La Arena de Hierro no quería alejarse de Izan. Eso fue lo primero que Gaara comprendió. Habían abandonado el despacho de Itachi hacía apenas unos minutos y la masa negra continuaba flotando alrededor del muchacho como un enjambre silencioso. No atacaba. No se dispersaba. No regresaba al suelo. Permanecía allí.
Protegiéndolo. Izan caminaba entre Gaara y Kawaki por uno de los corredores de Konoha Élite. Juuby seguía diminuto sobre su hombro, pero sus diez colas estaban rígidas y sus ojos recorrían cada puerta, cada ventana, cada intersección.
Gaara miró a su hijo. Seguía pálido.
-¿Quieres volver a casa?
-No.
-No tienes que quedarte.
-Lo sé.
-Podemos irnos ahora mismo.
Izan negó.
-Si me voy porque tuve miedo, mañana voy a tener más miedo.
Gaara sintió orgullo. Y dolor.
Muchísimo dolor. Porque Izan estaba intentando ser valiente cuando no tendría que haber necesitado serlo.
-Entonces me quedo contigo.
Izan lo miró.
-Tienes clases.
-Que se arreglen.
Kawaki levantó una ceja.
-Excelente filosofía docente.
Gaara ni siquiera lo miró. Izan sonrió apenas. Fue una sonrisa pequeña.
Pero fue suficiente. Entonces, desde un aula cercana, cayó algo metálico.
CLANG.
Izan dio un salto. La Arena de Hierro explotó alrededor de su cuerpo.
Gaara se detuvo. Kawaki también.
Juuby enseñó los dientes. Izan respiraba aceleradamente.
-Fue una silla -dijo Kawaki suavemente.
Izan miró hacia la puerta. Una estudiante apareció.
-Perdón. Se me cayó...
Vio la arena. Se quedó inmóvil. Izan bajó los ojos.
-No pasa nada.
La chica desapareció dentro del aula. Gaara quiso abrazarlo. No lo hizo. Izan necesitaba recuperar control, no sentir que todos lo consideraban frágil. Y entonces ocurrió algo extraordinario. La arena comenzó a cambiar. Izan miró aquella masa negra. La sintió. No como un elemento. Como una extensión. Una memoria que no le pertenecía completamente y, sin embargo, estaba escrita en alguna parte de él. Sus dedos se movieron.
Gaara contuvo la respiración.
-¿Izan?
El hierro se deslizó sobre los brazos del muchacho. Después sobre los hombros. El pecho. La espalda. La cintura. No pesaba. No lo inmovilizaba. Se comprimía. Se organizaba. Capa sobre capa. Hasta formar algo. Una prenda. Una campera oscura de Arena de Hierro cubrió el torso de Izan. Elegante.
Extraña. Amenazante. Las partículas metálicas parecían absorber la luz.
Gaara abrió los ojos. Kawaki murmuró:
-Eso es nuevo.
Izan bajó la mirada. Tocó su pecho.
La superficie reaccionó inmediatamente a sus dedos.
-No.
Gaara lo miró.
-¿Qué?
Izan parecía tan sorprendido como ellos.
-No es nuevo.
Silencio. Gaara entendió antes que Kawaki.
-Shinki.
Izan levantó la cabeza.
-Él hacía esto.
No era un recuerdo concreto. No había imágenes. No había una voz.
Simplemente lo sabía. Como sabía respirar. Como había sabido controlar aquella arena durante el enfrentamiento contra el antiguo enemigo.
-La usaba como protección -murmuró Izan- La llevaba sobre el cuerpo.
Kawaki se acercó.
-¿Puedes quitártela?
La arena se abrió ligeramente. Después volvió a cerrarse.
-Sí.
-¿Quieres?
Izan negó inmediatamente.
-No.
Gaara sonrió con tristeza.
-Entonces quédatela.
Izan tocó nuevamente aquella campera imposible. Por primera vez desde el estacionamiento pareció sentirse un poco más seguro.
Cuando entró a 5.º B, treinta personas dejaron de hablar.
Literalmente. Boruto tenía una botella de agua levantada. Se quedó así. Mitsuki estaba diciendo algo.
No terminó. Sakura giró. Naruto dejó de sonreír. Mía abrió mucho los ojos. Neji se incorporó. Sasuke miró inmediatamente la arena.
Ino se quedó inmóvil. Hanabi activó el Byakugan por puro reflejo. Ren frunció el ceño. Los otros veinte estudiantes hicieron exactamente lo mismo que cualquier persona razonable habría hecho ante un adolescente vestido parcialmente con metal negro flotante. Se apartaron. Izan se detuvo.
-Hola.
Nadie respondió. Boruto bajó lentamente la botella.
-Hermano...
Izan lo miró.
-¿Sí?
-¿Te vestiste con hierro?
-Sí.
-Bien. Solo quería confirmar.
Naruto ya no estaba mirando la campera. Miraba la cara de Izan.
-¿Qué pasó?
-Nada.
Gaara apareció detrás. Naruto lo miró. Gaara negó casi imperceptiblemente.
No.
Naruto entendió. No insistió. Izan caminó hasta su asiento. La Arena de Hierro se movía con él como si fuera tela. Uno de los estudiantes susurró:
-Eso es aterrador.
Izan lo oyó. Bajó los ojos. Boruto también lo oyó.
-A mí me parece increíble.
Izan lo miró. Boruto sonrió.
-En serio. Yo quiero una.
Mitsuki:
-No necesitas una.
-¿Por qué?
-Tienes aproximadamente quince sistemas de defensa.
-Pero ninguno combina con mis zapatillas.
Mitsuki cerró los ojos. Naruto rio suavemente. La tensión disminuyó.
Un poco. Hasta que alguien cerró violentamente una puerta en el corredor.
¡PAM!
Izan se levantó de golpe. Arena por todas partes..Escudos. Puntas. Muros. Juuby saltó de su hombro.
-¡IZAN! -exclamó Boruto.
Izan parpadeó. Miró alrededor.
Treinta personas lo estaban observando. Algunas preocupadas.
Otras asustadas. Izan respiró.
Una vez. Dos. Tres.
- Perdón.
La arena descendió. Boruto dejó la botella. Naruto miró a Gaara. Y entonces comprendió que aquello que había ocurrido esa mañana había sido bastante peor de lo que Izan quería contar. La primera hora fue difícil. La segunda, menos. Para la tercera, Izan había conseguido que sus manos dejaran de temblar.
Gaara, de tan solo 16 años, daba clase. Izan lo observaba desde su asiento.
-Entonces -explicaba Gaara- la combinación elemental depende tanto de la naturaleza original del chakra como de...