercó lentamente.

—Me dijeron que tú y Elena habían muerto.

Gabriel apretó los puños.

—¿Quién?

Nathaniel miró a Valeria.

Ella bajó la mirada.

Aurora se volvió.

—¿Valeria?

Valeria negó inmediatamente.

—Yo no.

Nathaniel habló:

—No fue ella.

Todos quedaron sorprendidos.

—Entonces, ¿quién?

Nathaniel respondió:

—El padre de Valeria.

Valeria cerró los ojos.

—Lo sabía.

Aurora la miró.

—¿Qué sabías?

—Que mi padre había ordenado la operación.

—¿La operación financiera?

—Sí.

Nathaniel negó.

—No solo eso.

Luca preguntó:




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