La esposa que volvió como su asistente

Capítulo 22: El nombre que no podía ser verdad

Aurora permaneció inmóvil frente al documento.

No podía apartar los ojos de aquella línea.

Gabriel Beaumont.

El nombre del padre de Luca.

El mismo hombre que aparecía una y otra vez en aquella historia.

El mismo hombre al que todos habían señalado como una pieza fundamental del antiguo escándalo financiero.

Y ahora…

Según aquel documento, era también el hombre que figuraba como su padre.

—No —susurró Aurora.

Luca estaba detrás de ella.

Había permanecido en silencio desde que abrieron el sobre, pero al escuchar aquella palabra dio un paso hacia ella.

—Aurora…

Ella negó con la cabeza.

—No puede ser.

—No sabemos si es verdad.

—Está escrito aquí.

Luca tomó el documento.

Lo leyó una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Su rostro había perdido completamente el color.

Gabriel se acercó lentamente.

—Déjame verlo.

Luca no respondió.

Sus ojos seguían recorriendo las líneas.

Finalmente levantó la mirada.

—¿Quién escribió esto?

Gabriel observó el papel.

—No lo sé.

—¿Y cómo terminó en la casa de Elena?

—Eso es precisamente lo que tenemos que descubrir.

Aurora soltó una risa nerviosa.

—Qué conveniente.

Los dos hombres la miraron.

—Primero descubrimos que mi madre investigaba a tu familia —dijo Aurora mirando a Luca—. Después aparece un documento que dice que tu padre era mi padre. ¿Y qué sigue? ¿Que resulta que somos primos y todo esto fue una pésima idea?

Luca se acercó inmediatamente.

—No digas eso.

—¡Pero es lo que dice el documento!

—Dice algo que puede ser falso.

—¿Y si no lo es?

Luca tomó su rostro entre las manos.

—Entonces encontraremos la verdad.

Aurora lo miró a los ojos.

—¿Y si la verdad nos separa?

Luca tragó saliva.

Por primera vez desde que habían descubierto aquel documento, el miedo apareció claramente en sus ojos.

Pero no soltó su rostro.

—Entonces lucharé contra esa verdad hasta saber exactamente qué ocurrió.

—Luca…

—No voy a aceptar una hoja vieja como sentencia de nuestra vida.

Aurora cerró los ojos.

Aquellas palabras lograron calmarla apenas.

Pero solo durante unos segundos.

Porque Gabriel acababa de acercarse a la mesa.

—Hay algo que no cuadra.

Luca se volvió.

—¿Qué?

Gabriel señaló el documento.

—La fecha.

Aurora abrió los ojos.

—¿Qué tiene?

—Mira la fecha en la esquina inferior.

Luca volvió a tomar el papel.

Gabriel señaló una pequeña anotación.

—Este documento supuestamente fue elaborado antes de que nacieras, Aurora.

—Sí.

—Pero el tipo de tinta utilizado para esa firma no corresponde a esa época.

Luca frunció el ceño.

—¿Estás seguro?

—No completamente. Pero trabajé durante años con documentos antiguos. Sé reconocer ciertos tipos de tinta, papel y métodos de reproducción.

Aurora respiró profundamente.

—Entonces… ¿podría ser falso?

—Podría.

Luca observó la firma.

—La firma parece auténtica.

Gabriel negó.

—Eso no significa nada.

—¿Por qué?

—Porque una firma auténtica puede ser copiada.

Aurora se quedó mirando a Gabriel.

—¿Estás diciendo que alguien pudo tomar una firma real de tu hermano y ponerla en un documento falso?

—Exactamente.

El silencio llenó la habitación.

Luca levantó la vista.

—Entonces alguien quería que encontráramos esto.

Gabriel asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel miró a Aurora.

—Para destruir algo.

Aurora sintió un escalofrío.

—¿Qué?

Gabriel tardó unos segundos en responder.

—A ustedes.

Luca apretó la mandíbula.

Aurora bajó la mirada.

Ahora entendía.

Aquella revelación no tenía que ser verdadera.

Solo tenía que parecer verdadera.

Alguien había esperado años.

Había dejado pistas.

Había manipulado documentos.

Había provocado encuentros.

Había enviado amenazas.

Y ahora había colocado aquella bomba precisamente en sus manos.

Una bomba capaz de destruir su matrimonio sin necesidad de matar a nadie.

—Quieren que Luca crea que somos hermanos —murmuró Aurora.

—O que tú lo creas —respondió Gabriel.

Luca se volvió hacia ella.

—Yo no voy a creerlo.

Aurora lo miró.

—¿Tan seguro estás?

—Sí.

—¿Por qué?

Luca se acercó.

—Porque mi padre jamás me habló de una hija.

—Eso no demuestra nada.

—No. Pero hay algo más.

Luca tomó el documento nuevamente.

—Mi padre tenía una obsesión con los registros. Todo tenía que estar documentado. Empresas, propiedades, cuentas, contratos…

—Y nacimientos —añadió Gabriel.

Luca asintió.

—Exactamente.

—Entonces, si Aurora hubiera sido su hija…

—Existiría un registro.

Aurora sintió que una pequeña esperanza aparecía.

—A menos que lo hayan borrado.

Gabriel levantó un dedo.

—O alterado.

Los tres se miraron.

—Necesitamos el registro original de nacimiento de Aurora —dijo Luca.

Aurora se quedó quieta.

—Mi registro…

—Sí.

—Mi madre nunca me habló de mi padre.

—Precisamente por eso.

Gabriel se dirigió hacia una antigua estantería.

—Elena guardaba copias de todo.

Comenzó a retirar libros.

Uno.

Dos.

Tres.

Aurora lo observaba con los brazos cruzados.

—¿Tu hermana realmente guardaba todo?

Gabriel sonrió.

—Tu madre guardaba hasta los recibos del supermercado.

Luca soltó una pequeña risa.

Aurora lo miró.

—¿Te estás riendo?

—Un poco.

—Estamos descubriendo quién pudo destruir nuestras familias y tú te ríes.

—No me río de eso.

—¿Entonces?

—Me acordé de algo.




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